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sábado, 22 de agosto de 2026

Antonio Garcia Francisco, un ejemplo de dedicación y sabiduría








Como bien es sabido por todos aquellos que les gusta la historia y siguen a nuestro amigo y compañero Antonio García Francisco, allá por el mes de enero comenzó a escribir en este blog, el blog de Radio Cangas, un glosario románico el cual ha llegado a su término. Mucho podría decir de tan majestuoso trabajo, pero todo lo ha dicho él en el epílogo que, como toda obra, ha escrito y necesita,el cual podéis leer en este blog.


Antonio se ha volcado en darnos a conocer, ignorantes que somos muchos de nosotros, la mayoría me atrevería a decir, del significado de un lenguaje con mucho contenido olvidado o en desuso, junto con otros que está en nuestra actualidad, pero ignoramos que ya fueron hace siglos usados para darle nombre y una identidad a elementos arquitectónicos de esos templos de maravillosa factura que hacen de nuestros montes, campos y pueblos, lugares de parada obligada para el deleite nuestro.

¿Cuántas veces nos hemos preguntado el porqué de esta ventana, el motivo de esa escultura o su significado? Antonio García Francisco lleva años asombrándonos con respuestas e interpretaciones que nos hacen ver aquello que las piedras callan, pero te están gritando. Nuestros sentidos nos los ha educado y con sus explicaciones, somos capaces de interpretar esos pétreos libros que nuestros ancestros dejaron como legado; sus enseñanzas abren el conocimiento y el entendimiento de manera sublime haciéndonos capaces de vislumbrar algo escondido a simple vista y convirtiendo estos templos en enciclopedias aptas para ser leídas en una época donde pocos lo sabían hacer.

No contento con todo ello, se decidió, nuestro Antonio, no solo a que comprendiéramos su significado sino, a su vez, aleccionarnos con todos aquellos términos que nombre dieron sus constructores y poder, ulteriormente, presumir de que, aparte de saber de canecillos, metopas, caladrios, anfisbenas, monos y hombres verdes, tener la capacidad de identificar cada parte de la construcción y ponerle nombre...... no me pueden negar amigos de Radio Cangas, que tal entrega de conocimiento es sinónimo de derroche, dedicación, perseverancia, compromiso y desde luego, humildad, ya que aquel que da lo que tiene no está obligado a más.

El arte prerrománico asturiano es de factura sublime y este nuestro monasterio de San Pedro de Villanueva es el ejemplo de ese arte comprimido entre montañas, fresco en arquitectura, único gracias a su conservación como arte altomedieval más completo.

Antonio García Francisco, gracias de todo corazón por regalar algo que muchos solo entregarían a cambio de réditos. Gracias por hacernos ver que no siempre lo mejor está fuera, gracias por hacernos comprender que la esencia, al igual que el veneno, es verdad, viene en frascos pequeños, como pequeño es nuestro monasterio, pero grande su memoria, la cual, gracias a ti, está en el lugar que le corresponde.

Para terminar, decir que esta comarca está en deuda contigo, ya que tus trabajos aportan valor de manera excelsa, contribuyendo a extender nuestro patrimonio y darle visibilidad, patrocinando educación, sumando páginas a esos inacabados libros de historia y regando esas páginas con tintas de modestia y palabras de cultura y sabiduría.

Cuánto hubiésemos perdido los amantes del conocimiento, si nuestra predecesora no hubiera insistido en su perseverancia. Ejemplo de mis palabras es su índice del glosario que nos regala en este enlace:

https://radiocangas.blogspot.com/2026/08/breve-glosario-de-terminos_01850368631.html?m=1

Muchas gracias, amigo. Hemos contraído una deuda de sabiduría que nunca podremos pagar, aunque lo intentamos entre culin y culin.

Manuel Martínez




viernes, 21 de agosto de 2026

Breve glosario de términos arquitectónicos y escultóricos del románico. ÍNDICE

 


A petición de un pequeño grupo de amigos —ocho, para ser exactos, aunque habría bastado con que lo pidiera uno solo— he preparado este índice del Breve Glosario de términos arquitectónicos y escultóricos del románico, publicado recientemente en veinticuatro entradas en el blog de Radio Cangas-Reconquista.

Espero que resulte útil a quienes se animen a recorrer el mismo camino que nosotros emprendimos en su día, cuando decidimos poner en marcha este proyecto.

Y, sobre todo, espero que disfrutéis del recorrido tanto como nosotros disfrutamos haciéndolo.

 

Un abrazo y buen tour des compagnons.

  

Entrada I       Letra A

Entrada II      El Arco

Entrada III     Letra B

Entrada IV     Lacolumna

Entrada V      Letra C

Entrada VI     Letra D

Entrada VII    Letra E

Entrada VIII   Letra F

Entrada IX     Letra G

Entrada X      Letra H

Entrada XI     Letra I

Entrada XII    Letra J

Entrada XIII   Letra L

Entrada XIV   LetraM

Entrada XV    Letra N

Entrada XVI   Letra O

Entrada XVII  Letra P

Entrada XVIII Letra Q

Entrada XIX   Letra R

Entrada XX    Letra S

Entrada XXI   Letra T

Entrada XXII  Letra U

Entrada XXIII Letra V

Entrada XXIV Letra Z

Entrada XXV  Epílogo



Antonio García Francisco

Madrid, agosto de 2026

martes, 30 de junio de 2026

Laudas sepulcrales medievales: las piedras que guardan historias

          Querido lector, es posible que no nos conozcamos personalmente, pero llevamos ya cinco años compartiendo historias y conocimientos sobre el estilo románico en particular y la Edad Media en general, lo cual nos facilita cierto tipo de acercamiento, el del gusto por temas comunes. Hoy traemos al blog de Radio Cangas un tema que viene de mucho más atrás en el tiempo, el de las laudas funerarias, una manera antiquísima que la Humanidad ha utilizado y sigue utilizando para recordar a sus muertos. Desde el albor de los tiempos, los humanos han honrado de alguna manera el sitio donde enterraban a sus seres queridos; infinidad de dólmenes y otros monumentos funerarios, recordemos, por ejemplo, los dólmenes prehistóricos y las pirámides del antiguo Egipto, nos lo recuerdan al cabo de miles de años.

 

Dolmen de Dombate en 1993
Vimianzo, A Coruña
Año 4000 a.C.

Dolmen de Dombate hoy en
Vimianzo, A Coruña


Ajustándonos a  nuestro tema, la Edad Media, estoy completamente seguro de que alguna vez has entrado en una iglesia antigua, quizás la de tu pueblo, o en una catedral, y has visto grandes losas de piedra en el suelo, algunas con dibujos, escudos o letras tan desgastadas que apenas se distinguen. Es fácil pasar por encima de ellas sin prestarles demasiada atención, tal vez porque somos incapaces de leer sus enrevesadas grafías, o puede que sea porque no entendemos de heráldica lo suficiente, o nada, para interpretar los escudos genealógicos grabados en ellas,  pero lo cierto es que esas piedras encierran siglos de historia. Son las laudas sepulcrales, auténticos testigos del pasado que nos hablan de quienes vivieron y murieron hace cientos de años y cuyos restos mortales descansan bajo ellas.

Graves elogios.
Izquierda, siglo XII. Derecha,
Monasterio de San Pedro de Villanueva, del siglo XV. Ónix Cangas. Asturias


Pero una lauda es algo más que una lápida

Cuando pensamos en una tumba, solemos imaginar una lápida como las actuales, pero en la Edad Media la función de una lauda iba mucho más allá de señalar dónde descansaba una persona. Vaya por delante que somos conscientes de que no todo el mundo podía costearse una lauda y que no a todo el mundo le importaba tenerla o no.

Estas grandes losas de piedra cubrían la sepultura y más que para recordar dónde estaba enterrado, servían para mantener viva la memoria del difunto. Lo importante era la memoria, no los restos mortales. En ellas se grababan cruces, escudos de armas, figuras humanas e inscripciones con el nombre o los títulos de quien estaba enterrado. Cada detalle tenía un significado y contaba algo sobre su vida, su familia o su posición social; además, mediante símbolos podía darnos detalles sobre cuál fue su profesión o si murió en el campo de batalla o de muerte natural, por ejemplo.

En cierto modo, eran una especie de "tarjeta de presentación" que permanecería allí durante generaciones y los orgullosos descendientes del finado las conservarían... siempre y cuando les fuera posible, pues sabida es esa verdad moral universal que nos recuerda ars longa, vita brevis,y el tiempo acaba llevándose los recuerdos. 


Lauda en bronce de los marqueses de Navas. Siglo XVI
En ella se informa de que Dª María Enríquez de Córdoba falleció de un cáncer de mama
("cancro sub leva mamilla") en 15660. Las Navas del Marqués, Ávila.

¿Por qué eran tan importantes?

Para entender la importancia de estas laudas que estamos tratando, hay que ponerse en la mentalidad de la Edad Media. En esta época, la muerte no se veía como el final, sino como el comienzo de una nueva etapa. Se creía que las oraciones de los vivos podían ayudar al alma del difunto a alcanzar la vida eterna. Por eso era tan importante que las personas recordaran quién estaba enterrado allí. Cada vez que alguien leía una inscripción o reconocía un escudo familiar, podía dedicar una oración por esa persona, y es seguro que la dedicaba.

Además, las laudas reflejaban el prestigio social. No cualquiera podía permitirse una pieza elaborada por un buen cantero. Cuanto más importante era el personaje, más cuidada y espectacular solía ser la decoración de su enterramiento.

 Lauda de un abad del siglo XII, reaprovechada como sillar en las reformas del siglo XVI.
Monasterio de Santa
Cristina de Ribas de Sil. Parada de Sil (Orense).


Un lugar privilegiado

Hoy, cuando visitamos en grupos las iglesias románicas, siempre hay alguien que se sorprende de que se hicieran enterramientos dentro de un templo; no es de extrañar porque  durante siglos fue un auténtico privilegio. Otra cosa eran los mecenas que sufragaban el coste de la construcción de un monasterio, o los monjes que lo habitaron.

Los nobles, los caballeros, los miembros del clero y los grandes benefactores aspiraban a descansar en el interior del templo, del monasterio o de la catedral y, cuanto más cerca del altar estuviera la sepultura, mayor era el prestigio que representaba. Además, como el altar siempre estaba orientado hacia el este, hacia Jerusalén, de donde se pensaba que  vendría Jesucristo el día de la resurrección, ellos serían los primeros en resucitar. Lógica aplastante, fruto de una fe inquebrantable.

Pero una cosa son los resultados pretendidos y otra muy diferente los que termina imponiendo el paso de los siglos. Durante generaciones, miles de personas transitaron sobre las laudas, borrando con el roce de sus pasos los escudos, los símbolos y las leyendas de sus titulares y sucesores, hasta hacerlos no ya ilegibles, sino prácticamente inidentificables. Puede que por eso a veces nos resulten indiferentes, aparte de que, por supuesto, no conocemos la historia local de la población en la que están.

Lauda. Igrexa de Santa María. Noia, A Coruña.
Todas las laudas de esta iglesia tienen algo en común:
 No pone nombres en ninguna, solo signos y símbolos

Igrexa de Santa María a Nova, Noia, A Coruña
Museo de laudas gremiales de peregrinos. Ninguna tiene nombres.


Piedras que cuentan historias

Aunque muchas resultan irreconocibles por haber perdido casi todos sus detalles, otras conservan inscripciones perfectamente legibles. No obstante, incluso una lauda muy erosionada puede aportar información valiosa. De ellas, los historiadores pueden averiguar cómo vestían o cómo se peinaban las personas de una determinada época, qué armas utilizaban los caballeros, cómo evolucionaron los escudos heráldicos o incluso qué tipos de escritura eran habituales en cada siglo. Una simple inscripción ha revelado en más de una ocasión la existencia de alguien del que no se conserva ningún otro documento y que constituye el eslabón perdido de una genealogía familiar.

Lauda del colmenareño Benito Pérez, que fue cura de Collado Mediano, Madrid.
Esta lápida del año 1500 y su testamento son los únicos testimonios documentales conocidos sobre su existencia.
Basílica de la Asunción de Nuestra Señora, Colmenar Viejo (Madrid)

El trabajo de los canteros

Detrás de cada lauda había horas de trabajo artesanal. Los canteros tallaban la piedra utilizando cinceles, punteros, macetas, uñetas y otras herramientas con las que conseguían resultados sorprendentes.

Muchas de estas piezas estaban decoradas con un nivel de detalle extraordinario y, aunque hoy las vemos del color natural de la piedra, algunas estuvieron pintadas con vivos colores, lo mismo que los capiteles de las columnas. Con el paso del tiempo esa policromía desapareció casi por completo.

Lauda de Martín Vázquez de Arce, el Doncel de Sigüenza.
Catedral de Sigüenza, siglo XV

Un patrimonio que debemos conservar

Las laudas sepulcrales han sobrevivido a guerras, reformas de edificios, incendios, expolio y siglos de desgaste; no es de extrañar que haya muchas más deterioradas que en perfecto estado.

Por suerte, en la actualidad existen proyectos que las documentan mediante fotografía de alta resolución, escáneres en tres dimensiones o fotogrametría. Gracias a estas técnicas es posible conservar digitalmente sus relieves y estudiar detalles que el ojo apenas percibe. No sería una locura insinuar que se podría hacer una reproducción exacta de cualquier pieza, ya sea lauda, capitel o pila bautismal, que hiciera pasar un mal rato a más de un experto que tuviera que peritar. Y no solo de las bien conservadas, sino también de muchas de "las otras", ya nos entendemos.

Pila bautismal susceptible de ser "clonada" por medios modernos, de manera que
el original quedase en el MAN y la copia en su lugar originario, el antiguo monasterio
de San Pedro de Villanueva, hoy Parador Nacional de Cangas de Onís, Asturias

Mirar al suelo… y viajar al pasado

En conclusión, la próxima vez que visites una iglesia medieval, merece la pena que bajes la vista de vez en cuando. Puede que bajo tus pies haya una lauda sepulcral con cerca de mil  años de historia que no fue puesta ahí solamente para marcar el lugar donde descansa alguien; es una página de un libro o, mejor dicho, es un pequeño libro escrito en piedra que con sus inscripciones y símbolos nos dirá algo de la sociedad medieval, de sus creencias, de sus miedos y de la importancia que concedían a la memoria y a la esperanza de la vida eterna.   

Después de todo, mientras alguien recuerde un nombre grabado en una piedra, una parte de esa persona sigue viva.



Antonio García Francisco.

Madrid, 30 de junio de 2026, festividad de San Ireneo, Doctor Unitatis.


sábado, 30 de mayo de 2026

La Edad Media no era tan sucia como crees. Desmontando otro mito.

           "Suciedad, peste, calles llenas de barro, gente sin bañarse durante años y castillos apestando a humanidad fermentada. La imagen que muchas personas tienen de la Edad Media parece salida de una mezcla entre una película de fantasía oscura y una alcantarilla medieval con presupuesto de Hollywood. Sin embargo, la realidad histórica es bastante más incómoda para nuestros prejuicios: la Edad Media no fue tan sucia como nos han contado. Y eso molesta un poco, porque llevamos siglos escuchando lo contrario."

Recreación de unos baños medievales




Muchos de los mitos sobre la Edad Media —que fue una época oscura, sucia y atrasada, entre otros— son falsos o, al menos, enormemente exagerados. Estos estereotipos comenzaron a difundirse siglos después: primero, durante el Renacimiento, entre los siglos XV y XVI; y más tarde, durante la Ilustración del siglo XVIII. Ambos movimientos necesitaban presentarse como épocas superiores y “modernas”, por lo que retrataron al medievo como un periodo ignorante y decadente. Esa imagen terminó consolidándose en los siglos posteriores y aún hoy sigue muy presente, casi de forma obligatoria, en películas, novelas y videojuegos.

El mensaje era sencillo y eficaz: “Nosotros recuperamos a Grecia y Roma; los medievales se limitaron a vivir entre supersticiones y suciedad”. Y, claro, cuanto peor pareciera la Edad Media, más brillante parecía el Renacimiento. La Ilustración remató la jugada y convirtió el medievo en el ejemplo perfecto de todo lo que debía superarse. El resultado fue una especie de leyenda negra histórica que todavía sobrevive. Lo curioso es que muchos de aquellos renacentistas y modernos que miraban por encima del hombro a la Edad Media, tampoco vivían precisamente en ciudades limpias y perfumadas. De hecho, algunas cortes europeas de los siglos XVI y XVII olían probablemente bastante peor que muchas ciudades medievales.

Sin embargo, la Edad Media —que abarca aproximadamente mil años, desde la caída del Imperio romano de Occidente en el año 476 hasta finales del siglo XV, en el caso español suele tomarse como referencia el descubrimiento de América en 1492— fue una época mucho más dinámica de lo que suele pensarse. Lejos de constituir un largo paréntesis de decadencia, el medievo conoció etapas de prosperidad, importantes avances técnicos y culturales, así como una vida cotidiana mucho más rica y compleja de lo que sugieren los tópicos tradicionales.


Jakob von Warte en el baño atendido por damas. Siglo XIV
Obsérvese el detalle de las flores presentes tanto en su cuerpo como en el agua.


El jabón forma parte de nuestra vida diaria hasta el punto de que pocas veces nos detenemos a pensar en su historia. Sin embargo, acompaña a la humanidad desde hace miles de años. No está del todo claro si fue un invento consciente, el resultado de un descubrimiento accidental o simplemente una casualidad que terminó cambiando la vida cotidiana. Lo que sí sabemos es que en Mesopotamia, alrededor del año 2800 a. C., ya se elaboraba una sustancia a partir de grasas animales y cenizas con propiedades limpiadoras. Son los primeros jabones que, según investigaciones actuales, se utilizaban principalmente para limpiar tejidos y utensilios. A partir de ahí, distintas civilizaciones fueron perfeccionando la fórmula. Los egipcios incorporaron aceites vegetales a sus preparaciones, mientras que los romanos, siempre metódicos y prácticos, mejoraron los procesos de producción y adoptaron el jabón para la higiene personal, extendiendo su uso por todo el Imperio.

Con la caída de Roma, el uso del jabón decayó en Europa durante siglos. Es cierto que, tras la caída del Imperio muchas infraestructuras urbanas se deterioraron. Mantener acueductos, termas y alcantarillados requería una organización política y económica que desapareció en numerosos territorios europeos. Pero una cosa es el deterioro de ciertos servicios públicos y otra muy distinta pensar que la gente medieval renunció por completo a las costumbres que practicaba, y mucho menos a la higiene.

Lo cierto es que el jabón vivió un importante resurgimiento durante la Edad Media gracias al mundo islámico. Entre los siglos VIII y XII, los alquimistas árabes perfeccionaron la fabricación de jabones sólidos mediante la sencilla combinación de agua, aceite vegetal y una forma primitiva de sosa cáustica, un descubrimiento suyo obtenido a partir del tratamiento de plantas halófitas que crecían —y crecen— en zonas desérticas o salinas. Ciudades como Alepo o Damasco se hicieron famosas por sus jabones, y estos conocimientos terminaron llegando a Europa occidental a través del comercio mediterráneo. Un auténtico oficio artesano que desapareció cuando, en el siglo XIX, se descubrió la síntesis de la sosa cáustica en laboratorio y comenzó la producción industrial de la misma. Y claro, hoy hay tantas variedades de jabón como necesidades tenemos.



Pero volvamos a la cuestión inicial: saber si el jabón era conocido y, sobre todo, utilizado en la Edad Media. Como suele ocurrir, nos hemos desviado del tema, pero la respuesta a ambas preguntas es afirmativa.

Llamada al orden, señorías: el asunto que nos ocupa es la higiene en la Edad Media.

Decir que la gente era sucia en la Edad Media es una exageración. Es cierto que el conocimiento sobre la higiene estaba muy lejos del actual y que no existía una comprensión científica de su relación con la salud. Sin embargo, eso no significa que las personas descuidaran por completo su aseo. Sabemos, por ejemplo, que era habitual lavarse las manos antes de las comidas. Buena prueba de ello son las fuentes que aún se conservan en muchos monasterios, situadas frente a los refectorios precisamente para facilitar esa limpieza previa. También existían pilas destinadas al lavado de los pies de los monjes en los días establecidos por la regla. Además, la documentación medieval muestra que se utilizaban toallas y que estas debían cambiarse regularmente, en algunos monasterios al menos dos veces por semana.

Tampoco desapareció la costumbre del baño heredada del mundo romano: hasta nosotros han llegado representaciones de baños comunales que demuestran que esa práctica seguía existiendo. 

Xilografía que representa un baño curativo


La paradoja estaba servida.

El Renacimiento necesitaba construirse a sí mismo como una “vuelta a la luz”. Para los humanistas renacentistas, ellos estaban recuperando la cultura clásica del Imperio romano de Occidente y de la Grecia antigua después de siglos que consideraban decadentes. De ahí viene, de hecho, el término “Edad Media”: una etapa “intermedia” entre la Antigüedad clásica y su propio presente.

Eso no significa que inventaran de la nada la idea de una época atrasada, pero sí que exageraron muchos aspectos para marcar contraste. Era una forma de propaganda cultural: “nosotros somos quienes devolvemos la razón, el arte, la ciencia y la civilización”. Cuanto peor pareciera el periodo anterior, más brillante parecía el suyo.

Pero se les coló el asunto de la suciedad. Las ciudades seguían teniendo muchos de los mismos problemas sanitarios; de hecho, en casi toda Europa seguían siendo las mismas ciudades con sus calles estrechas, animales circulando y defecando por ellas, basura por la vía pública, epidemias recurrentes… Y además apareció un concepto nuevo: la desconfianza hacia los baños públicos, porque se creía que podían favorecer enfermedades como la peste negra del siglo XIV. Muchos autores renacentistas simplificaron un contexto de mil años solamente para reforzar la idea de que ellos representaban una época “superior”.

El problema fue que no supieron ver que la realidad histórica que les tocó vivir era bastante más compleja de lo que estaban dispuestos a admitir. En la Edad Media surgieron universidades, nacieron nuevas técnicas agrícolas, existían normas de higiene, baños, lavanderías, sistemas de abastecimiento de agua urbana e incluso tratados médicos sobre limpieza corporal. Y, paradójicamente, en algunos momentos de la Edad Moderna la gente se bañaba menos que en determinados periodos medievales.

No obstante, tampoco conviene caer en el extremo contrario y convertir la higiene medieval en una maravilla adelantada a su tiempo. La Edad Media no fue un paraíso higiénico, pero tampoco un mundo de suciedad permanente y personas cubiertas de mugre, como muchas veces nos hacen o nos quieren hacer imaginar hoy los seguidores del tópico. La higiene existía, aunque se entendía de manera diferente a la actual y dependía mucho de las posibilidades económicas, la región y el momento histórico. Además, cada uno de los diez siglos que duró la Edad Media tenía sus costumbres, sus límites y su propia manera de entender la salud y la limpieza.

Y, como dice el refrán, cada cosa a su tiempo y los nabos en Adviento: no, un campesino del siglo XIII no olía a rosas silvestres ni a perfume francés, pero tampoco iba dejando una nube tóxica detrás de él. Lavarse las manos antes de comer era habitual, especialmente entre las clases altas y en ambientes religiosos como ya hemos visto en los monasterios. 

No, guarros no eran.

Los baños públicos heredados del mundo romano siguieron existiendo en numerosas ciudades medievales. En algunos lugares eran muy populares y funcionaban casi como espacios sociales. Había personas que acudían a bañarse, relajarse, conversar o recibir tratamientos corporales. Algunas ciudades alemanas y francesas llegaron a tener auténticas casas de baños muy frecuentadas.

También existía cierta preocupación por la ropa limpia. Aunque las prendas exteriores podían reutilizarse durante bastante tiempo, la ropa interior de lino se cambiaba y lavaba con frecuencia porque absorbía el sudor y la suciedad corporal. Los perfumes, aceites y hierbas aromáticas tampoco eran extraños.

Por supuesto, la higiene dependía mucho de la posición social. Un noble podía permitirse bañeras privadas, criados y tejidos limpios; un campesino pobre bastante tenía con sobrevivir al invierno y se bañaba cuando podía, generalmente en el buen tiempo y con agua fría. Pero eso no es exclusivo de la Edad Media. Basta comparar hoy un ático de lujo en una zona residencial con una chabola en un asentamiento marginal para entender que las diferencias sociales siempre influyen en el nivel de higiene. 


En Castilla, los baños se asignaban a hombres en
determinados días de la semana y a mujeres en otros.
Los viernes y domingos eran días reservados para los judíos. 

Entonces, ¿de dónde vino realmente el mito de la suciedad en el Renacimiento?

La respuesta corta es: de las epidemias y del miedo.

La peste negra del siglo XIV marcó profundamente la mentalidad europea. La enfermedad mató a millones de personas y nadie entendía realmente cómo se propagaba. Como suele ocurrir en tiempos de crisis, aparecieron teorías absurdas que pretendían explicarlo todo.

Algunos médicos comenzaron a desconfiar de los baños públicos porque creían que el agua caliente abría los poros y facilitaba la entrada de enfermedades en el cuerpo. Además, ciertos baños terminaron asociados a la prostitución y a ambientes considerados inmorales. Poco a poco, en algunas regiones europeas empezó a extenderse cierta desconfianza hacia el baño frecuente.

Y aquí aparece una de las grandes ironías de la historia: hubo épocas posteriores, ya en plena Edad Moderna, en las que parte de la población europea se bañaba menos que la población medieval. En la corte francesa, por ejemplo, el perfume llegó a convertirse en una herramienta importante para disimular olores corporales. ¿Y la costumbre de que las novias lleven un ramo de flores? Exacto… aunque quizá también estemos ante otro mito. No, aquello no era exactamente el triunfo definitivo de la higiene moderna.

Pero eso no convierte automáticamente a toda una civilización en un conjunto de personas sucias e ignorantes. Resulta paradójico que uno de los argumentos más utilizados posteriormente para afirmar que los medievales no se bañaban sea, precisamente, la existencia de numerosas disposiciones destinadas a controlar los baños. Si las autoridades sentían la necesidad de regularlos, parece razonable pensar que era porque estos establecimientos formaban parte habitual de la vida urbana.

La Edad Media no fue ni una pocilga ni un balneario de lujo; simplemente fue un periodo inmenso y diverso. Hubo momentos de crisis y otros de prosperidad; ciudades miserables y ciudades sorprendentemente organizadas; nobles obsesionados con su apariencia y campesinos agotados por la supervivencia diaria, lo mismo que en las épocas anteriores y posteriores. Reducir mil años de historia europea a un estereotipo mugriento es, además de injusto, históricamente incorrecto. Pero parte del clero y algunas autoridades eclesiásticas recelaron y se tomaron la atribución de regular los baños a través de la condena moral. La última medida que se tomó contra estos fue su disolución: a principios del siglo XV se prohibieron totalmente en Londres, y desde entonces fueron clausurados progresivamente entre finales de la Edad Media y comienzos de la Moderna, precisamente cuando Europa padecía los efectos de la peste y proliferaban explicaciones erróneas sobre su origen, entre ellas las acusaciones contra las comunidades judías.

Nada que añadir, señoría. Quizá el verdadero problema no sea cómo olía la Edad Media, sino cuánto seguimos oliendo hoy a prejuicio histórico y cuánto lastre cultural arrastramos todavía: como suele ocurrir, los tópicos simples sobreviven mucho mejor que las explicaciones complejas.



Antonio García Francisco

Madrid, día de San Fernando de 2026




domingo, 17 de mayo de 2026

El miedo al año 1000: entre el mito y la historia del fin que nunca llegó

Se ha contado miles de veces, y siempre mal, que en la Edad Media la gente iba por la vida con el corazón en un puño esperando que en el año 1000 se acabara todo. Como si medio continente europeo hubiera estado mirando al cielo con cara de pánico porque lo decía algún clérigo iluminado por cuatro profecías, incluso puede que falsas y, desde luego, mal entendidas. Se suponía que, gracias y merced a ellas y su falaz interpretación, se les venía encima el final de los tiempos que vivían y, en su sustitución, vendría el establecimiento del Reino de Dios, marcado por señales como guerras, desastres naturales, enfermedades y una crisis moral generalizada. Se caracterizaría por la segunda venida de Jesucristo, el Juicio Final y la creación de una nueva tierra.

Siendo objetivos, aún hoy hay iluminados que piensan así cada vez que ocurre un desastre: pandemias, volcanes, inundaciones, guerras, barcos infectados... Predicadores de pro que cada vez que ocurre un desatre aplican la profecía de hace dos mil años. Cada uno tiene su propio interés, no olvidemos que nadie da puntada sin hilo.

El Papa Silvestre II y el Diablo. Fue Papa desde el año 999 al 1003
Ilustración
extraída del Chronicon pontificum et imperatorum de Martinus Oppaviensis,
fechada alrededor del año 1460 

Pero si dejamos atrás la mentalidad del siglo XXI y adoptamos la del siglo X, situándonos, por ejemplo, en la ciudad de León un par de años antes del 999, lo primero que veremos es que a la gente le preocupaba bastante más sobrevivir al presente que superar el futuro “fin del mundo”. En los reinos cristianos, para el común de los habitantes la prioridad más importante era irse a dormir cada noche con el estómago lleno, y el “apocalipsis” más real tenía nombre propio: Almanzor, ése sí que era el verdadero Apocalipsis y un auténtico Anticristo. Pero, cumplido el trámite de mantener tranquila a la fiera del estómago, la gente mercadeaba, viajaba, leía el que sabía, amaba el que podía, guerreaba el que tenía que guerrear y rezaba el que rezar era su oficio. Recomiendo muy encarecidamente a quien esto pueda interesar, la lectura de la obra titulada Una ciudad de la España cristiana hace mil años, de D. Claudio Sánchez-Albornoz, donde el prestigioso medievalista nos introduce en la vida de sus ciudadanos en el mercado, en la corte, en el hogar, en el camino... Y todo ello justificado con documentos originales reproducidos a pie de página. 

Y en el otro lado de la frontera, en al-Ándalus, la cosa no es que tampoco fuera precisamente un drama cósmico, nadie se planteaba esas milongas de que el mundo se acabaría, al contrario. Todo iba viento en popa y más bien había bastante actividad, optimismo y expansión económica, al menos para algunos, mientras el caudillo sarraceno continuaba con sus correrías por Zamora, León, Barcelona... llegando incluso a Santiago de Compostela, como ustedes ya conocerán. Hay un detalle importante: los moros (sí, moros, estamos en el siglo X) contaban los años según la Hégira; en aquellos días iban por el año 389 más o menos y no estaban ni cerca de ningún “año 1000” cristiano. ¿Y el fin del mundo para los musulmanes? Eso eran tontunas de los infieles.

Además, por otro lado, ¿quién sabía cuándo sería el año 1000 de las profecías? El concepto de milenio aparece en Apocalipsis 20,1-3, describiendo el reinado de Cristo y el confinamiento de Satanás, interpretado teológicamente como un periodo simbólico de paz o un reino mesiánico futuro, pero en ningún momento como el año 1000 del calendario cristiano.   


     "Vi un ángel que descendía del cielo trayendo la llave del abismo y una gran cadena en su mano. Tomó al dragón, la serpiente antigua, que es el diablo, Satanás, y le encadenó por mil años. Le arrojó al abismo y cerró, y encima de él puso un sello para que no extraviase más a las naciones hasta terminados los mil años, después de los cuales será soltado por poco tiempo... Cuando se hubieren acabado los mil años, será Satanás soltado de su prisión y saldrá a extraviar a las naciones que moran en los cuatro ángulos de la tierra, a Gog y a Magog, y reunirlos para la guerra y su ejército será como las arenas del mar... Pero descenderá fuego del cielo y los devorará."  (Apocalipsis,20)

 

¿El calendario cristiano? 

El calendario cristiano corría de diferente manera en un país a como lo hacía en otro; el tiempo corría en la era cristiana sin saber si el año 1000 era el final de un milenio o el principio de otro, de eso entendemos hoy. Y para remate de la feria, en la península jugábamos con la era hispánica, que iba treinta y ocho años por delante del resto de Europa. En otras palabras, nadie sabía en qué año vivía. Hoy está admitido que el calendario se inicia con el nacimiento de Cristo, pero... ¿alguien sabe a ciencia cierta cuándo nació Cristo? ¡Si aún hoy se está en que hay un desfase de al menos cuatro años y se sabe que el 24 de diciembre como día exacto de su nacimiento fue elegida por ser muy conveniente para acabar con el culto del dios Mithra? Y aunque supiérasmos a ciencia cierta la fecha, en el año 999 la Navidad todavía no ocupaba el lugar protagonista que tiene hoy. Para muchos cristianos, la celebración realmente importante era la Pascua, porque recordaba la muerte de Cristo y se consideraba el momento más trascendental del calendario religioso.

"Año 1000: El Juicio Final" Stephan Lochner, año 1435


¿Cómo se desarrolló, pues, el miedo al año 1000? 

En la modesta opinión de quién esto escribe, nació donde nacieron todos los mitos sobre la Edad Media. Claro está, partimos de la base de que nadie es infalible, pero este cuento se empezó a escuchar en el siglo XVIII. Los historiadores describieron, basándose más en la imaginación que en la investigación, una escena de gran aprensión y expectación a medida que se acercaba el año 1000, con poblaciones enteras aterrorizadas por la inminente llegada del día del Juicio Final. El principal impulsor de esta idea y quien contribuyó decisivamente a su amplia difusión gracias a su prestigio intelectual fue el historiador británico William Robertson. En 1769, ya hacía referencia a ella de esta forma en su obra sobre la evolución de la sociedad europea desde la caída del Imperio romano hasta comienzos del siglo XVI:

“De repente, a últimos del siglo diez y a principios del once, se esparció por Europa una doctrina que ganó innumerables prosélitos... Corrió la opinión de que los mil años que menciona San Juan en el Apocalipsis habían terminado ya y que era llegado el fin del mundo. Esto causó una consternación general en el orbe cristiano; muchísimos hicieron renuncia de su patrimonio y, abandonando sus familiares y sus amigos, se encaminaron a la Tierra Santa, donde creían que Jesús debía aparecerse para juzgar a los hombres”

Y ya está el mito en marcha.

La idea de que toda Europa vivió aterrorizada ante la llegada del año mil estaba planteada y se fue extendiendo con el paso de los dos siglos siguientes. Sí, fueron algunos historiadores del siglo XVIII quienes empezaron a difundirla, pero más tarde, los escritores románticos del XIX la hicieron todavía más famosa y exagerada. La imaginación se esmeraba y recreaba presentando aquella época como un tiempo dominado por el miedo al fin del mundo.

Según la primera visión, se decía que al acercarse el año 1000 la población perdió la esperanza y dejó de preocuparse por trabajar o hacer planes de futuro, porque todo parecía condenado a desaparecer. Algunos autores incluso describieron una Europa paralizada, silenciosa y llena de temor.

Los historiadores románticos del siglo XIX apostaron aún más fuerte: imaginaron a las personas de aquella época viviendo una enorme angustia colectiva. Unos buscaban refugio en la religión y la penitencia, otros intentaban olvidar el miedo entregándose a los placeres, y muchos caían en la tristeza, la depresión y la desesperación. Esta interpretación encajaba muy bien con el gusto romántico por las emociones intensas y las historias oscuras y tenebrosas del Romanticismo europeo.

Con el tiempo, el relato se volvió aún más dramático. Ya no se hablaba solo del cambio de milenio, sino de la supuesta última noche del año 999, cuando toda Europa habría esperado aterrorizada el fin del mundo. Escritores y ensayistas contaban estas escenas con gran detalle, como si realmente hubieran ocurrido así y ellos lo supieran porque habían viajado en el tiempo para ser testigos.

Iglesia abacial de Sainte Foy de Conques, Francia.
El Juicio Final

          Sin embargo, esta historia tenía un problema importante: muchos de esos autores ni siquiera calcularon bien la fecha. Los mil años de la Era Cristiana no se cumplían exactamente el 31 de diciembre del año 999, sino más tarde. A pesar de ello, la imagen de una Europa dominada por el miedo siguió haciéndose popular. En España, por ejemplo, y sirva como muestra de lo que había en todas partes, el escritor Pompeyo Gener y Babot también ayudó a difundir esa idea en su obra titulada La Muerte y el Diablo narrando lo que parecía haber vivido:

"Llegó el año 999 y con él sus últimos días. Las predicaciones se extremaron y el ascetismo se pronunció en alto grado. Los unos entregaban sus caudales a los mendigos; los otros abandonaban sus haciendas para llevar une vida de continencia y obtener el perdón de sus pecados. Bandadas de penitentes recorrían Europa mostrando sus cuerpos desgarrados por el azote o el cilicio, mientras otros que aún no habían perdido su egoísmo terrestre se apresuraban a gozar, creyendo que les iba a faltar el tiempo. El siervo abandonó el trabajo y el señor feudal no se cuidó de imponérselo. ¿Para qué trabajar si todo se debía acabar dentro de poco?

Así halló el último día de este memorable año a casi toda Europa. El día tocaba a su fin y todos oraban, creyendo ya llegada su última hora. A cada instante que transcurría aumentaba la ansiedad de los creyentes, de modo que, cerca ya de la media noche, los corazones casi no palpitaban y la respiración se retenía para poder oír mejor la terrible señal que debía marcar el fin del universo.

Por fin dieron las doce... y el mundo continuó siendo."

Ya hemos visto el error de bulto que comete: NADIE sabía en qué año vivía, y el último día del año no era en todas partes el día de San Silvestre, en algunos sitios,  era el día anterior al de Pascua, o al de la Encarnación, incluso el de la Circuncisión. Pero quedaba romántico y emotivo, no lo vamos a negar.

Se pueden citar y comentar muchos más textos de otros estudiosos de la época, incluso de autores que pretendían hacer investigaciones serias y basadas en documentos históricos. Algunos describían aquel momento de forma muy dramática dando una estampa de toda la cristiandad cantando el Miserere, como si el mundo entero se hubiera convertido en un enorme funeral. En la misma línea, el abate Lausserm ya en el siglo XIX, reforzaba todavía más esa visión pesimista:

“Con qué acentos de felicidad y de gozo fue acogida aquella aurora del día de Pascua, cuando en lugar de las lastimeras melodías del canto de los muertos, los ecos repitieron el aleluya de la Resurrección: una vez más la muerte había quebrado la piedra del sepulcro. La Humanidad resucitaba y su primera palabra fue un himno de gratitud y de amor hacia Aquel cuya mano la había salvado de los horrores de la tumba."

Maiestas Domini. Cristo en Majestad como Juez Absoluto.
 Carrión de los Condes, Palencia. Siglo XII
No representa el "fin del mundo", sino la Parusía . 

Resumamos.

Se escribieron muchos textos sobre el supuesto miedo de los cristianos europeos ante la llegada del año 1000. Algunos describían escenas apocalípticas y llenas de terror; otros preferían relatos más emotivos y cercanos. Pero todos tenían un problema de base: partían de una idea equivocada sobre cuándo debía producirse realmente el fin del mundo. Y otro escollo tal vez fuera que, en realidad, la gente era indiferente.

La repetición constante de esta historia hizo que todos acabaran aceptándola como una verdad histórica. Es un ejemplo de lo que se conoce como argumentum ad nauseam, una falacia lógica que consiste en repetir una falsedad tantas veces que termina pareciendo cierta, aunque no existan pruebas sólidas que la apoyen. Al final, las personas tendemos a creer más fácilmente algo cuando lo hemos oído o leído muchas veces, incluso si no hay evidencia de veracidad. Europa volvería a experimentar un fenómeno parecido siglos después, con resultados muy diferentes y el mundo lo experimenta hoy con las llamadas fake news. Por eso, la imagen de un continente paralizado por el miedo logró mantenerse viva durante los últimos siglos y llegó hasta épocas recientes, a pesar de que numerosos historiadores rigurosos llevan más de un siglo señalando que esa visión era exagerada.

¿Y hoy?

Todos los seguidores de esta idea nacida en el siglo XVIII han sido desmentidos en el siglo XX y hoy, en el XXI, los historiadores consideran que el supuesto pánico generalizado ante el año 1000 es, en gran parte, un mito exagerado, muy exagerado, por autores posteriores que imaginaron más que investigaron. La idea de una Europa entera cantando Misereres mientras esperaba aterrorizada el fin del mundo y celebrando después con Te Deum porque al final no ocurrió nada, resulta muy evocadora y literaria, pero es inaceptable como un hecho histórico demostrado.

Por supuesto que esto no significa que en la Edad Media no existieran creencias apocalípticas. El miedo al Juicio Final formaba parte de la cultura cristiana medieval y aparecía con frecuencia en sermones, textos religiosos o interpretaciones de guerras, epidemias, hambrunas y desastres o fenómenos naturales. Es más que probable y admisile que algunas personas y ciertos grupos sí pudieron pensar que el fin estaba cerca, pero no hay pruebas de una histeria colectiva que paralizara Europa, donde la economía, la política y la vida cotidiana continuaron funcionando con normalidad. 

Definitivamente, hay que reconocer que la imagen dramática del “terror del año mil” hoy en día no es más que una leyenda historiográfica que fue construida sobre todo por escritores e historiadores de los siglos XVIII y XIX, especialmente en pleno Romanticismo, cuando gustaban mucho las escenas oscuras, rocambolescas, truculentas y emocionales.


Antonio García Francisco

Madrid, en la festividad de San Pascual Bailón de 2026