"Suciedad, peste, calles llenas de barro, gente sin bañarse durante años y castillos apestando a humanidad fermentada. La imagen que muchas personas tienen de la Edad Media parece salida de una mezcla entre una película de fantasía oscura y una alcantarilla medieval con presupuesto de Hollywood. Sin embargo, la realidad histórica es bastante más incómoda para nuestros prejuicios: la Edad Media no fue tan sucia como nos han contado. Y eso molesta un poco, porque llevamos siglos escuchando lo contrario."
| Recreación de unos baños medievales |
Muchos de los
mitos sobre la Edad Media —que fue una época oscura, sucia y atrasada, entre
otros— son falsos o, al menos, enormemente exagerados. Estos estereotipos
comenzaron a difundirse siglos después: primero, durante el Renacimiento, entre
los siglos XV y XVI; y más tarde, durante la Ilustración del siglo XVIII. Ambos
movimientos necesitaban presentarse como épocas superiores y “modernas”, por lo
que retrataron al medievo como un periodo ignorante y decadente. Esa imagen
terminó consolidándose en los siglos posteriores y aún hoy sigue muy presente,
casi de forma obligatoria, en películas, novelas y videojuegos.
El mensaje
era sencillo y eficaz: “Nosotros recuperamos a Grecia y Roma; los medievales
se limitaron a vivir entre supersticiones y suciedad”. Y, claro, cuanto
peor pareciera la Edad Media, más brillante parecía el Renacimiento. La
Ilustración remató la jugada y convirtió el medievo en el ejemplo perfecto de
todo lo que debía superarse. El resultado fue una especie de leyenda negra
histórica que todavía sobrevive. Lo curioso es que muchos de aquellos
renacentistas y modernos que miraban por encima del hombro a la Edad Media,
tampoco vivían precisamente en ciudades limpias y perfumadas. De hecho, algunas
cortes europeas de los siglos XVI y XVII olían probablemente bastante peor que
muchas ciudades medievales.
Sin embargo,
la Edad Media —que abarca aproximadamente mil años, desde la caída del Imperio
romano de Occidente en el año 476 hasta finales del siglo XV, en el caso
español suele tomarse como referencia el descubrimiento de América en 1492— fue
una época mucho más dinámica de lo que suele pensarse. Lejos de constituir un
largo paréntesis de decadencia, el medievo conoció etapas de prosperidad,
importantes avances técnicos y culturales, así como una vida cotidiana mucho
más rica y compleja de lo que sugieren los tópicos tradicionales.
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| Jakob von Warte en el baño atendido por damas. Siglo XIV Obsérvese el detalle de las flores presentes tanto en su cuerpo como en el agua. |
El jabón
forma parte de nuestra vida diaria hasta el punto de que pocas veces nos
detenemos a pensar en su historia. Sin embargo, acompaña a la humanidad desde
hace miles de años. No está del todo claro si fue un invento consciente, el
resultado de un descubrimiento accidental o simplemente una casualidad que
terminó cambiando la vida cotidiana. Lo que sí sabemos es que en Mesopotamia,
alrededor del año 2800 a. C., ya se elaboraba una sustancia a partir de grasas
animales y cenizas con propiedades limpiadoras. Son los primeros jabones que,
según investigaciones actuales, se utilizaban principalmente para limpiar
tejidos y utensilios. A partir de ahí, distintas civilizaciones fueron
perfeccionando la fórmula. Los egipcios incorporaron aceites vegetales a sus
preparaciones, mientras que los romanos, siempre metódicos y prácticos,
mejoraron los procesos de producción y adoptaron el jabón para la higiene
personal, extendiendo su uso por todo el Imperio.
Con la caída
de Roma, el uso del jabón decayó en Europa durante siglos. Es cierto que, tras
la caída del Imperio muchas infraestructuras urbanas se deterioraron. Mantener
acueductos, termas y alcantarillados requería una organización política y
económica que desapareció en numerosos territorios europeos. Pero una cosa es
el deterioro de ciertos servicios públicos y otra muy distinta pensar que la
gente medieval renunció por completo a las costumbres que practicaba, y mucho
menos a la higiene.
Lo cierto es
que el jabón vivió un importante resurgimiento durante la Edad Media gracias al
mundo islámico. Entre los siglos VIII y XII, los alquimistas árabes
perfeccionaron la fabricación de jabones sólidos mediante la sencilla
combinación de agua, aceite vegetal y una forma primitiva de sosa cáustica,
un descubrimiento suyo obtenido a partir del tratamiento de plantas halófitas
que crecían —y crecen— en zonas desérticas o salinas. Ciudades como Alepo o
Damasco se hicieron famosas por sus jabones, y estos conocimientos terminaron
llegando a Europa occidental a través del comercio mediterráneo. Un auténtico
oficio artesano que desapareció cuando, en el siglo XIX, se descubrió la
síntesis de la sosa cáustica en laboratorio y comenzó la producción industrial
de la misma. Y claro, hoy hay tantas variedades de jabón como necesidades
tenemos.
Pero volvamos
a la cuestión inicial: saber si el jabón era conocido y, sobre todo, utilizado
en la Edad Media. Como suele ocurrir, nos hemos desviado del tema, pero la
respuesta a ambas preguntas es afirmativa.
Llamada al
orden, señorías: el asunto que nos ocupa es la higiene en la Edad Media.
Decir que la gente
era sucia en la Edad Media es una exageración. Es cierto que el conocimiento
sobre la higiene estaba muy lejos del actual y que no existía una comprensión
científica de su relación con la salud. Sin embargo, eso no significa que las
personas descuidaran por completo su aseo. Sabemos, por ejemplo, que era
habitual lavarse las manos antes de las comidas. Buena prueba de ello son las
fuentes que aún se conservan en muchos monasterios, situadas frente a los
refectorios precisamente para facilitar esa limpieza previa. También existían
pilas destinadas al lavado de los pies de los monjes en los días establecidos
por la regla. Además, la documentación medieval muestra que se utilizaban
toallas y que estas debían cambiarse regularmente, en algunos monasterios al
menos dos veces por semana.
Tampoco desapareció la costumbre del baño heredada del mundo romano: hasta nosotros han llegado representaciones de baños comunales que demuestran que esa práctica seguía existiendo.
| Xilografía que representa un baño curativo |
La paradoja
estaba servida.
El
Renacimiento necesitaba construirse a sí mismo como una “vuelta a la luz”. Para
los humanistas renacentistas, ellos estaban recuperando la cultura clásica del Imperio
romano de Occidente y de la Grecia antigua después de siglos que consideraban
decadentes. De ahí viene, de hecho, el término “Edad Media”: una etapa
“intermedia” entre la Antigüedad clásica y su propio presente.
Eso no
significa que inventaran de la nada la idea de una época atrasada, pero sí que
exageraron muchos aspectos para marcar contraste. Era una forma de propaganda
cultural: “nosotros somos quienes devolvemos la razón, el arte, la ciencia y la
civilización”. Cuanto peor pareciera el periodo anterior, más brillante parecía
el suyo.
Pero se les coló el asunto de la suciedad. Las ciudades seguían teniendo muchos de los mismos problemas sanitarios; de hecho, en casi toda Europa seguían siendo las mismas ciudades con sus calles estrechas, animales circulando y defecando por ellas, basura por la vía pública, epidemias recurrentes… Y además apareció un concepto nuevo: la desconfianza hacia los baños públicos, porque se creía que podían favorecer enfermedades como la peste negra del siglo XIV. Muchos autores renacentistas simplificaron un contexto de mil años solamente para reforzar la idea de que ellos representaban una época “superior”.
El problema fue que no supieron ver que la realidad histórica que les tocó vivir era bastante más compleja de lo que estaban dispuestos a admitir. En la Edad Media surgieron universidades, nacieron nuevas técnicas agrícolas, existían normas de higiene, baños, lavanderías, sistemas de abastecimiento de agua urbana e incluso tratados médicos sobre limpieza corporal. Y, paradójicamente, en algunos momentos de la Edad Moderna la gente se bañaba menos que en determinados periodos medievales.
No obstante,
tampoco conviene caer en el extremo contrario y convertir la higiene medieval
en una maravilla adelantada a su tiempo. La Edad Media no fue un paraíso
higiénico, pero tampoco un mundo de suciedad permanente y personas cubiertas de
mugre, como muchas veces nos hacen o nos quieren hacer imaginar hoy los
seguidores del tópico. La higiene existía, aunque se entendía de manera
diferente a la actual y dependía mucho de las posibilidades económicas, la
región y el momento histórico. Además, cada uno de los diez siglos que duró la
Edad Media tenía sus costumbres, sus límites y su propia manera de entender la
salud y la limpieza.
Y, como dice el refrán, cada cosa a su tiempo y los nabos en Adviento: no, un campesino del siglo XIII no olía a rosas silvestres ni a perfume francés, pero tampoco iba dejando una nube tóxica detrás de él. Lavarse las manos antes de comer era habitual, especialmente entre las clases altas y en ambientes religiosos como ya hemos visto en los monasterios.
No, guarros no eran.
Los baños
públicos heredados del mundo romano siguieron existiendo en numerosas ciudades
medievales. En algunos lugares eran muy populares y funcionaban casi como
espacios sociales. Había personas que acudían a bañarse, relajarse, conversar o
recibir tratamientos corporales. Algunas ciudades alemanas y francesas llegaron
a tener auténticas casas de baños muy frecuentadas.
También
existía cierta preocupación por la ropa limpia. Aunque las prendas exteriores
podían reutilizarse durante bastante tiempo, la ropa interior de lino se
cambiaba y lavaba con frecuencia porque absorbía el sudor y la suciedad
corporal. Los perfumes, aceites y hierbas aromáticas tampoco eran extraños.
Por supuesto, la higiene dependía mucho de la posición social. Un noble podía permitirse bañeras privadas, criados y tejidos limpios; un campesino pobre bastante tenía con sobrevivir al invierno y se bañaba cuando podía, generalmente en el buen tiempo y con agua fría. Pero eso no es exclusivo de la Edad Media. Basta comparar hoy un ático de lujo en una zona residencial con una chabola en un asentamiento marginal para entender que las diferencias sociales siempre influyen en el nivel de higiene.
En Castilla, los baños se asignaban a hombres en determinados días de la semana y a mujeres en otros. Los viernes y domingos eran días reservados para los judíos. |
Entonces, ¿de
dónde vino realmente el mito de la suciedad en el Renacimiento?
La respuesta
corta es: de las epidemias y del miedo.
La peste
negra del siglo XIV marcó profundamente la mentalidad europea. La enfermedad
mató a millones de personas y nadie entendía realmente cómo se propagaba. Como
suele ocurrir en tiempos de crisis, aparecieron teorías absurdas que pretendían
explicarlo todo.
Algunos
médicos comenzaron a desconfiar de los baños públicos porque creían que el agua
caliente abría los poros y facilitaba la entrada de enfermedades en el cuerpo.
Además, ciertos baños terminaron asociados a la prostitución y a ambientes
considerados inmorales. Poco a poco, en algunas regiones europeas empezó a
extenderse cierta desconfianza hacia el baño frecuente.
Y aquí
aparece una de las grandes ironías de la historia: hubo épocas posteriores, ya
en plena Edad Moderna, en las que parte de la población europea se bañaba menos
que la población medieval. En la corte francesa, por ejemplo, el perfume llegó
a convertirse en una herramienta importante para disimular olores corporales. ¿Y
la costumbre de que las novias lleven un ramo de flores? Exacto… aunque quizá
también estemos ante otro mito. No, aquello no era exactamente el triunfo
definitivo de la higiene moderna.
Pero eso no
convierte automáticamente a toda una civilización en un conjunto de personas
sucias e ignorantes. Resulta paradójico que uno de los argumentos más
utilizados posteriormente para afirmar que los medievales no se bañaban sea, precisamente, la existencia de numerosas disposiciones destinadas a controlar
los baños. Si las autoridades sentían la necesidad de regularlos, parece
razonable pensar que era porque estos establecimientos formaban parte habitual
de la vida urbana.
La Edad Media
no fue ni una pocilga ni un balneario de lujo; simplemente fue un periodo inmenso y
diverso. Hubo momentos de crisis y otros de prosperidad; ciudades miserables y
ciudades sorprendentemente organizadas; nobles obsesionados con su apariencia y
campesinos agotados por la supervivencia diaria, lo mismo que en las épocas anteriores
y posteriores. Reducir mil años de historia europea a un estereotipo mugriento
es, además de injusto, históricamente incorrecto. Pero parte del clero y
algunas autoridades eclesiásticas recelaron y se tomaron la atribución de
regular los baños a través de la condena moral. La última medida que se
tomó contra estos fue su disolución: a principios del siglo XV se prohibieron
totalmente en Londres, y desde entonces fueron clausurados progresivamente
entre finales de la Edad Media y comienzos de la Moderna, precisamente cuando
Europa padecía los efectos de la peste y proliferaban explicaciones erróneas
sobre su origen, entre ellas las acusaciones contra las comunidades judías.
Nada que
añadir, señoría. Quizá el verdadero problema no sea cómo olía la Edad Media,
sino cuánto seguimos oliendo hoy a prejuicio histórico y cuánto lastre cultural
arrastramos todavía: como suele ocurrir, los tópicos simples sobreviven mucho
mejor que las explicaciones complejas.
Antonio García Francisco
Madrid, día de San Fernando de 2026













