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domingo, 4 de septiembre de 2022

El hombre verde. Que no lo veas no significa que no esté ahí.


Hombre verde en el alero del monasterio benedictino de San Pedro de Villanueva


Jamás había oído hablar de este personaje hasta que en el año 2014 visité la catedral de San Patricio en Dublín (Siglo XIII con grandes modificaciones).

Allí íbamos el grupo de españolitos jubilados y prejubilados detrás de un guía que nos repetía una y otra vez que al final veríamos al green man, el “griin-man” decía machaconamente, “el hombre verde para que ustedes me entiendan”. Pensaba que iba a ver algo del otro mundo, lo nunca visto, la bicácara, la caraba esculpida por unas manos anónimas de hacía novecientos años. Imaginaba que sería un leprechaun con sombrero verde de copa y todo, guardando su tesoro, aunque un compañero de viaje más escéptico me iba repitiendo que al final sería la cabra Micaela subida a la escalera

Llegó el ansiado momento y visiblemente emocionado, incluso engolando la voz, nos anunció ¡allí está! mientras señalaba a un rincón oscuro. Cuando logré vislumbrarlo solté la desilusionante expresión tan colmenareña de “¡Arrea, si era esto!” Mi decepción fue demoledora. Allí había un mascarón representando el rostro de un hombre al que le salían de la boca unas ramas de árbol o arbusto, figura a la que un servidor siempre había tenido por la representación de un hombre que habla bondades, que predica virtudes, que dice verdades, en contraposición del que le salen serpientes en señal de que está mintiendo, propalando herejías o, incluso, blasfemando. Sí, era una figura que también había visto en España donde no le dábamos tanto bombo, era una figura más de las que solemos encontrarnos por el románico patrio. Mi incultura era y sigue siendo grande, pero lo cierto es que me desilusioné cuando vi al “griin-man”, así, remarcando mucho las dos íes. Y como gran sorpresa, el buen señor nos enseñó otro que había más oculto aún. Bravo por él. Nos premiaba por haber sido tan pacientes esperando tan "emocionante" momento.

Green-man en la catedral de San Patricio, Dublín

Green-man en la catedral de San Patricio, Dublín


Pero si hoy estamos ante esta figura es porque el green man británico, le feuillot francés (el hojarasco o algo así), el blattqesicht alemán (cara de hoja), o e el hombre verde o el hombre primavera español, también está en nuestro monasterio benedictino de San Pedro de Villanueva. Ahí está como olvidado, escondido, humilde, agazapado en su rinconcito, viendo pasar los nueve siglos que han transcurrido desde que el tallista le dio forma para que transmitiese su mensaje a quien lo supiera entender y recibir. Y, sobre todo, sin tantas alharacas ni dindolondangos como el guía dublinés.

Hombre verde en San Pedro de Villanueva

Hombre verde en San Pedro de Vilanueva

Pero comencemos por el principio, a ver si somos capaces de ir en línea recta hasta el final aunque solo sea por una vez y sin que sirva de precedente.

El que ahora reconozco como hombre verde, pues antes no le daba ningún nombre, es una figura que viene de mucho antes de los siglos medievales. Parece ser que se trata de un personaje ya venerado como dios por los celtas, el cual pasó, ¡cómo no!, al panteón romano y de estas dos fuentes probablemente llegó a nuestra Edad Media, tan rica en simbología que absorbía de cualquier cultura al alcance. 

Para acotar un poco la cosa, aunque una imagen vale por mil palabras, diremos que los hombres verdes vienen a ser unas veces una máscara generalmente humana rodeada de hojas y ramas; otras, una cara humanoide de cuya boca salen ramas frondosas que a veces dan la vuelta y le entran por las orejas; en algunas ocasiones distintas podemos encontrarnos con un montón de hojas en cuyo centro se aprecian unos rasgos humanos. En fin, el denominador común es que hay algo parecido a una cara con la boca entreabierta de la cual salen ramas, hojas o ambas cosas a la vez.

Hombre verde en la portada Sur de Nuestra de Ntra. Sra. de Lugás,
Villaviciosa, Asturias



A pesar de ser una figura generalizada, quisiera centrarme un poco en el nuestro, el del monasterio benedictino de San Pedro de Villanueva.

Tal y como corresponde a todo hombre verde que se precie, y como hemos dicho anteriormente, está ahí agazapado, semioculto pero bien visible en su capitel de columna de fuste desaparecido tiempo ha, con su flequillo rizado y cara apacible, vomitando ramas terminadas en grandes hojas y representando como si fuera un embajador, a los dioses de la mitología celta que se extiende desde el arco atlántico hacia el centro de la península, como tantos otros símbolos gallegos y astures que emigraron hacia las tierras de repoblación en las riberas del río Duero. 

Hombre verde en laportada oeste de la igesia de
San Esteban de los caballeros. Aramil, Asturias.

Y es que el hombre verde era una deidad relacionada con el ciclo de la constante renovación de la vida, un hecho prodigioso que contemplamos tan asiduamente en los bosques que apenas reparamos en su presencia, lo mismo que en la de esta divinidad ancestral fotografiada en piedra en tantos sitios. Se asegura que es “una mezcla de arte celta y anglosajón” , sobre todo por autores anglosajones (¡cómo no!, los británicos también tienen su chauvinismo y lo suyo es lo mejor), pero tenemos un problema con la cronología histórica: los anglosajones hacen acto de presencia en la Historia de Gran Bretaña en el siglo V d.C., mientras que de los celtas ya nos daba noticia Heródoto en el siglo V a.C., diciendo que eran un pueblo originario de la península de Anatolia, el cual migró hacia el este (Europa) y hacia el oeste (India), dándose la circunstancia de que ya dejaron muestras de hombres verdes en Irán y Turquía ochocientos años antes de que aparecieran los anglosajones en el escenario. 

Para centrarnos un poco, podemos decir que los celtas lo relacionaban con el dios Cernunnos, si es que no se trataba de la misma entidad. Comparte rasgos con el dios griego Dionisos y, posteriormente, con el dios Baco romano, el cual suele aparecer representado como un rostro creado a partir de hojas de parra. Otro personaje con el que comparte su representación iconográfica es Silvano, dios romano de la naturaleza virgen. El salto al arte medieval pudo haber sido el mismo o similar al que dieron tantas otras criaturas mitológicas: basiliscos, sirenas, erinias, arpías, sagitarios, anfisbenas… O pudo ser un gol que les metieran por la escuadra los maestros a los abades y comitentes, aunque poco probable debido al lugar aislado en que nos encontramos donde las creencias paganas perduraron mucho más que en otros sitios y cristianizarlas era importante.

Hombre verde hallado en Hatra, Iraq. Siglo III a.C


Ya identificado, podríamos pasar a fijar definitivamente su simbología. Como dijimos al principio, siempre lo identifiqué como un ser de cuya boca salen prédicas bondadosas, exaltación de virtudes, verdades y alabanzas a Dios, pero claro, como en esta vida nunca se acaba de aprender, hoy reconozco que estamos ante un símbolo polisémico del cual conocemos el origen, pero quizás ignoramos la finalidad que se le quiso dar en los siglos del románico. 

En origen era un símbolo de fertilidad: la renovación constante de la vida, y por eso no debería extrañarnos encontrarlo en zonas boscosas donde los celtas probablemente lo veneraron como protector de sus árboles sagrados.

Mas hete aquí que en un momento indeterminado, la adoptan etruscos y romanos y la utilizan como elementos apotropaicos por invocación a algunos de sus dioses (ya hemos hablado de lo que son estos elementos, para abreviar vamos a recordar que son amuletos) y cuando pasan a la Edad Media, los asuntos paganos son revestidos de un significado cristiano, que puede ser el mismo que venían cargando o todo lo contrario, porque como sabemos, hay tantas interpretaciones como intérpretes, ya hemos visto cómo cambian los significados con el paso de los siglos y los intereses de la sociedad. En este sentido, autores hay que afirman que, al menos algunas veces, los tallos que brotan de la boca de esta máscara están relacionados con los dos árboles del Paraíso, uno bueno y otro malo. Este último tiene que ver con Eva y la tentación y, por lo tanto, lleva a la muerte espiritual y física, pero por otro lado, la vida sigue a pesar de todo, lo cual sería representado por la rama opuesta.

En este sentido nos viene como anillo al dedo el hombre verde esculpido en la Puerta de Platerías de Santiago de Compostela. Un ángel agita un incensario en el cual está nuestro personaje esculpido, dato curioso porque precisamente están sobre el árbol del conocimiento del bien y del mal. Estaban avisados de que morirían, pero su descendencia siguió adelante.

Hombre verde en el incensario. Pueerta de Platerías, catedral de Santiago de Compostela

Detalle. 


La autora Dª María de los Ángeles de las Heras expone que:

“La Madre Tierra, cuna y tumba del hombre en casi todas las antropogonías antiguas, solía representarse como una máscara de cuya boca brotaba el tallo vital, tallo que después retornaba a ella. La máscara telúrica es uno de esos elementos no cristianos que aflora en la simbología románica”

María de los Ángeles de las Heras y Núñez, Cuadernos de Arte e Iconografía, Tomo 2, Nº 3, págs. 87-91


Sea como sea, hoy se interpreta:

a)  como símbolo de lujuria, concepto este que, hasta el momento presente, quien escribe estas líneas no entiende y por eso no va a entrar en detalles;

b)  como símbolo de fertilidad, lo cual más o menos es lo que creemos que sería su significado original, en este punto estarían relacionados con el ciclo de la naturaleza, con el renacer de la primavera y la vida;

c)  como símbolo demoníaco, pues es demasiado fácil asociar un rostro raro con el Maligno; incluso hay quien lo relaciona con el Baphomet templario.

d)  como símbolo apotropaico que va a impedir que lo malo entre en el templo si se le coloca en el exterior, y que lo bueno salga si se le coloca en el interior, de manera y modo que serviría para alejar el mal y congraciarse con la divinidad y la buena fortuna. También como garantía de buenas cosechas y de fertilidad; y

e)  como símbolo de predicación correcta de virtudes y alabanzas a Dios cuando es una cara más o menos humana (ver el green-man irlandés del principio) y en contraposición con la del personaje al que le salen serpientes por la boca.

No podemos dejar pasar por alto la opinión de D. David de la Garma Ramírez, quien apunta una nueva posibilidad en el sentido de que:

“Puesto que su sentido original era el de renacer de la vida, podría existir un paralelismo con el renacer -la conversión y la muerte iniciática- a la vida del Espíritu que proclama Cristo en su conversión con Nicodemo en el Evangelio de Juan […] También, San Pablo alude a este concepto en su carta a los Efesios…

David de la Garma, Introducción a los Símbolos, noviembre 2020, pág. 274

Bien, pues en esta misma línea tenemos la pila bautismal

de la iglesia del Hospital de Quiroga, Lugo, de la Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, presenta una espectacular imagen de un dios dador de vida, que se identifica, como pocas imágenes de esta figura, conocida hoy como green man en toda Europa, con el dios celta Cernunnos.

 […] hay una identificación del dios con la vida vegetal y con la vida animal. Es un dios regenerador del bosque primigenio.

[…] Y así como el sol muere y resucita todos los días, o declina en invierno y renace en primavera, la vida también vuelve después de la muerte invernal. Cernunnos no deja de ser un avatar, el tercer paso del sol, del gran y único dios celta: el avatar de la vuelta a la vida después de la muerte, [...]”

Anuario Brigantino 2009, Nº 32, por Alfredo Erias Martínez, director del Anuario Brigantino, del Museo das Mariñas, archivero bibliotecario municipal de Betanzos y coordinador general de Restauro: revista internacional del Patrimonio Histórico.

La pila bautismal es el punto exacto La pila bautismal es el punto exacto del renacer del bautizado a su nueva vida, tras haber sido despojado del Pecado Original que le lastraba desde el nacimiento. El hombre verde/Cernunnos está actuando a modo de un dios Janos abriendo el portal a una vida nueva. Una simbología muy adecuada en un sitio muy adecuado, y otro gol por la escuadra. 





Los hombres verdes continuaron siendo representados en el Gótico, Renacimiento y Barroco, aunque cada vez un poco más despojados de su posible simbología, sólo como elemento decorativo y que resulta relativamente frecuente en grutescos y como ornamentación heráldica, fuentes, buzones… El significado del símbolo se perdió y quedó en el olvido como tantas y tantas cosas.

Hombre verde en la portada de la iglesia de San Fructuoso, Colmenares de Ojeda, Palencia
Período gótico. De su boca salen tallos de vid con uvas, fruto de vida eterna


Hombre verde en el escudo heráldico de la casa de Arizón
Sanlúcar de Barrameda, Cádiz. Siglo XVII


Hombre verde en el llamador de una puerta, siglo XX


Para concluir, probablemente lo más adecuado sería, sobre todo en el monasterio de San Pedro de Villanueva, sería mantenernos en las ideas paganas que hablan de la fertilidad, de las fuerzas renovadoras de la naturaleza y el diario renacer del Sol vivificante y el anual de la primavera, los cuales los artífices medievales supieron tomar como inspiración para ornamentación que lanzara un mensaje desde sus capiteles a quienes los contemplaran. A fin de cuentas, no es solo el hombre verde el que desde el alero de San Pedro de Villanueva nos lleva por ese camino de pensamiento, sino también el enclave del mismo en un paraje privilegiado por la Naturaleza en el siglo XII y también hoy. 



Antonio García Francisco.

Colmenar Viejo, septiembre de 2022






 




















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