Radioguide

sábado, 30 de mayo de 2026

La Edad Media no era tan sucia como crees. Desmontando otro mito.

           "Suciedad, peste, calles llenas de barro, gente sin bañarse durante años y castillos apestando a humanidad fermentada. La imagen que muchas personas tienen de la Edad Media parece salida de una mezcla entre una película de fantasía oscura y una alcantarilla medieval con presupuesto de Hollywood. Sin embargo, la realidad histórica es bastante más incómoda para nuestros prejuicios: la Edad Media no fue tan sucia como nos han contado. Y eso molesta un poco, porque llevamos siglos escuchando lo contrario."

Recreación de unos baños medievales




Muchos de los mitos sobre la Edad Media —que fue una época oscura, sucia y atrasada, entre otros— son falsos o, al menos, enormemente exagerados. Estos estereotipos comenzaron a difundirse siglos después: primero, durante el Renacimiento, entre los siglos XV y XVI; y más tarde, durante la Ilustración del siglo XVIII. Ambos movimientos necesitaban presentarse como épocas superiores y “modernas”, por lo que retrataron al medievo como un periodo ignorante y decadente. Esa imagen terminó consolidándose en los siglos posteriores y aún hoy sigue muy presente, casi de forma obligatoria, en películas, novelas y videojuegos.

El mensaje era sencillo y eficaz: “Nosotros recuperamos a Grecia y Roma; los medievales se limitaron a vivir entre supersticiones y suciedad”. Y, claro, cuanto peor pareciera la Edad Media, más brillante parecía el Renacimiento. La Ilustración remató la jugada y convirtió el medievo en el ejemplo perfecto de todo lo que debía superarse. El resultado fue una especie de leyenda negra histórica que todavía sobrevive. Lo curioso es que muchos de aquellos renacentistas y modernos que miraban por encima del hombro a la Edad Media, tampoco vivían precisamente en ciudades limpias y perfumadas. De hecho, algunas cortes europeas de los siglos XVI y XVII olían probablemente bastante peor que muchas ciudades medievales.

Sin embargo, la Edad Media —que abarca aproximadamente mil años, desde la caída del Imperio romano de Occidente en el año 476 hasta finales del siglo XV, en el caso español suele tomarse como referencia el descubrimiento de América en 1492— fue una época mucho más dinámica de lo que suele pensarse. Lejos de constituir un largo paréntesis de decadencia, el medievo conoció etapas de prosperidad, importantes avances técnicos y culturales, así como una vida cotidiana mucho más rica y compleja de lo que sugieren los tópicos tradicionales.


Jakob von Warte en el baño atendido por damas. Siglo XIV
Obsérvese el detalle de las flores presentes tanto en su cuerpo como en el agua.


El jabón forma parte de nuestra vida diaria hasta el punto de que pocas veces nos detenemos a pensar en su historia. Sin embargo, acompaña a la humanidad desde hace miles de años. No está del todo claro si fue un invento consciente, el resultado de un descubrimiento accidental o simplemente una casualidad que terminó cambiando la vida cotidiana. Lo que sí sabemos es que en Mesopotamia, alrededor del año 2800 a. C., ya se elaboraba una sustancia a partir de grasas animales y cenizas con propiedades limpiadoras. Son los primeros jabones que, según investigaciones actuales, se utilizaban principalmente para limpiar tejidos y utensilios. A partir de ahí, distintas civilizaciones fueron perfeccionando la fórmula. Los egipcios incorporaron aceites vegetales a sus preparaciones, mientras que los romanos, siempre metódicos y prácticos, mejoraron los procesos de producción y adoptaron el jabón para la higiene personal, extendiendo su uso por todo el Imperio.

Con la caída de Roma, el uso del jabón decayó en Europa durante siglos. Es cierto que, tras la caída del Imperio muchas infraestructuras urbanas se deterioraron. Mantener acueductos, termas y alcantarillados requería una organización política y económica que desapareció en numerosos territorios europeos. Pero una cosa es el deterioro de ciertos servicios públicos y otra muy distinta pensar que la gente medieval renunció por completo a las costumbres que practicaba, y mucho menos a la higiene.

Lo cierto es que el jabón vivió un importante resurgimiento durante la Edad Media gracias al mundo islámico. Entre los siglos VIII y XII, los alquimistas árabes perfeccionaron la fabricación de jabones sólidos mediante la sencilla combinación de agua, aceite vegetal y una forma primitiva de sosa cáustica, un descubrimiento suyo obtenido a partir del tratamiento de plantas halófitas que crecían —y crecen— en zonas desérticas o salinas. Ciudades como Alepo o Damasco se hicieron famosas por sus jabones, y estos conocimientos terminaron llegando a Europa occidental a través del comercio mediterráneo. Un auténtico oficio artesano que desapareció cuando, en el siglo XIX, se descubrió la síntesis de la sosa cáustica en laboratorio y comenzó la producción industrial de la misma. Y claro, hoy hay tantas variedades de jabón como necesidades tenemos.



Pero volvamos a la cuestión inicial: saber si el jabón era conocido y, sobre todo, utilizado en la Edad Media. Como suele ocurrir, nos hemos desviado del tema, pero la respuesta a ambas preguntas es afirmativa.

Llamada al orden, señorías: el asunto que nos ocupa es la higiene en la Edad Media.

Decir que la gente era sucia en la Edad Media es una exageración. Es cierto que el conocimiento sobre la higiene estaba muy lejos del actual y que no existía una comprensión científica de su relación con la salud. Sin embargo, eso no significa que las personas descuidaran por completo su aseo. Sabemos, por ejemplo, que era habitual lavarse las manos antes de las comidas. Buena prueba de ello son las fuentes que aún se conservan en muchos monasterios, situadas frente a los refectorios precisamente para facilitar esa limpieza previa. También existían pilas destinadas al lavado de los pies de los monjes en los días establecidos por la regla. Además, la documentación medieval muestra que se utilizaban toallas y que estas debían cambiarse regularmente, en algunos monasterios al menos dos veces por semana.

Tampoco desapareció la costumbre del baño heredada del mundo romano: hasta nosotros han llegado representaciones de baños comunales que demuestran que esa práctica seguía existiendo. 

Xilografía que representa un baño curativo


La paradoja estaba servida.

El Renacimiento necesitaba construirse a sí mismo como una “vuelta a la luz”. Para los humanistas renacentistas, ellos estaban recuperando la cultura clásica del Imperio romano de Occidente y de la Grecia antigua después de siglos que consideraban decadentes. De ahí viene, de hecho, el término “Edad Media”: una etapa “intermedia” entre la Antigüedad clásica y su propio presente.

Eso no significa que inventaran de la nada la idea de una época atrasada, pero sí que exageraron muchos aspectos para marcar contraste. Era una forma de propaganda cultural: “nosotros somos quienes devolvemos la razón, el arte, la ciencia y la civilización”. Cuanto peor pareciera el periodo anterior, más brillante parecía el suyo.

Pero se les coló el asunto de la suciedad. Las ciudades seguían teniendo muchos de los mismos problemas sanitarios; de hecho, en casi toda Europa seguían siendo las mismas ciudades con sus calles estrechas, animales circulando y defecando por ellas, basura por la vía pública, epidemias recurrentes… Y además apareció un concepto nuevo: la desconfianza hacia los baños públicos, porque se creía que podían favorecer enfermedades como la peste negra del siglo XIV. Muchos autores renacentistas simplificaron un contexto de mil años solamente para reforzar la idea de que ellos representaban una época “superior”.

El problema fue que no supieron ver que la realidad histórica que les tocó vivir era bastante más compleja de lo que estaban dispuestos a admitir. En la Edad Media surgieron universidades, nacieron nuevas técnicas agrícolas, existían normas de higiene, baños, lavanderías, sistemas de abastecimiento de agua urbana e incluso tratados médicos sobre limpieza corporal. Y, paradójicamente, en algunos momentos de la Edad Moderna la gente se bañaba menos que en determinados periodos medievales.

No obstante, tampoco conviene caer en el extremo contrario y convertir la higiene medieval en una maravilla adelantada a su tiempo. La Edad Media no fue un paraíso higiénico, pero tampoco un mundo de suciedad permanente y personas cubiertas de mugre, como muchas veces nos hacen o nos quieren hacer imaginar hoy los seguidores del tópico. La higiene existía, aunque se entendía de manera diferente a la actual y dependía mucho de las posibilidades económicas, la región y el momento histórico. Además, cada uno de los diez siglos que duró la Edad Media tenía sus costumbres, sus límites y su propia manera de entender la salud y la limpieza.

Y, como dice el refrán, cada cosa a su tiempo y los nabos en Adviento: no, un campesino del siglo XIII no olía a rosas silvestres ni a perfume francés, pero tampoco iba dejando una nube tóxica detrás de él. Lavarse las manos antes de comer era habitual, especialmente entre las clases altas y en ambientes religiosos como ya hemos visto en los monasterios. 

No, guarros no eran.

Los baños públicos heredados del mundo romano siguieron existiendo en numerosas ciudades medievales. En algunos lugares eran muy populares y funcionaban casi como espacios sociales. Había personas que acudían a bañarse, relajarse, conversar o recibir tratamientos corporales. Algunas ciudades alemanas y francesas llegaron a tener auténticas casas de baños muy frecuentadas.

También existía cierta preocupación por la ropa limpia. Aunque las prendas exteriores podían reutilizarse durante bastante tiempo, la ropa interior de lino se cambiaba y lavaba con frecuencia porque absorbía el sudor y la suciedad corporal. Los perfumes, aceites y hierbas aromáticas tampoco eran extraños.

Por supuesto, la higiene dependía mucho de la posición social. Un noble podía permitirse bañeras privadas, criados y tejidos limpios; un campesino pobre bastante tenía con sobrevivir al invierno y se bañaba cuando podía, generalmente en el buen tiempo y con agua fría. Pero eso no es exclusivo de la Edad Media. Basta comparar hoy un ático de lujo en una zona residencial con una chabola en un asentamiento marginal para entender que las diferencias sociales siempre influyen en el nivel de higiene. 


En Castilla, los baños se asignaban a hombres en
determinados días de la semana y a mujeres en otros.
Los viernes y domingos eran días reservados para los judíos. 

Entonces, ¿de dónde vino realmente el mito de la suciedad en el Renacimiento?

La respuesta corta es: de las epidemias y del miedo.

La peste negra del siglo XIV marcó profundamente la mentalidad europea. La enfermedad mató a millones de personas y nadie entendía realmente cómo se propagaba. Como suele ocurrir en tiempos de crisis, aparecieron teorías absurdas que pretendían explicarlo todo.

Algunos médicos comenzaron a desconfiar de los baños públicos porque creían que el agua caliente abría los poros y facilitaba la entrada de enfermedades en el cuerpo. Además, ciertos baños terminaron asociados a la prostitución y a ambientes considerados inmorales. Poco a poco, en algunas regiones europeas empezó a extenderse cierta desconfianza hacia el baño frecuente.

Y aquí aparece una de las grandes ironías de la historia: hubo épocas posteriores, ya en plena Edad Moderna, en las que parte de la población europea se bañaba menos que la población medieval. En la corte francesa, por ejemplo, el perfume llegó a convertirse en una herramienta importante para disimular olores corporales. ¿Y la costumbre de que las novias lleven un ramo de flores? Exacto… aunque quizá también estemos ante otro mito. No, aquello no era exactamente el triunfo definitivo de la higiene moderna.

Pero eso no convierte automáticamente a toda una civilización en un conjunto de personas sucias e ignorantes. Resulta paradójico que uno de los argumentos más utilizados posteriormente para afirmar que los medievales no se bañaban sea, precisamente, la existencia de numerosas disposiciones destinadas a controlar los baños. Si las autoridades sentían la necesidad de regularlos, parece razonable pensar que era porque estos establecimientos formaban parte habitual de la vida urbana.

La Edad Media no fue ni una pocilga ni un balneario de lujo; simplemente fue un periodo inmenso y diverso. Hubo momentos de crisis y otros de prosperidad; ciudades miserables y ciudades sorprendentemente organizadas; nobles obsesionados con su apariencia y campesinos agotados por la supervivencia diaria, lo mismo que en las épocas anteriores y posteriores. Reducir mil años de historia europea a un estereotipo mugriento es, además de injusto, históricamente incorrecto. Pero parte del clero y algunas autoridades eclesiásticas recelaron y se tomaron la atribución de regular los baños a través de la condena moral. La última medida que se tomó contra estos fue su disolución: a principios del siglo XV se prohibieron totalmente en Londres, y desde entonces fueron clausurados progresivamente entre finales de la Edad Media y comienzos de la Moderna, precisamente cuando Europa padecía los efectos de la peste y proliferaban explicaciones erróneas sobre su origen, entre ellas las acusaciones contra las comunidades judías.

Nada que añadir, señoría. Quizá el verdadero problema no sea cómo olía la Edad Media, sino cuánto seguimos oliendo hoy a prejuicio histórico y cuánto lastre cultural arrastramos todavía: como suele ocurrir, los tópicos simples sobreviven mucho mejor que las explicaciones complejas.



Antonio García Francisco

Madrid, día de San Fernando de 2026




No hay comentarios:

Publicar un comentario