Radioguide

martes, 30 de junio de 2026

Una aproximación al bestiario medieval: el simbolismo de los animales en el arte y en la mentalidad medieval.

             

El simbolismo de los animales en el arte y en la mentalidad medieval. Ejemplos.




  • Animales reales y su simbolismo.
  • Animales asociados al bien y al mal.
  • La ambivalencia simbólica de algunos animales.
  • La aparición de criaturas fantásticas.
  • Transición hacia el bestiario medieval.
  • Descripción individual de algunas criaturas representativas.
  • Colofón.


  • Desde tiempos remotos, las distintas culturas han atribuido a los animales significados simbólicos relacionados con cualidades humanas. Muchas de estas asociaciones se originaron a partir de la observación de sus características físicas o de los comportamientos que se les atribuían. Aún hoy seguimos utilizando algunas de ellas: el perro representa la lealtad; el león, la fuerza; o el mono, los instintos más descontrolados.

    La Edad Media heredó gran parte de estas tradiciones simbólicas, originarias de civilizaciones anteriores, y las incorporó a su propia visión del mundo. Los animales se convirtieron así en un recurso habitual para representar virtudes, defectos, valores morales e incluso aspectos de la divinidad.

    Cuando se trataba de simbolizar a Dios o a las figuras más elevadas del cristianismo, se recurría a animales considerados especialmente nobles o poderosos. El león evocaba autoridad y majestuosidad; el águila se asociaba con la elevación espiritual; y el toro representaba fuerza y vigor. No es casualidad que estos tres animales formen parte del llamado tetramorfos, el conjunto de símbolos que identifica a los evangelistas.

    Otros animales adquirieron significados igualmente relevantes. La paloma, asociada a la pureza y al mundo espiritual, terminó convirtiéndose en la representación más reconocible del Espíritu Santo. El cordero, por su parte, recordaba los sacrificios rituales y acabó representando a Cristo como redentor de la humanidad.

    Sin embargo, la función de esta iconografía no era únicamente decorativa o teológica, sino que también cumplía una importante labor educativa. En una sociedad en la que gran parte de la población era analfabeta, las imágenes ayudaban a transmitir enseñanzas morales. Por ello fueron tan populares las fábulas protagonizadas por animales, cuyos comportamientos servían para ilustrar virtudes y defectos humanos.

    Estas narraciones tenían raíces muy antiguas y procedían, en gran medida, de las tradiciones griegas y romanas. Con el tiempo, muchas de ellas fueron transmitidas y adaptadas tanto en el mundo islámico como en el cristianismo medieval. Además, algunos autores las recopilaron y las adaptaron en diversas obras con el objetivo de transmitir enseñanzas morales a sus lectores.

    La influencia de las fábulas puede apreciarse en numerosos templos románicos. Un ejemplo destacado se encuentra en la iglesia de San Martín de Tours, Frómista, Palencia, donde aparecen escenas inspiradas en relatos tradicionales como la de la zorra y el cuervo (Esopo, Grecia, siglo VI a.C.) en el interior, o la del asno y la lira (Fedro, Roma, siglo I d.C.) en el exterior. Estas representaciones funcionaban como auténticas lecciones visuales para los fieles.

    La zorra y el cuervo. Frómista, Palencia




    Asno arpista. Frómista, Palencia


    A medida que se ampliaba el conocimiento sobre el mundo animal gracias a los bestiarios, los relatos de viajeros y las tradiciones religiosas, en especial la Biblia, cada especie iba adquiriendo un valor simbólico concreto. En la mentalidad medieval, casi todos los animales podían vincularse con alguno de los dos grandes principios que estructuraban la visión cristiana del universo: el Bien y el Mal.

    No obstante, estos significados no eran fijos. Un mismo animal podía representar ideas opuestas según el contexto en el que apareciera. El león, por ejemplo, suele simbolizar a Cristo, pero en determinadas escenas también encarna las fuerzas malignas que amenazan al creyente. Del mismo modo, el perro, asociado habitualmente a la fidelidad, puede aparecer representado como una criatura monstruosa vinculada al infierno y al castigo de los condenados.



    Entre los animales tradicionalmente vinculados a valores positivos destacan la abeja, símbolo de castidad, laboriosidad y diligencia; el camello, ejemplo de humildad; la cigüeña, vinculada a la fidelidad conyugal; la golondrina, relacionada con la esperanza; o el antes citado perro, imagen de la lealtad. Incluso el castor (1), un caso especialmente curioso, se vinculaba a la castidad debido a la creencia popular de que se automutilaba para escapar de sus cazadores. Esta riqueza de significados convirtió al mundo animal en uno de los lenguajes simbólicos más importantes del arte medieval. Otros, como el águila, el ciervo, el delfín, el gallo, el león, el pelícano o el pez, fueron interpretados como símbolos de Cristo. 

    (1) Durante la Edad Media, el castor europeo (Castor fiber) habitaba en prácticamente todos los ríos y humedales del continente europeo, desde las islas británicas hasta Rusia, y desde Escandinavia hasta los límites de las penínsulas del sur.Sin embargo, a lo largo del medievo (siglos V al XV), su población sufrió un declive drástico y desigual debido a la caza intensiva por su piel, su carne y el cotizado castóreo, una secreción muy codiciada en perfumería y en medicina medieval.

    La simbología medieval también atribuyó significados negativos a numerosas especies, que pasaron a representar los pecados, las tentaciones y las fuerzas del mal. Estas asociaciones formaban parte del mismo lenguaje visual, de manera que también servían como recurso fácilmente reconocible para instruir a los fieles y reforzar los valores cristianos.

    El panorama, pues, era el siguiente: 

    - Algunos se vinculaban directamente con los pecados capitales. La ardilla era imagen de la avaricia por su actividad recolectora; el asno y la tortuga simbolizaban la pereza por su lentitud, y el cerdo, la gula. La lujuria podía encarnarse en animales tan diversos como la liebre, el mono, el sapo o la rana.

    - Otros, por el contrario, expresaban actitudes consideradas moralmente reprobables. El zorro era emblema de la astucia engañosa y la hipocresía; el jabalí y el oso representaban la ira y la violencia descontrolada; y la lechuza, asociada a la oscuridad, podía simbolizar el vicio o el alejamiento de la luz espiritual. Sin embargo, en algunos contextos, también podía representar al monje que, desde la soledad de su celda,  se entrega a la oración y a la contemplación de lo divino.

    - Especial relevancia tuvieron los identificados directamente con el demonio. El lobo fue una de las imágenes más habituales del mal, por su condición de depredador y enemigo de los rebaños, símbolo del rebaño de los fieles. El macho cabrío llegó a convertirse en una de las representaciones demoníacas por excelencia, mientras que la ballena, el gato o incluso el camaleón podían ser interpretados en determinados bestiarios como encarnaciones de fuerzas malignas. 

    Mención aparte merece la serpiente, uno de los símbolos más complejos y versátiles de la iconografía medieval. Su asociación con el relato bíblico del Paraíso la convirtió en imagen de la tentación. Sin embargo, dependiendo del contexto, también podía representar la sabiduría, la renovación espiritual e incluso la vida eterna debido a su capacidad de mudar la piel, lo cual demuestra que el significado de los animales no era siempre único ni inmutable.

    Esta riqueza simbólica explica por qué el arte medieval está poblado de criaturas reales e imaginarias cuyo significado iba mucho más allá de su apariencia. Para los hombres y mujeres de la época, cada animal podía transmitir una enseñanza moral, una advertencia o una reflexión sobre la lucha entre el bien y el mal.

              

                …Y de repente, ¡las criaturas fantásticas!

    Junto a los animales reales, el arte románico incorporó un amplio repertorio de seres fantásticos que aún hoy siguen despertando la curiosidad de quienes visitan iglesias y monasterios de la época. Dragones, grifos, sirenas, basiliscos y otras criaturas imposibles aparecen ante nuestros ojos en capiteles, canecillos, metopas y portadas, formando parte de un universo simbólico heredado de tradiciones mucho más antiguas, como ha sido ampliamente señalado. 

    Se ha señalado, aunque pueda resultar reiterativo, que el origen de estos seres se encuentra en las leyendas y mitologías de Oriente y del mundo clásico, donde la imaginación desempeñó un papel fundamental a la hora de explicar aquello que escapaba a la comprensión humana. Durante siglos, las noticias procedentes de tierras lejanas, los relatos de viajeros y el desconocimiento de numerosos fenómenos naturales alimentaron la creencia en la existencia de criaturas extraordinarias situadas mucho más allá de las fronteras conocidas, siempre en lugares remotos, lo que impedía su verificación.

    Asimismo, algunos historiadores han sugerido incluso que ciertos hallazgos de grandes restos fósiles pudieron contribuir al nacimiento de algunas de estas leyendas. La aparición de restos de huesos y fósiles de animales desconocidos, interpretados desde una mentalidad carente de explicaciones científicas, pudo favorecer la creación de seres gigantescos y monstruosos. A ello se sumaban el temor a lo desconocido y la necesidad de dar forma visible a conceptos abstractos como el mal, el peligro o las fuerzas caóticas que amenazaban el orden del mundo.

    Sea cual sea su origen, estas criaturas fueron adquiriendo rasgos cada vez más definidos hasta integrarse plenamente en el imaginario medieval. Los escultores románicos las representaron con gran detalle, combinando elementos humanos, animales y fantásticos para crear figuras tan fascinantes como inquietantes.

    Cada una de ellas desempeñaba, además, una función concreta dentro de las narraciones tradicionales. Los grifos, mitad águila y mitad león, aparecían como guardianes de tesoros y riquezas fabulosas. Los dragones simbolizaban el caos, el peligro o las fuerzas malignas, y con frecuencia custodiaban lugares inaccesibles. Por su parte, las ninfas acuáticas y las nereidas, frecuentemente confundidas con las sirenas, eran consideradas espíritus vinculados a fuentes, ríos y manantiales, capaces de atraer y volver locos a quienes caían bajo su influencia.

    Con la expansión del cristianismo, muchas de estas figuras no desaparecieron, sino que fueron reinterpretadas. Sus antiguos significados paganos, como tantas cosas, se adaptaron a las necesidades del pensamiento medieval y pasaron a formar parte del lenguaje simbólico de la Iglesia. De este modo, las criaturas fantásticas dejaron de ser simples personajes legendarios para convertirse en herramientas visuales destinadas a transmitir enseñanzas morales, advertencias espirituales y reflexiones sobre la eterna lucha entre el bien y el mal, tras cobrar piel, carne y huesos, adquiriendo así una dimensión absoluta y plenamente simbólica.

    Gracias a esta transformación, el arte románico heredó un extraordinario bestiario en el que convivían animales reales y seres imaginarios, todos ellos dotados de un significado que iba mucho más allá de su apariencia. Sus figuras siguen observándonos desde las piedras de iglesias y monasterios, recordándonos cómo la imaginación fue capaz de dar forma a los miedos, creencias y esperanzas de toda una época.

    La variedad de criaturas fantásticas presentes en el arte medieval es tan amplia que resultaría imposible elaborar una lista cerrada y definitiva. A lo largo de los siglos se fueron incorporando seres procedentes de tradiciones muy diversas, algunos de los cuales ya han aparecido en distintas entradas de este blog. El repertorio es muy amplio y refleja la extraordinaria riqueza del imaginario medieval. Por esa razón, en lugar de intentar abarcar un catálogo completo, resulta más útil detenerse en algunos de los ejemplos más representativos. Nos centraremos en una selección reducida a apenas media docena de criaturas especialmente significativas.

    Tal vez más adelante nos sintamos con ánimo suficiente y busquemos el momento y la ocasión de adentrarnos en una visión más amplia del bestiario medieval. La imaginación no deja de trabajar y ya va dando forma a un pequeño proyecto casi de bolsillo, del mismo modo que ocurre con el glosario de términos arquitectónicos actualmente en curso, aunque ahora no siempre hay fuerzas para seguirle el ritmo. Pero todo llegará, si la vara de la constancia no se rompe; la idea queda archivada en la carpeta de proyectos futuros.


    Los grandes protagonistas del bestiario fantástico

    Entre las innumerables criaturas que poblaron la imaginación medieval, algunas alcanzaron una extraordinaria difusión y se convirtieron en elementos habituales de la decoración románica. Sus figuras aparecen esculpidas en capiteles, canecillos y portadas, así como en manuscritos iluminados, donde desempeñan funciones simbólicas concretas. Aunque el catálogo es inmenso, merece la pena detenerse en algunas de las más representativas para comprender cómo la fantasía, la religión y la tradición clásica se combinaron en la creación de uno de los conjuntos iconográficos más fascinantes de la Edad Media.


    La arpía

    (ampliar información pulsando aquí)

    Criatura fantástica (por favor, no digan "animal fantástico", no es un animal) con cabeza humana, generalmente femenina aunque en ocasiones masculina, a veces con gorro frigio, cuerpo de ave, patas rematadas en pezuñas y cola de escorpión o de serpiente. En la iconografía medieval se trata de un ser despiadado que llegó a simbolizar el conjunto de los vicios y las pasiones más bajas del ser humano.

               En la tradición griega, romana y medieval se creía que estas criaturas desencadenaban las tormentas. Cuando hoy se llama arpía a una persona, se alude a alguien despiadado, cruel o carente de compasión.

    Arpías. Duratón, Segovia

    Arpía varón. Barrio de Santa María, Palencia


    El basilisco

    (Ampliar información pulsando aquí)

    Criatura de cabeza monstruosa, cresta de gallo, cuerpo de reptil, patas de ave y cola rematada en una punta de lanza, el basilisco era considerado un emisario de los demonios y el guardián de grandes tesoros.

    En el arte románico, además, desempeña la función de conducir las almas de los condenados al infierno. Por ello suele aparecer en las escenas de pesaje de las almas (psicostasis), a menudo junto a San Miguel Arcángel.

    Basilisco. Sangüesa, Navarra


    Basiliscos. Aguilar de Bureba, Burgos


    Basilisco. Oquillas, Burgos

    Basilisco recogiendo el alma de un avaro.
    Rebolledo de la Torre, Burgos.



    El centauro

    Pocas criaturas de la mitología clásica han arraigado tan profundamente en el imaginario occidental como el centauro. Esa combinación de cabeza y torso humanos sobre el cuerpo de un caballo no solo nos resulta familiar por su estrecho vínculo con Sagitario y el zodíaco, sino por la poderosa carga psicológica que arrastra desde la Antigüedad.

    Cuando los artistas de la Edad Media adoptaron esta figura, no respondía a razones puramente estéticas. Para la mentalidad medieval, el centauro se convirtió en una representación privilegiada de la dualidad humana: la mitad superior representa la razón, mientras que la mitad equina encarna los impulsos más salvajes e irracionales. Por eso, en los relieves de los templos románicos es habitual verlo en actitud violenta, cazando o arremetiendo contra todo lo que se cruza en su camino, ya sean animales, almas indefensas (a menudo representadas con forma de ave o de ciervo) o incluso luchando contra sus propios semejantes.

    Esta agresividad no se limitaba a la caza y a la lucha. En muchas escenas, los centauros aparecen acosando a mujeres, una iconografía que la Iglesia utilizó para alertar a los fieles sobre los peligros de la lujuria, la pérdida de autocontrol y cómo los deseos más primarios pueden terminar devorando la dimensión espiritual si no se controlan.

    Centauro sagitario. Requijada, Segovia

    Centáuride (mujer centauro) amamantando a un niño humano.
    Capitel en el castillo de Frías, Burgos


    Centáuride amamantando a un niño humano.
    Canecillo en la iglesia de San Miguel en la Villa de Fuentidueña, Segovia


    Centauros. Posible centáuride con lanza y sagitario.
    Capitel de la iglesia de San Claudio de Olivares,  Zamora


    La anfisbena

    (Ampliar información pulsando aquí)

    La anfisbena es una criatura mítica que ha ido cambiando mucho a lo largo de los siglos. Se dice que nació de las gotas de sangre que cayeron sobre la arena del desierto desde la cabeza decapitada de la gorgona Medusa. Al principio era una serpiente con dos cabezas, una en cada extremo del cuerpo, lo que le permitía moverse en ambos sentidos, y se alimentaba de hormigas.

    Con el tiempo, pasó a seguir a los ejércitos para alimentarse de los cadáveres tras las batallas. Más adelante, en la Edad Media, aparece representada con patas de ave y, en ocasiones, con alas. En esa época se le atribuye una lectura simbólica que une el bien y el mal en una sola criatura, representados en sus dos cabezas, una blanca y una negra.

    Erinia. Iglesia de Santa María. Santoña, Cantabria


    Anfisbenas devoran a dos obis herejes.
    Castillo de Loarre, Huesca


    Anfisbena. Iglesia de San Andrés.  Soto de Bureba, Burgos. 


    Anfisbena. Antiguo monasterio de San Pedro de Villanueva.
    Parador Nacional de Cangas de Onís. Asturias.


    La erinia

    (Ampliar información pulsando aquí)

    La erinia es otra criatura nacida de la sangre, como la anfisbena. Si esta última nació de las gotas de sangre que cayeron sobre la arena del desierto sirio desde la cabeza decapitada de la gorgona Medusa, cuando Perseo la transportaba sobrevolando aquellas tierras, la erinia tiene otro origen igualmente violento. Es también, en sentido estricto, hija de la sangre. Nace de las gotas que cayeron sobre la arena de la playa cuando Cronos castró a su padre, el dios Urano, con una hoz de sílex que le había entregado su madre, la diosa Gea. Los testículos fueron arrojados al mar y de la espuma que se formó al entrar en contacto con el agua nació Afrodita, en uno de esos relatos de la Antigüedad en los que la violencia  da origen a lo divino.

    Cronos siguió los pasos de su padre y fue a su vez vencido por su hijo menor, Zeus. Pero nosotros ya estamos en el punto al que queríamos llegar: estas criaturas son anteriores al tiempo de los dioses del Olimpo. Por eso, las erinias son fuerzas primitivas que se sitúan en un plano mítico anterior al orden de Zeus, por lo que no están sometidas a su autoridad y actúan con independencia de ella.

    En principio eran tres bellísimas mujeres, según muestran algunas cerámicas griegas. Su misión era perseguir implacablemente los delitos de sangre cometidos en el seno de la familia y vengar a las víctimas. 

    Con los romanos conservaron sus funciones, pero fueron representadas como tres horrorosas ancianas. Más tarde se les añadieron serpientes por cabellos. En la Edad Media acabaron siendo transformadas en unas criaturas aladas, híbridas de serpientes con cabeza y patas de perro. No es difícil entender esta evolución: si su función era vengar los crímenes de sangre cometidos en el seno de la familia y perseguir sin descanso durante toda la vida a quienes los habían cometido, pronto fueron identificadas con los remordimientos. Y es que los remordimientos persiguen y atormentan hasta la muerte, igual que las erinias.


    Erinia. Duratón, Segovia


    Erinias. Bareyo, Cantabria

    Erinia. Hinojosa-Tartanedo, Guadalajara.
    En esta ermita hay cuatro representaciones de erinias


    Erinia. Antiguo monasterio de San Pedro de Villanueva
    Parador Nacional de Cangas de Onís, Asturias


    El grifo

    El grifo es una de las criaturas más fascinantes y longevas del imaginario mítico. Representado con cabeza y alas de águila y cuerpo de león, su origen se remonta a las antiguas civilizaciones de Mesopotamia, Persia y Egipto, desde donde pasó al mundo griego y romano hasta convertirse en una figura ampliamente conocida en toda la Antigüedad.

    Su aspecto no es fruto del azar. El grifo combina dos animales que, en numerosas culturas, simbolizan el poder supremo: el león, rey de las bestias terrestres, y el águila, soberana de las aves. Esta unión de fuerzas convierte al grifo en una criatura excepcional, asociada desde muy temprano a lo sagrado, la realeza y la protección divina.

    Sin embargo, su significado cambió con el paso de los siglos. Durante la Edad Media, los bestiarios cristianos ofrecieron interpretaciones muy diversas, e incluso contradictorias. Por un lado, su formidable aspecto —armado con un pico de rapaz y poderosas garras de felino— lo convirtió en un ser temible, a menudo relacionado con las fuerzas del mal e incluso presentado como una imagen de Satán. Pero, al mismo tiempo, otros autores vieron en su naturaleza híbrida un profundo simbolismo religioso.

    Para estos intérpretes, el grifo era una representación de la doble naturaleza de Cristo. La parte superior, correspondiente al águila que domina los cielos, simbolizaba su condición divina; el cuerpo de león, vinculado a la tierra, evocaba su naturaleza humana. De este modo, la criatura reunía en una sola figura el cielo y la tierra, lo espiritual y lo material. También se la relacionó con dos de los cuatro elementos clásicos, el aire y la tierra, reforzando así la idea de Cristo como soberano de ambos ámbitos.

    A estas interpretaciones se sumó otra herencia procedente del mundo antiguo. Como el grifo había estado tradicionalmente asociado a la luz y a la vigilancia, el cristianismo medieval lo convirtió también en símbolo de la sabiduría divina. Su extraordinaria fuerza, por otra parte, hizo que se le considerara una imagen del poder invencible de Cristo y un emblema de protección frente a las fuerzas del mal. Así, una criatura nacida en los mitos de Oriente Próximo terminó ocupando un lugar destacado en la simbología cristiana, donde pudo representar, según el contexto, tanto el peligro y la amenaza como la salvación y la protección divina.

    "El grifo es el ave más grande de todas las del cielo. Vive en el lejano Oriente, en un golfo de la corriente oceánica. Y, cuando se yergue el sol sobre las profundidades marinas y alumbra el mundo con sus rayos, el grifo extiende sus alas y recibe los rayos del sol. Y otro grifo se alza con él, y ambos vuelan juntos hacia el sol poniente, tal y como está escrito: «Extiende tus alas, dispensador de la luz; entrega al mundo la claridad».

    De semejante manera representan ambos grifos la Cabeza de Dios, es decir, al arcángel san Miguel y a la Santa Madre de Dios, y reciben tu espíritu, de forma que no pueda decirse: «No te conozco».

    Bien ha hablado el Physiologus en lo referente al grifo."

    Phys. griego: Carlill, 231; Peters, 76"

    Este texto del Fisiólogo griego identifica plenamente al grifo con la divinidad




    “Existe un ave llamada grifo. (...) Estos pájaros son por naturaleza tan fuertes que agarran un buey vivo, se echan a volar con el y se lo llevan a sus polluelos.

    Este pájaro representa el diablo. El buey significa el hombre que vive en pecado mortal y no quiere apartarse ni retirarse de él. (...) El desierto representa el infierno, del que vino volando el grifo. Los polluelos significan los diablos que viven en los desiertos; es en las tinieblas del infierno donde la pobre alma mora en manos de sus enemigos”

                Este texto de Pierre de Beauvais, redactado entre 1180 y 1206, que recoge una entonces ya larga tradición de bestiarios, identifica claramente al grifo con el Diablo.

     

    Un grifo llevando un buey entre las garras. 
    Iglesia abacial de Sainte-Richarde de Andlau, Alsacia. Francia




    Grifo. Butrera, Burgos

    Grifo. Revilla de Santullán, Palencia



    Las nereidas y las sirenas

    (Ampliar información pulsando aquí)


    Las primeras referencias escritas a las sirenas aparecen en la Antigüedad, especialmente en la Odisea de Homero, aunque también se mencionan en el libro de Isaías. En la mitología griega, las sirenas no eran mujeres con cola de pez, sino criaturas monstruosas con cuerpo de ave y rostro de mujer que atraían a los marineros con su canto para llevarlos a la muerte.

    “… primero llegarás a las Sirenas, las que hechizan a todos los hombres que se acercan a ellas. Quien acerca su nave sin saberlo y escucha la voz de las Sirenas ya nunca se verá rodeado de su esposa y tiernos hijos, llenos de alegría porque ha vuelto a casa”.
    Odisea, canto XII


     «21 Sed requiescent ibi bestiæ, et replebuntur domus eorum draconibus, et habitabunt ibi struthiones, et pilosi saltabunt ibi;

    22 et respondebunt ibi ululæ in ædibus ejus, et sirenes in delubris voluptatis.»

    (Biblia Vulgata Clementina, edición de 1592). (1)

     (1) Lo cual, más o menos, y traducido con los recuerdos de mis conocimientos de latín de bachillerato, plan de 1957, nada menos, viene a decir:

    «21 Pero allí descansarán las fieras, y sus casas se llenarán de dragones; allí habitarán los avestruces, y los peludos saltarán allí;

    22 allí responderán las lechuzas en sus edificios, y las sirenas en los santuarios del placer.»

     

    Sirenas-ave. Monasterio de Silos (Burgos)

    Las nereidas, en cambio, eran ninfas marinas benignas, hijas del dios marino Nereo. Protegían a navegantes y pescadores, y estaban asociadas a la belleza, la calma del mar y la fertilidad de las aguas.

    Nereidas. Ventana Absidial Igl. San Miguel
    Cerezo de Arriba, Segovia, siglo XII

    Sirenas-ave. Ventana absidial igl. San Miguel
    Cerezo de Arria, Segovia. Siglo XII



    Nereidas a la izquierda y sirenas-ave a la derecha flanquean
    la ventana absidial septentrional de la igl. de San Miguel
    Cerezo de Arriba, Segovia. Siglo XII

    Con el paso de los siglos, las tradiciones sobre ambos seres se mezclaron. Las nereidas aportaron la imagen de la hermosa mujer vinculada al mar, mientras que las sirenas conservaron su poder de seducción y de peligro. De esta fusión surgió la figura que hoy conocemos: una mujer de larga cabellera con cola de pez.

    La Edad Media consolidó esta representación en los bestiarios, donde las sirenas simbolizaban la tentación y la lujuria, y trasladó a las nereidas también a ríos, fuentes y manantiales. Desde entonces, la imagen de la mujer-pez sustituyó casi por completo a la antigua sirena con cuerpo de ave. Por eso, las sirenas modernas se parecen mucho más a las nereidas que a las de la mitología griega original, en la que las nereidas son ninfas marinas inmortales y las sirenas perecieron al ser vencidas por Odiseo.

    Para finalizar el resumen de esta criatura y como colofón a toda la entrada, quisiera plasmar dos reflexiones de la época. La primera es del siglo VII y no necesita presentación: son Las Etimologías, escritas por San Isidoro de Sevilla, datadas en el año 634:

     “En realidad eran unas meretrices, las cuales arruinaban a quienes se acercaban, y estos, se veían luego en la necesidad de simular el naufragio. Tenían alas y uñas porque el amor vuela y hiere. Se dice que vivían en las olas porque las olas crearon a Venus”. 

    San Isidoro, etimologías.


    La segunda cita pertenece a Brunetto Latini, intelectual florentino y figura clave del pensamiento político y humanista del siglo XIII. Esta aparece en su obra Livre du Trésor, que compila conocimientos medievales sobre historia, teología, ciencias naturales, ética y retórica.

    "… lo cierto es que las sirenas fueron tres meretrices que engañaban a todos los transeuntes que se cruzaban en su camino y los arruinaban. Y dice la historia que tenían alas y garras en representación de Amor, que vuela y hiere; y que vivían en el agua, porque la lujuria está hecha de humedad."

    Livre du Trèsor, Libro I capítulo 136, siglo XIII.

    En fin, que siempre hay gente dispuesta a arruinar la poesía y la imaginación con su malaje  y su mal vino, y quizá esa sea la verdadera enseñanza de los bestiarios. No importa tanto si estas criaturas existieron alguna vez, sino que durante siglos los hombres creyeron en ellas, las temieron, las admiraron y las utilizaron para explicar el mundo. En las portadas, capiteles y aleros de iglesias y catedrales, anfisbenas y erinias, arpías y centauros, sirenas,  nereidas y basiliscos convivían con animales reales sin que nadie sintiera la necesidad de separarlos. ¿Por qué habría de hacerlo si nadie dudaba de la realidad de unos o de otros? Seguramente nunca faltaba algún peregrino que asegurara haber visto una nereida peinándose en una fuente oculta en algún paraje remoto del bosque, a cambio quizá de un rato de conversación y un vaso de vino.

                Hoy sabemos más sobre la naturaleza, pero hemos perdido parte de aquella mirada capaz de descubrir maravillas en cada rincón de la creación. Los monstruos han desaparecido de los campos, de los bosques, de los mares, de los cielos y de los mapas; por fortuna, todavía sobreviven en los libros. 

                Y mientras alguien los lea, seguirán vivos.


    Antonio García Francisco. 

    Madrid, 30 de junio de 2026, festividad de San Marcial.







    Laudas sepulcrales medievales: las piedras que guardan historias

              Querido lector, es posible que no nos conozcamos personalmente, pero llevamos ya cinco años compartiendo historias y conocimientos sobre el estilo románico en particular y la Edad Media en general, lo cual nos facilita cierto tipo de acercamiento, el del gusto por temas comunes. Hoy traemos al blog de Radio Cangas un tema que viene de mucho más atrás en el tiempo, el de las laudas funerarias, una manera antiquísima que la Humanidad ha utilizado y sigue utilizando para recordar a sus muertos. Desde el albor de los tiempos, los humanos han honrado de alguna manera el sitio donde enterraban a sus seres queridos; infinidad de dólmenes y otros monumentos funerarios, recordemos, por ejemplo, los dólmenes prehistóricos y las pirámides del antiguo Egipto, nos lo recuerdan al cabo de miles de años.

     

    Dolmen de Dombate en 1993
    Vimianzo, A Coruña
    Año 4000 a.C.

    Dolmen de Dombate hoy en
    Vimianzo, A Coruña


    Ajustándonos a  nuestro tema, la Edad Media, estoy completamente seguro de que alguna vez has entrado en una iglesia antigua, quizás la de tu pueblo, o en una catedral, y has visto grandes losas de piedra en el suelo, algunas con dibujos, escudos o letras tan desgastadas que apenas se distinguen. Es fácil pasar por encima de ellas sin prestarles demasiada atención, tal vez porque somos incapaces de leer sus enrevesadas grafías, o puede que sea porque no entendemos de heráldica lo suficiente, o nada, para interpretar los escudos genealógicos grabados en ellas,  pero lo cierto es que esas piedras encierran siglos de historia. Son las laudas sepulcrales, auténticos testigos del pasado que nos hablan de quienes vivieron y murieron hace cientos de años y cuyos restos mortales descansan bajo ellas.

    Graves elogios.
    Izquierda, siglo XII. Derecha,
    Monasterio de San Pedro de Villanueva, del siglo XV. Ónix Cangas. Asturias


    Pero una lauda es algo más que una lápida

    Cuando pensamos en una tumba, solemos imaginar una lápida como las actuales, pero en la Edad Media la función de una lauda iba mucho más allá de señalar dónde descansaba una persona. Vaya por delante que somos conscientes de que no todo el mundo podía costearse una lauda y que no a todo el mundo le importaba tenerla o no.

    Estas grandes losas de piedra cubrían la sepultura y más que para recordar dónde estaba enterrado, servían para mantener viva la memoria del difunto. Lo importante era la memoria, no los restos mortales. En ellas se grababan cruces, escudos de armas, figuras humanas e inscripciones con el nombre o los títulos de quien estaba enterrado. Cada detalle tenía un significado y contaba algo sobre su vida, su familia o su posición social; además, mediante símbolos podía darnos detalles sobre cuál fue su profesión o si murió en el campo de batalla o de muerte natural, por ejemplo.

    En cierto modo, eran una especie de "tarjeta de presentación" que permanecería allí durante generaciones y los orgullosos descendientes del finado las conservarían... siempre y cuando les fuera posible, pues sabida es esa verdad moral universal que nos recuerda ars longa, vita brevis,y el tiempo acaba llevándose los recuerdos. 


    Lauda en bronce de los marqueses de Navas. Siglo XVI
    En ella se informa de que Dª María Enríquez de Córdoba falleció de un cáncer de mama
    ("cancro sub leva mamilla") en 15660. Las Navas del Marqués, Ávila.

    ¿Por qué eran tan importantes?

    Para entender la importancia de estas laudas que estamos tratando, hay que ponerse en la mentalidad de la Edad Media. En esta época, la muerte no se veía como el final, sino como el comienzo de una nueva etapa. Se creía que las oraciones de los vivos podían ayudar al alma del difunto a alcanzar la vida eterna. Por eso era tan importante que las personas recordaran quién estaba enterrado allí. Cada vez que alguien leía una inscripción o reconocía un escudo familiar, podía dedicar una oración por esa persona, y es seguro que la dedicaba.

    Además, las laudas reflejaban el prestigio social. No cualquiera podía permitirse una pieza elaborada por un buen cantero. Cuanto más importante era el personaje, más cuidada y espectacular solía ser la decoración de su enterramiento.

     Lauda de un abad del siglo XII, reaprovechada como sillar en las reformas del siglo XVI.
    Monasterio de Santa
    Cristina de Ribas de Sil. Parada de Sil (Orense).


    Un lugar privilegiado

    Hoy, cuando visitamos en grupos las iglesias románicas, siempre hay alguien que se sorprende de que se hicieran enterramientos dentro de un templo; no es de extrañar porque  durante siglos fue un auténtico privilegio. Otra cosa eran los mecenas que sufragaban el coste de la construcción de un monasterio, o los monjes que lo habitaron.

    Los nobles, los caballeros, los miembros del clero y los grandes benefactores aspiraban a descansar en el interior del templo, del monasterio o de la catedral y, cuanto más cerca del altar estuviera la sepultura, mayor era el prestigio que representaba. Además, como el altar siempre estaba orientado hacia el este, hacia Jerusalén, de donde se pensaba que  vendría Jesucristo el día de la resurrección, ellos serían los primeros en resucitar. Lógica aplastante, fruto de una fe inquebrantable.

    Pero una cosa son los resultados pretendidos y otra muy diferente los que termina imponiendo el paso de los siglos. Durante generaciones, miles de personas transitaron sobre las laudas, borrando con el roce de sus pasos los escudos, los símbolos y las leyendas de sus titulares y sucesores, hasta hacerlos no ya ilegibles, sino prácticamente inidentificables. Puede que por eso a veces nos resulten indiferentes, aparte de que, por supuesto, no conocemos la historia local de la población en la que están.

    Lauda. Igrexa de Santa María. Noia, A Coruña.
    Todas las laudas de esta iglesia tienen algo en común:
     No pone nombres en ninguna, solo signos y símbolos

    Igrexa de Santa María a Nova, Noia, A Coruña
    Museo de laudas gremiales de peregrinos. Ninguna tiene nombres.


    Piedras que cuentan historias

    Aunque muchas resultan irreconocibles por haber perdido casi todos sus detalles, otras conservan inscripciones perfectamente legibles. No obstante, incluso una lauda muy erosionada puede aportar información valiosa. De ellas, los historiadores pueden averiguar cómo vestían o cómo se peinaban las personas de una determinada época, qué armas utilizaban los caballeros, cómo evolucionaron los escudos heráldicos o incluso qué tipos de escritura eran habituales en cada siglo. Una simple inscripción ha revelado en más de una ocasión la existencia de alguien del que no se conserva ningún otro documento y que constituye el eslabón perdido de una genealogía familiar.

    Lauda del colmenareño Benito Pérez, que fue cura de Collado Mediano, Madrid.
    Esta lápida del año 1500 y su testamento son los únicos testimonios documentales conocidos sobre su existencia.
    Basílica de la Asunción de Nuestra Señora, Colmenar Viejo (Madrid)

    El trabajo de los canteros

    Detrás de cada lauda había horas de trabajo artesanal. Los canteros tallaban la piedra utilizando cinceles, punteros, macetas, uñetas y otras herramientas con las que conseguían resultados sorprendentes.

    Muchas de estas piezas estaban decoradas con un nivel de detalle extraordinario y, aunque hoy las vemos del color natural de la piedra, algunas estuvieron pintadas con vivos colores, lo mismo que los capiteles de las columnas. Con el paso del tiempo esa policromía desapareció casi por completo.

    Lauda de Martín Vázquez de Arce, el Doncel de Sigüenza.
    Catedral de Sigüenza, siglo XV

    Un patrimonio que debemos conservar

    Las laudas sepulcrales han sobrevivido a guerras, reformas de edificios, incendios, expolio y siglos de desgaste; no es de extrañar que haya muchas más deterioradas que en perfecto estado.

    Por suerte, en la actualidad existen proyectos que las documentan mediante fotografía de alta resolución, escáneres en tres dimensiones o fotogrametría. Gracias a estas técnicas es posible conservar digitalmente sus relieves y estudiar detalles que el ojo apenas percibe. No sería una locura insinuar que se podría hacer una reproducción exacta de cualquier pieza, ya sea lauda, capitel o pila bautismal, que hiciera pasar un mal rato a más de un experto que tuviera que peritar. Y no solo de las bien conservadas, sino también de muchas de "las otras", ya nos entendemos.

    Pila bautismal susceptible de ser "clonada" por medios modernos, de manera que
    el original quedase en el MAN y la copia en su lugar originario, el antiguo monasterio
    de San Pedro de Villanueva, hoy Parador Nacional de Cangas de Onís, Asturias

    Mirar al suelo… y viajar al pasado

    En conclusión, la próxima vez que visites una iglesia medieval, merece la pena que bajes la vista de vez en cuando. Puede que bajo tus pies haya una lauda sepulcral con cerca de mil  años de historia que no fue puesta ahí solamente para marcar el lugar donde descansa alguien; es una página de un libro o, mejor dicho, es un pequeño libro escrito en piedra que con sus inscripciones y símbolos nos dirá algo de la sociedad medieval, de sus creencias, de sus miedos y de la importancia que concedían a la memoria y a la esperanza de la vida eterna.   

    Después de todo, mientras alguien recuerde un nombre grabado en una piedra, una parte de esa persona sigue viva.



    Antonio García Francisco.

    Madrid, 30 de junio de 2026, festividad de San Ireneo, Doctor Unitatis.