Radioguide

martes, 3 de marzo de 2026

EL AGUA QUE NOS HABLA. LOS RIOS Y LA CULTURA DEL AGUA EN LA EDAD MEDIA





En una época con una religiosidad tan extendida, donde las normas y lo dogmas se regían por la estricta palabra de Dios, el agua se consideraba como el medio de purificación a través del bautismo, así como el mandato bíblico que representa la muerte del pecado y la resurrección de Jesucristo. A su vez las ordalías eran en ocasiones realizadas en la creencia de que, si el reo podía sacar un objeto de un recipiente lleno de agua hirviendo sin recibir quemadura alguna, se le consideraba inocente. Encarnaba la purificación, desde las pilas en las entradas de centros religiosos hasta el propio diluvio,era y es elemento clave de la vida.

Para los egipcios era HAPI, la deidad de las inundaciones y Sobek el dios del Nilo y la fertilidad, para los Incas Mamacocha, para el pueblo Yoruba, Yemayá, para los japoneses Watatsumi, el dios dragón de los mares y mareas y para los celtas coventina, diosa de los manantiales y el agua.

Nuestra tierrina, muy celta ella, no está exenta de rituales que tenía el líquido elemento como protagonista; en la noche de San Juan, celebrada de tiempos anteriores al cristianismo, el agua, junto al fuego, son los protagonistas de esta fiesta pagana; pasar el agua donde una curandera utilizaba el agua de una fuente a menudo pasándolo por el asta de un ciervo mientras reza para quitar el mal gueyu; el agua de Alicor, agua conjurada cargada de poder para quitar la agüeyadura, teniendo que tomar un trago en ayunas durante 9 días; así como el culto a las fuentes, donde se asociaba con la limpieza de espíritu, renovación y salud. Y sin ir tan lejos, aquí en Cuadonga, la fuente de los 7 caños donde la tradición reza “La Virgen de Covadonga tiene una fuente muy clara, la niña que de ella bebe dentro del año se casa”



Lo peor de todo amigos de radio Cangas, es que, con el paso de los siglos, este animal racional en lo que nos convertimos, olvidó de su importancia y llenamos sus arterias con nuestra falta de respeto y en algunos casos convertimos esa irrigación en muerte, desdeñando que a ella debemos nuestra vida.

Este viernes todo un experto seguro que utilizará hasta la última gota en un esfuerzo por hablarnos de ella, pero hoy le conoceremos un poco permítanme presentarles a Iván Muñiz López, doctor cum laude en Historia, escritor y arqueólogo.

Las palabras que levantaban iglesias.

    

                      El alba apenas ilumina los campos que rodean la población cuando el maestro de obras atraviesa el barro del prado. A su alrededor, los aprendices ya desbrozan de maleza la explanada; los canteros comprueban el filo de sus herramientas, dispuestos a tallar sillares los unos, figuras los otros,… cada cual en su especialidad; un carpintero revisa las cuerdas y tablones del futuro andamio; los fámulos acarrean lo necesario para amasar mortero,  los carreteros han uncido los bueyes al yugo de los carros. El templo aún no existe, pero todos pueden verlo en su mente.

        Antes de que suene el primer golpe de cincel, el maestro habla con el oficial. Su presupuesto ha sido aceptado y ha empeñado su palabra ante la comitente para llevar a cabo la construcción del templo del que hablaron hace semanas.


Comitente y maestro se ponen de acuerdo

No levanta la voz, pero cada palabra importa. Indica dónde irá la bóveda, cómo deberá apoyarse el arco, qué grosor tendrá el muro que sostendrá el peso de la torre. No puede permitirse dudas. En una época sin apenas planos impresos ni cálculos digitales, el edificio depende de algo invisible: que todos entiendan exactamente lo mismo. A lo sumo, un dibujo trazado en la tierra, en una tablilla cubierta de estuco o, en ocasiones, en un pergamino, sirve de plano y guía. Y cuando no lo hay, incluso se graba con un puntero un plano en un sillar.

        Si el maestro dice arco formalete, no puede haber confusión con otro tipo de arco. Si habla de un contrafuerte, todos tienen que saber que no es un simple adorno, sino el apoyo que evitará que los muros cedan. Un error no significa solo rehacer una piedra: puede significar que la estructura se agriete o que se venga abajo junto con la reputación del maestro. Las palabras en aquel tiempo eran herramientas tan valiosas como el martillo, la escuadra o la plomada. Palabras que encierran geometría, física, aritmética, filosofía, mitología y conocimientos antiguos celosamente conservados durante generaciones.

Maestro y oficial estudian los planos mientras trabajan los canteros

    Los aprendices, gente más cercana al oficial, observan desde la distancia. Intentan captar fragmentos de la conversación, aprender de manera furtiva. Repiten en silencio los términos que alcanzan a oír, aunque todavía no comprendan su valor, pero tratan de memorizar lo poco que captan. Saben que deberán esperar: solo cuando sean admitidos como oficiales podrán penetrar plenamente en el sentido de ese lenguaje.

       Son los oficiales, precisamente, quienes escuchan en las obras al maestro con mayor concentración. Sobre ellos recaerá la responsabilidad de convertir en piedra cada indicación recibida para que el prestigio de su maestro continúe en auge. Cada término encierra una lección transmitida durante generaciones, y ellos serán sus custodios hasta alcanzar, algún día, la dignidad de maestro. No es un lenguaje para impresionar; es un lenguaje para no errar. En él se condensa una tradición oral que termina fijándose en la materia: proporciones, orientaciones, soluciones aprendidas o improvisadas sobre la marcha que quedarán inmortalizadas en los muros del templo.

    A medida que la obra crece en tamaño y ambición, también lo hace la organización del trabajo. En los pequeños templos, la cuadrilla puede bastarse a sí misma con sus recursos y contar con peones contratados en el lugar; pero cuando la construcción aspira a mayor altura y complejidad, se requieren más manos y una jerarquía más definida. El maestro constructor sigue siendo la autoridad suprema, semejante a lo que hoy sería un arquitecto. Bajo su dirección trabajan el oficial y, en las obras de mayor envergadura, uno o varios capataces.

    El oficial se ocupa de los aspectos prácticos: calcula el número de hombres necesarios, prevé el material para cada fase, distribuye el tiempo de ejecución y resuelve imprevistos sobre la marcha. Los capataces vigilan el desarrollo cotidiano de la obra y responden ante el oficial por cualquier fallo. La responsabilidad desciende en cadena, pero siempre retorna a quienes han recibido directamente la palabra del maestro.

    Cada categoría laboral tiene su cometido. Los peones cortan y colocan la piedra; los canteros tallan la más blanda, destinada a portadas y ventanas. Los entalladores trabajan materiales más duros, como el mármol o el alabastro, y labran los elementos ornamentales, actuando como escultores del edificio. A menudo realizan su labor en la logia, resguardados de la intemperie y cerca de la obra; otras veces, para ahorrar tiempo y transporte, trabajan en la propia cantera, dejando para el final los últimos detalles.

    Con el paso de las semanas, los muros comienzan a elevarse. La piedra encaja con precisión casi milagrosa. Desde fuera, parece solo esfuerzo físico; en realidad, es el resultado de una coordinación exacta. Oficial, capataz, canteros, tallistas, carreteros, leñadores, caleros, carpinteros, herreros, fundidores de campanas si llegara el caso y obreros sin calificación trabajan como si compartieran una misma mente. Y, en cierto modo, la comparten: es el lenguaje común que los une, son los conceptos que encierran las palabras que dirigió el maestro al oficial.

Consagración del edificio

    Años después, cuando el templo o tal vez la catedral se alce sobre la población o la ciudad, pocos recordarán aquellas conversaciones al amanecer. Admirarán las estatuas, las torres, la altura imposible de la bóveda. Pero todo comenzó mucho antes: en las instrucciones precisas, en el entendimiento compartido, en los conocimientos transmitidos mediante las palabras bien elegidas que encierran sabiduría al alcance de muy pocos.

Los fieles admiran el edificio acabado

    Porque en la Edad Media las construcciones no se sostenían solo sobre piedra y madera. También se sostenían sobre la solidez de un lenguaje transmitido de maestro a discípulo, guardado con celo y destinado únicamente a quienes debían escucharlo.


Antonio García Francisco.

3 de marzo de 2026, 

Celebración de San Emeterio de Calahorra.