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lunes, 6 de mayo de 2024

Mensajes en el alero de la iglesia del monasterio de San Pedro de Villanueva (I)

 

Al analizar un poco más profundamente que la simple contemplación el alero del monasterio de San Pedro de Villanueva, descubrimos que encierra al menos tres líneas muy diferentes en lo que a mensajes y personajes esculpidos se refiere.

Tres líneas, tres guiones o grupos de personajes, y una información inesperada. Una línea la podríamos denominar como mitológica; otra, popular y una tercera la encasillaríamos como moralista. Y de regalo, una curiosa información sobre algunos personajes relacionados con el monasterio, la cual pasa desapercibida hoy en día y quizás lo haya pasado durante siglos.


Dibujo recreando el ábside del monasterio de San Pedro de Villanueva


A esta conclusión se llegó tras el estudio que se decidió realizar en abril de 2022, cuando D. Ignacio Bosch, director del Parador Nacional de Cangas de Onís, propuso al final de una charla sobre simbología románica en la que un servidor tuvo el honor de ser el ponente, la posibilidad de dar una interpretación lógica a todas las figuras esculpidas en el monasterio. Dicho y hecho. En 2023 ya pudimos hablar convincentemente, en otra conferencia llevada a cabo en el mismo lugar, acerca de las esculturas del exterior del ábside de la iglesia monacal y la ventana del mismo.

La intención de esta entrada es dar a conocer el resultado de los trabajos interminables para llegar a buen puerto con esta empresa: fotografiar desde todos los ángulos posibles, analizar una y mil veces las fotografías obtenidas, nuevos viajes para volver a comprobar in situ, consultas en la Biblioteca Nacional, en la Hemeroteca, en el Archivo Histórico Nacional y, sobre todo y más fructíferas, a asturianos conocedores de su Historia y Mitología que fueron quienes de alguna manera más ayudaron en los casos más difíciles.

Antes de empezar con las tres líneas simbólicas, es imprescindible hablar de tres personajes importantísimos en la construcción del monasterio.

No, no teman, no les voy a inundar con nombres y fechas. No es mi estilo, entre otras cosas, porque tengo memoria de pez para ambas cosas, soy incapaz de acumular ese tipo de datos.

A poco que nos fijemos, podremos observar la existencia de dos rasgos comunes en las figuras esculpidas: todos los personajes nos brindan unos ojos saltones, casi redondos, como si fueran huevos, y algunos de ellos, además, unos labios gruesos, como los belfos de un caballo. ¿Por qué? Los de los hocicos prominentes son hombres ocupados en actividades de trabajo manual relacionadas con el monasterio, mientras que en los otros claramente se nota que son monjes en actitudes piadosas o personas sin relación. El magíster está estableciendo distinciones entre legos y monjes, caras vulgares y caras de rasgos más nobles. Es su estilo propio.


Un pescador y un labrador. Ver los grandes labios y el arco bajo
 el que se encuentran que indica que son criados o legos al servicio del monasterio.


Un tullido apoyado en la muleta. 
La palmeta del fondo nos indica que está en el mundo exterior al monasterio


     ¿Y quién sería ese magíster? ¡Vaya usted a saber!, Es lo primero que nos diría cualquiera que nos estuviera hablando del monasterio…

     Pues eso es lo que acabamos de descubrir: quién fue ese magíster.

Retrato de Sancius, nombre imaginario, posiblemente el maestro de San Pedro de Villanueva



    Resulta que hay un canecillo en el absidiolo del lado de la epístola en el que podemos contemplar a un hombrecito con algo extraño en las manos. Tiene crespina en la cabeza, detalle que, unido al hábito talar (que llega hasta los talones), nos revela que probablemente es un monje. Este hombre tiene abundante barba, símbolo de que es hombre experto y probablemente sabio o, como mínimo, de gran carácter. Su posición es la de sentado, señal de que ha acabado un trabajo y está descansando. Y tiene en las manos algo que, bien pensado, no es tan extraño como parecía en la primera impresión: es una filacteria. 

    Pero, ¿qué es eso? ¿Inventando palabras? No, por supuesto que no. Una filacteria es una banda de piedra, de obra o de madera, generalmente imitando un pergamino, con algo escrito, que suele ser leyendas o rótulos identificativos de quien lo porta, entendiendo por leyenda “un grabado que acompaña a algo, generalmente a una imagen para complementarla o explicarla”, según la RAE.

Catedral de Santiago de Compostela.
La filacteria nos informa de que el personaje retratado es el Apóstol Santiago.


Lonja de Palma de Mallorca, S. XV
La filacteria nos informa de que el personaje retratado es el "Defensor de la Mercadería"



Nuestro modesto y cansado personaje con crespina, ojos saltones y hábito talar, nos muestra su filacteria con un humilde mensaje que le va a identificar: su marca de cantero.

 No necesita más, con eso será reconocido en su tiempo y se sabrá en tiempos venideros que Sancius, o Sanxo, o Suavi, o tal vez Saurino, quizás Sança o simplemente Sanç, fue el escultor del alero de San Pedro de Villanueva. ¡Bravo por ti, pasaste a la posteridad con tu modesto me fecit!

Monasterio de San Pedro de Villanueva.
La filacteria nos informa de que estamos ante Sancius (nombre ficticio), posiblemente el 
maestro de Villanueva, autor de las esculturas del alero de la iglesia

Castillo de Loarre.
Sancius, nombre de un cantero que salió del anonimato dejándonos su firma


Pero no es el único personaje retratado en San Pedro de Villanueva. A la vuelta de la esquina, como quien dice, en sendos canecillos, uno en el ábside central y otro un poco más escondido, en el absidiolo del lado del evangelio, tenemos dos caras muy significativas. 

¿Por qué sabemos que son retratos? Porque solo existen estas dos caras y sus rasgos son muy aclaratorios.

El primero nos presenta a un hombre barbado, señal como dijimos de sabiduría, experiencia y edad, pero acompañado de otros atributos muy identificativos: al fondo, el respaldo de un estalo (un estalo es el asiento de los monjes en el coro); en la cabeza, una crespina, el tocado de lana que usaban los monjes en el monasterio para preservar la cabeza del frío; los ojos ahuevados, característica de nuestro pequeño magíster de San Pedro de Villanueva, cerrados, indicio inequívoco de que está en oración o que es hombre de oración. 

Al fondo el estalo, símbolo del coro del monasterio.
Crespina en la cabeza, símbolo de ser monje; ojos cerrados, 
símbolo de ser hombre de oración, y barba de hombre sabio.

¿Quién es? Todavía no lo sabemos, pero vamos a ponerlo en contraposición con el otro retrato. Este segundo canecillo, más escondido, como dejando el espacio principal al anterior personaje, nos presenta también a un hombre, pero éste tiene, por el contrario, los ahuevados ojos muy bien abiertos, señal de que está en el mundo, lo cual nos confirma la palmeta que tiene detrás, o sea, está o vive en el exterior del monasterio, ya no lleva crespina, sino que muestra un peinado cabello y la consabida barba de hombre de ciertos conocimientos. Está situado en el absidiolo del lado del evangelio, tímidamente semiescondido.

Palmeta al fondo que indica que está en el mundo.
Ojos saltones muy abiertos. Cabello sin crespina
y barba de hombre experto.



Sumemos: dos y dos son cuatro, tanto si sumamos de arriba hacia abajo o como si lo hacemos de abajo hacia arriba: estamos contemplando la cara de los dos hombres que dieron trabajo a nuestro magíster de la letra S; nuestro buen Sancius (este nombre me gusta porque era muy común en aquella época y bien pudiera haber sido el suyo), el cual, en agradecimiento, les retrató para los siglos venideros: el abad que encargó las obras y el maestro constructor que las ejecutó. De ambos dependía el sustento de Sancius y de su familia; Sancius era un hombre agradecido porque de bien nacidos es ser agradecidos y el agradecimiento se expresa con obras y no con palabras, porque obras son amores y no buenas razones.

Maestro constructor contratando una obra con un abad.
El maestro, acompañado de sus oficiales, lleva la vírgula en la mano.
El abad, con las llaves al cinto, se acompaña del padre ecónomo
 que porta la bolsa del dinero. 


Hemos descifrado quiénes son los tres protagonistas responsables de las figuras que hoy contemplamos en San Pedro de Villanueva: el buen abad (don Rodrigo le nombran en el Manuscrito de Villanueva de Fray Juan del Saz) que encargó y pagó las obras; el experto maestro constructor de nombre desconocido, que las proyectó, dirigió y en definitiva llevó a cabo, y el hábil tallista Sancius que ejerció a la vez de notario y de fotógrafo para conocimiento de las generaciones venideras. Ha llegado el momento de empezar a describir la línea mitológica de las esculturas del alero.

Pero este cuento ya está resultando muy largo. Mejor será dejarlo para la próxima entrada, que dicen que lo bueno gusta, pero lo mucho cansa.

Nos citamos en este mismo sitio en una nueva entrada, con permiso de la autoridad competente y si el tiempo no lo impide.


Antonio García Francisco

Madrid, mayo de 2024



martes, 20 de junio de 2023

Románico firmado en el monasterio de San Pedro de Villanueva


Hoy en día, al contemplar una obra de arte, la que sea, llega un momento en el que queremos conocer quién es su autor y buscamos la firma. Somos conscientes de que esa firma es una garantía aportadora de valor a la obra, al tiempo que para el artista es un sello que, además de darle prestigio en su mundillo, también le dará autoridad en la rama del arte y el estilo que cultiva, tanto que, a veces, incluso se pagará solo por la firma más que por la propia obra.

Y seguramente, alguno de nosotros la buscaremos y nos deleitaremos contemplando los rasgos caligráficos, mientras pretendemos averiguar en ellos algún detalle sobre la personalidad del artista, o fantasearemos tratando de imaginar su cara en el momento de estamparla mientras contemplaba el trabajo terminado.

Pero si nos centramos en la pintura y en la escultura románicas, veremos desolados que apenas hay obras firmadas. Haberlas haylas, dicen de las meigas, y en lo que se refiere a estas firmas no nos quepa duda que también las podemos encontrar, pero pocas, y no suelen ser una rúbrica al uso de los siglos posteriores, donde ya era impensable no firmar una obra, sino en el mejor de los casos, hallaremos un “me fecit”, me hizo, acompañando al nombre del autor. Y esto es por motivos que más bien imaginamos que conocemos.

Firma de honor en la portada del monasterio de San Pedro de Villanueva

 El primer porqué probablemente se deba a que, en estos siglos pretéritos, al artista no se le consideraba como tal, sino como un artesano, eso sí, artesano cualificado, cuyo trabajo sólo era valorado con respecto al de otros artesanos en la misma habilidad cuya obra ya era conocida. Contemplamos la maravilla de un capitel acabado, pero pensemos: en su elaboración trabajaron el operario que lo extrajo de la cantera; después, vino el cantero que desbastó el bloque para dejarlo en las medidas necesarias para empezar a esculpir; vino otro que dio las formas requeridas, bien que las ideara él o que las hubiera visto en otro sitio; luego los albañiles lo colocaron en el sitio previamente designado por el maestro, y un pintor le añadió los colores convenientes. Todos trabajaron en el capitel, unos cobraron unos jornales y otros cobraron otros diferentes, pero, ¿de quién era la obra?

Muchos fueron los responsables de que el capitel esté ahí, todos eran artifex, todos eran maestros en su arte; el arquitecto (más bien el magister, artifex theoricum, antecedente del arquitecto actual), el maestro de obra, el escultor, picapedreros, ayudantes, albañiles, cortadores… Fabricae muri, operis, artifex practicus, scultor, lapicida, scarpelator, cementarius, tailliator petrae, caesor lapidum… muchos nombres y categorías laborales.

 Pero el caso es que todos, todos, construyeron el templo, todos cobraron el estipendio convenido conforme a su volumen y calidad de trabajo aportado y ahí quedó “eso”, una piedra más, al fin y al cabo. Con suerte, quedó algún documento en el que se reflejaran los nombres, pero generalmente nada más que el nombre, su lugar de origen y quizá el precio del trabajo.

El segundo motivo tal vez fuera que, al fin y al cabo, de lo que se trataba era precisamente de eso, de trabajar y cobrar. ¿Qué importaba el nombre del autor, si éste formaba parte de un taller que era contratado por su reconocido buen hacer? Trabajo no les habría de faltar, lo importante era el prestigio del maestro, el cual se transmitía a su equipo y su fama trascendía de pueblo en pueblo.

La tercera causa, probablemente fuera esa modestia impuesta por la orden naciente de San Bernardo, que no quería personalismos ni excesos de imaginación en sus monasterios, dejando solamente a las manos de los escultores la talla de capiteles vegetales, algunos de ellos verdaderas maravillas en piedra, gráfica expresión de la diferencia entre artista y artesano.

Me imagino que dirían algo así como: “total, ¿para qué vamos a firmar, si no sabemos escribir y aquí casi nadie sabe leer? Hemos trabajado, hemos cobrado, ¿qué más queremos?”

Sin embargo, el hombre en general, y el artista en particular, es un ser vanidoso al que gusta jactarse cuando hace con facilidad una cosa que a la mayoría de los mortales les resulta difícil de realizar, por no decir imposible, que es lo más común. Y aunque lo sepan hacer, yo, scultor, ¿no voy a dejar de proclamar que esta maravilla que contemplan vuestros ojos ha salido de mis manos?  ¿No lo vemos acaso en nuestros días del siglo XXI?

Así, llega el momento en que nuestros anónimos escultores se rebelan contra el anonimato y comienzan a dejarnos sus firmas. O sus marcas. O sus retratos, que también los hay. ¿No es acaso lo que hacen los canteros que labran sillares? Ellos graban su marca en cada uno para luego cobrar y ahí queda su memoria de alguna manera. Nosotros no labramos sillares, sino que vamos más allá y esculpimos figuras surgidas de nuestra imaginación o de nuestra observación y conocimientos, lo hacemos gracias a nuestra habilidad poco común y por eso, porque somos diferentes, pondremos nuestro "signum magíster", la “marca de honor”. Bastará con ponerla una sola vez, nosotros no cobramos por pieza, sino por conjunto, y así se conocerá nuestra obra, porque de eso se trata, de que futuros comitentes estén al corriente de nuestro saber hacer. Y de paso, que los que vengan detrás vayan aprendiendo.

Y aquí empiezan unos a poner su marca y otros a escribir su nombre. El ejemplo paradigmático lo tenemos en Revilla de Santullán, Palencia, donde el maestro no sólo puso su nombre, sino que se retrató en piedra en el mismo momento de acabar la portada del templo en el que trabajó. Micaelis me feci, reza la explanatio, y de esta manera el buen Miguel pasó a la Historia y su nombre y fisonomía se recuerdan al cabo de los siglos.

El maestro Miguel se retrata a sí mismo
y nos informa de que él fue quien esculpió la portada.


Son muchos los me fecit que podemos encontrar (Rebolledo de la Torre, Burgos: “Fecit istvm portalem ioanes magister piasca”; Yermo, Cantabria, donde además se incluye fecha y se ruega una oración por el alma del maestro: “Era MCCXLI Petro Quintana me fecit Pater noster por su alma” …)


Rebolledo de la Torre, Burgos. Ventana del me fecit
de Juan, maestro de Piasca

Lugar donde aparecen los grabados del me fecit







Yermo, Cantabria. Me fecit y petición de oración
de Pedro Quintana

Yermo, Cantabria. Me fecit y petición de oración
de Pedro Quintana


Pero otros son más sencillos, sin retrato y sin dar datos, solo escriben en un sillar el nombre del maestro junto al me fecit, como el Nicolao me fecit de Santa Eufemia de Cozollos, en Palencia. Bajando un escalón más, llegamos a los que solo pusieron su nombre, como Sancius en Loarre y en Leyre.

Sancius hizo este muro en el castillo de Loarre



Sancius dejó su firma en Leyre


Nicolao trabajó en Santa Eufemia de Cozollos (o Cozuelos)








Y este es el punto al que quería llegar.

En San Pedro de Villanueva tenemos también firmas aparte de las que los canteros nos dejaron en los sillares: dos modestos y casi desapercibidos signum magister, un me fecit y dos retratos en piedra, probablemente de los dos personajes que hicieron posible la obra que contemplamos: el maestro que construyó y el abad que encargó y pagó.

El primero, por orden de aparición, está en la portada. Allí, entre la tercera y la cuarta arquivolta, aparece una pequeña letra “A” en grafía medieval. El maestro que la hizo nos dejó esa marca; tal vez era tan modesto, o tal vez confiaba tanto en sí mismo, que sabía que con ella, y a pesar de la sencillez, sería reconocida su obra. O quizás con eso le bastaba para su satisfacción personal de cara a los demás trabajadores del taller, pues poseer su propio signum magíster quiere decir que esta persona es de rango más elevado, puede incluso ser el maestro del taller.

Marca de honor del magíster que esculpió la portada de San Pedro de Villanueva.

El segundo signum magister es más fácil de ver y más difícil de interpretar como tal, pero nada es imposible de describir. Manos a la obra. 

Contemplando el alero del monasterio de San Pedro de Villanueva, podemos crear un patrón que nos pone en la pista: los canecillos y metopas salieron de las mismas manos, pues los personajes en ellos esculpidos presentan dos características que lo delatan. Una, la más importante, es que todos los personajes, ya sean figuras humanas o animalescas, presentan ojos redondeados y saltones, como huevos. Otra, que los personajes que se nos quieren mostrar como de más baja extracción social, además de los ojos ahuevados, tienen también unos labios prominentes, es decir, son hocicones. Sí, siguen un patrón que sirve de modelo y se muestra en todo el alero. Con estas dos premisas creo que ya podríamos hablar del maestro de Villanueva, es decir, de un hombre con estilo propio que transmite una personalidad diferente a sus obras con esa sencilla peculiaridad.

Pues bien, en un canecillo del absidiolo sur, casi en el rincón que forma con el ábside central, tenemos a un personaje cómodamente sentado, con barba y crespina, símbolos todos de autoridad, experiencia y sabiduría, con sus ojos ahuevados, como no podía ser de otra manera, vestido con túnica talar característica de la época, que nos muestra una filacteria con una marca en forma de letra ese, con la cual nos quiere dar a entender que él es (presuntamente) el autor de toda la serie de canecillos y metopas que llevan, además, su impronta personal de ojos abultados y, en su caso, labios exagerados. Se ha retratado y nos está informando de quién es desde su silla de maestro, tal y como aparecía nuestro amigo Miguel en Revilla de Santullán.

El maestro de Villanueva, sentado en una silla, muestra su signum magister 


El maestro de Villanueva muestra su marca de honor


Ya hemos descubierto y admirado las dos marcas de honor; veamos ahora los retratos.

Lo cierto es que solamente hay dos cabezas y que se salen del canon de los rostros de las demás figuras, aunque siguen el patrón de los ojos característicos del artista al que hemos dado en llamar el maestro de Villanueva. Su presencia no es algo extraño en el románico. A menudo encontraremos representaciones de rostros humanos solitarios o emparejados en los canecillos y capiteles. Cuando no quieren representar alguna virtud o pecado suelen aparecer con expresión ausente o con una leve sonrisa, con las miradas generalmente dirigidas al frente, por encima de nuestras cabezas, mirando “más allá”. Suelen ser interpretados como retratos de personajes de la época.

Volviendo al tema, decíamos que en el alero del monasterio de San Pedro de Villanueva aparecen dos figuras muy llamativas que se encuentran en el lado norte, el más discreto. Presentan la impronta de nuestro recién descubierto maestro de Villanueva, es decir los ojos redondeados como huevos, pero con rasgos notoriamente diferentes a las demás figuras de esta cornisa.

En el ábside principal, en la calle que ocuparía el lado del Evangelio, tenemos a un personaje de mirada ausente, casi perdida, sobre un fondo que parece el estalo del coro o el sitial honorífico de un prelado, tocado con crespina que nos recordaría a un monje barbudo -la barba es símbolo de experiencia y sabiduría-, que parece tener los ojos cerrados, como si fuera una muestra de recogimiento y oración que mana de su boca entreabierta, lo cual nos podría llevar a identificar al abad que encargó la reforma del monasterio. No parece descabellado pensar así, pues considerando la ausencia de retratos que hay en la cornisa, podría ser el de un personaje destacado en la construcción del edificio.

Crespina, barba, ojos ahuevados y cerrados,
con un estalo esquemático tras él

Lo mismo ocurriría con la segunda de las dos únicas cabezas esculpidas en el alero, en esta ocasión el del absidiolo norte, también correspondiente con el lado del Evangelio. Una cabeza igualmente barbada, símbolo de experiencia y sabiduría, que ya no lleva la crespina, sino un curioso peinado, que parece tener sus ahuevados ojos abiertos, al contrario de la sensación que nos da la anterior y que ya no está sobre un estalo, sino sobre la luz del mundo exterior al monasterio. Uno mira hacia su mundo interior; el otro, hacia el mundo exterior. Ojos cerrados para orar y ojos abiertos para trabajar: por la misma razón que tenemos para identificar al primero con el abad, podríamos reconocer al segundo como el maestro constructor. A fin de cuentas, y no nos engañemos, dos eran los principales personajes que intervenían en la construcción de un monasterio: el que pagaba y el que ideaba y ejecutaba la obra. 



Cabello al aire, barba y ojos ahuevados abiertos




El maestro, con la vírgula y sus oficiales,
negocia una obra con el abad, con las llaves y su ecónomo
con la bolsa.


          Finalmente, nos encontramos a la última firma del monasterio: el me fecit de la pila bautismal, hoy en la sala 27 del Museo Arqueológico Nacional de Madrid.

La fórmula me fecit es demasiado ambigua como para discernir con claridad sobre la identidad y función del nombre propio que le precede. Unas veces será referencia al que la hizo y otras al que la mandó hacer. 

           Acerca de ella ya se dieron en este blog más datos en la entrada del día 28 de enero de 2021 titulada “Pieza 50.181 del Museo Arqueológico Nacional: Pila bautismal de San Pedro de Villanueva”,  donde se explica que: 
"... ella misma nos revela, así como los nombres de las personas, marido y mujer probablemente, que la hicieron, no con sus manos, sino costeándola, con arreglo al propio y recto sentido aquí de la palabra fecerunt: circunstancias ambas que constan en la inscripción que corre al rededor (sic.) de toda ella...”

Dada la timidez a firmar obras en la época, es más que probable que sean los nombres de los comitentes que la costearon, quienes de esta manera se aseguraban su pasaporte hacia el cielo, una de las grandes aspiraciones de aquellos días.

Pieza 50.181 del MAN. Pila bautismal de San Pedro de Villanueva
JOANNES ET MARIA FECERUNT HOC OPUS IN ERA MaCLII” (Año 1114 de nuestra era)




JOANNES ET MARIA FECERUNT HOC OPUS IN ERA MaCLII” (Año 1114 de nuestra era)


Timidez patente, sí, pero que de una manera semioculta a veces y abiertamente otras, supieron superar nuestros personajes, nuestros constructores, escultores y comitentes. Unos que, por motivos económicos, firmaron los sillares que salían de sus manos para luego cobrarlos; otros que, por publicitar su buen saber hacer y adquirir prestigio, colocaron la marca de honor o su nombre para que se supiera quién lo hizo, me fecit; otros que, menos vergonzosos, dejaron su efigie en piedra en unos canecillos o capiteles que los llevarían a ser reconocidos al cabo de los siglos. Por último, los que no sabían trabajar la piedra, pero que se reconocieron capaces de sufragar los gastos a quienes sí dominaban el arte, y por eso pagaron, para hacer posible el sueño de la construcción de algo y el suyo propio de ganar un puesto en el reino de los cielos, eso sí, con la pequeña ventaja de llevar una carta de recomendación en forma de me fecit.

Y ahí están, dando testimonio de todo lo dicho, en esas piedras que susurran a voces su secreto en nuestro monasterio de San Pedro. Un consejo os doy para cuando estéis contemplándolo y comprobando estas palabras: practicad el quietismo, pasead con sosiego buscando los pequeños detalles, abandonaos a la paz del ambiente y no os fieis de los escritos, ni de estos ni de los de nadie, simplemente escuchad lo que dicen sus piedras, y si así llegáis a sentirlo no os sentiréis decepcionados. De hecho, San Pedro de Villanueva nunca decepciona. Al contrario, puede llegar el momento en que te atrape y ya nunca te suelte.


Antonio García Francisco.

Colmenar Viejo, junio de 2023





martes, 3 de enero de 2023

Pedro Botero en Abamia

 

          Un personaje entrañable de mi infancia fue Pedro Botero.


        Pedro Botero fue (o es, vaya usted a saber) un diablo ya famoso en la Edad Media, que ostentaba un cargo muy delicado, pues era ni más ni menos que el encargado de alimentar con fuego las calderas del infierno. Este personaje dio mucho juego en la escultura y, sobre todo, en la pintura románica; después también, pasados los siglos, en literatura, pues incluso D. Francisco de Quevedo le dedicó un pequeño cuento al darle protagonismo en su obra Juguetes de la niñez y travesuras del ingenio, al incluir una obrilla titulada La caldera de Pero Gotero que luego fue refundida en el Discurso de todos los diablos o infierno enmendado, en el capítulo El Entremetido y la Dueña y el Soplón, pág. 23, donde le denomina Pero Gotero para mostrarle en un tono desenfadado y jocoso.

       Recuerdo, y por eso me parece entrañable, que hace muchos años la chiquillería cantábamos, me incluyo, en las procesiones de Semana Santa, concretamente el Viernes Santo por la mañana, una letra improvisada, que a mí me enseñó mi abuelo porque él ya la cantó de niño, una letra que "pegaba" con la música que iba tocando la banda municipal de mi lugar, y decía así "ya viene Pedro Botero con las uñas afiladas para llevarse a los chicos que se mean en la cama". O sea, que en vez de dar miedo lo tomábamos como un demonio familiar de andar por casa, como a Quevedo le gustaba.

 
Pedro Botero atizando el fuego de su caldera. Santa Eulalia de Abamia

        Hoy, por recuerdo de la persona que me llevó a Abamia, la inolvidable Dulce María, me ha vuelto a la cabeza aquella visita y aquí traigo una representación de este demoñejo esculpida en la portada meridional de la iglesia de Santa Eulalia (prerrománica del iglo VIII transformada a románica en el XII): con ustedes, señoras y señores, ladies and gentlemen, el diablo Pedro Botero en su satánica persona atizando el fuego para dar tormento al alma que tiene en la caldera. 

        Más sencillez y más ingenuidad no se pueden dar, basta con mirar a maese Pedro con sus brazos peludos y el fuelle, alimentando esa llama tan sencilla que caldea la caldera de arriba, donde se cuece un infeliz pecador, para entender cómo se expresaba el románico rural, el asturiano para más señas en este caso. Sencillez y expresividad al máximo, la idea del tormento eterno queda esculpida en la piedra y grabada en la mente y la memoria del observador. 

Un diablo acarreando un alma a Pedro Botero. Santa Eulalia de Abamia.
La tradición popular ve en el condenado al obispo traidor don Oppas

    Por cierto, y para quien no lo sepa, éste fue el lugar del primer enterramiento del rey D. Pelayo. Es, sin duda, lugar singular y con mucha historia acumulada en siglos que todavía tiene mucho que enseñar a pesar del maltrato que ha sufrido, principalmente en el siglo XX.


Antonio García Francisco.
Madrid, enero de 2023

jueves, 10 de diciembre de 2020

Desde la portada de la iglesia de San Pedro de Villanueva (IV)

 

Cuando comento la interpretación de alguna escena representada en capiteles o canecillos románicos, siempre advierto de que soy un aficionado, un observador que medita sobre lo que ve y trata de entenderlo. Ni he cursado estudios de Historia del Arte ni me he dedicado a ello; simplemente, parafraseando a Antonio Machado, en su personaje Juan de Mairena, entiendo que “La gracia está en pararse a ver, a contemplar, a meditar, en consagrarse un poco a las actividades quietistas”, porque para Antonio Machado, aprender a vivir es aprender a detenerse. 

 ¿Y dónde detenernos mejor que ante un libro de claves y mensajes escritos en piedra, que nos va a ayudar a ver con los mismos ojos que vieron nuestros antepasados? Es bonito tratar de descubrir los mensajes que nos legaron hace novecientos o mil años por medio de una imagen o un símbolo, incluso una marca esculpida, pintada o dibujada. A veces basta con ver la talla en piedra para decir con seguridad y algo de certeza lo que representa; en otras ocasiones la cosa se puede complicar y tarda varios meses en llegar lo que en otros tiempos era obvio. Y en muchos casos no llegamos a entenderlo.

Este preámbulo viene a cuento de que hace unos días, en este blog, dejé en el aire una posible segunda pista que avalaba la teoría de que los capiteles de la portada de la iglesia del exmonasterio de San Pedro de Villanueva sí tienen que ver con la historia sobre la muerte de Favila, y que en cierto modo viene a ratificar lo que expuse de que “un rey mató a otro rey”. La primera pista era la presencia de una anfisbena al final de la serie y ya dije lo que significaba, aunque abundaré más en ello. 

Anfisbena en S. Pedro de Villanueva

Por favor, quedémonos con la escena del penúltimo capitel: un monstruo ha devorado a un hombre y los ángeles salvan a otro. Esta es la escena que comenté como primera clave que avala la teoría. Quedamos en que estamos ante una anfisbena, que se trata de una criatura mitológica de la que ya hablamos y resumo para no tener que volver atrás con la lectura: se decía que nació de las gotas de sangre que vertió la cabeza de Medusa cuando Perseo la llevaba colgando en su vuelo sobre el desierto, después de matarla, siguiendo instrucciones de Atenea. Cuerpo de serpiente con una cabeza en cada extremo, patitas como de gallina y alas; justo como la “escribió” nuestro anónimo cantero en el capitel. 

Su finalidad principal era devorar hombres. Plinio dice que seguía a los ejércitos para comerse los cadáveres que iban dejando a su paso, de manera que se suele identificar casi siempre con todos los vicios y pecados que dominan y matan a los humanos: la crueldad, la soberbia, la maldad, la indolencia, la codicia, la envidia… pecados que devoran a sus desgraciados poseedores, los cuales ya están muertos espiritualmente.


 Con el tiempo llegó a ser considerada símbolo del bien y del mal porque podía ir en dos direcciones a gran velocidad. ¿Podríamos decir que ha devorado a un hombre malo, muerto espiritualmente, y que los ángeles tratan de salvar a un hombre bueno, muerto injustamente, que va a ser devorado por la otra cabeza? En este punto lo dejamos en la anterior entrada.



Ahora vamos a la segunda clave avalista de la teoría de la saga de Favila, rey de la llanura, y Alfonso I, el rey que vino de La Montaña. Se trata de un capitel del interior del templo, representa a un guerrero luchando contra una erinia.

De las erinias también se podría hablar mucho, tanto como de las anfisbenas o más, pero hay que abreviar. Dejémoslo en que, al igual que la anfisbena, nacieron de unas gotas de sangre, en este caso de las que derramó Urano al ser castrado por su propio hijo, Cronos. Tanto miedo despertaban entre los griegos que para evitar pronunciar su nombre se referían a ellas como "las Euménides". 

Erinia en San Pedro de Vilanueva

 Ahora hagamos un inciso para pensar y relacionar.

En cierto sentido, esta es la primera gran injusticia cometida desde la creación según el conocimiento de los griegos en su mitología. Pero… ¿y para los cristianos? ¿Cuál fue la primera injusticia cometida desde la Creación? ¿No fue acaso la muerte de Abel a manos de Caín, un hermano matando a otro? En ambos casos, sangre inocente derramada por un pariente muy cercano.

 Ojo, no perdamos esta pista, Alfonso era hermano político de Favila.

Volviendo a la erinia, su nombre literal significa colérica, y su misión era perseguir sin tregua a todos los que transgredían la ley natural, los que derramaban sangre injusta e indiscriminadamente y, sobre todo y ante todo, a los criminales que mataban al padre, a la madre, a los hijos o a los hermanos, también todos los crímenes dentro del seno de la familia. Se identificaban en el mundo antiguo con la conciencia, con los remordimientos y como las guardianas del orden y leyes naturales.

Eran representadas como una serpiente con patas acabadas en garras, con alas y cabeza de perro. Cuando se representan luchando contra "sus víctimas", son muy fáciles de confundir por el ojo poco entrenado con la escena del bien luchando contra el mal, o con la del arcángel o San Jorge luchando contra el dragón. Pero también hay que decir que la gran diferencia es que, si el bien siempre vence al mal y San Jorge y/o San Miguel vencen al monstruo, en el caso de las erinias siempre vencían ellas y sus víctimas siempre perecían. Porque… ¿Quién puede o podría escapar a su conciencia acusadora y a los remordimientos de algo mal hecho, máxime si es el asesinato de un hermano?

Erinia en Rebolledo de la Torre, Burgos

¿Y por qué la Erinia? 

¿Y por qué las crónicas no dicen de Favila y el oso más que eso, que un oso mató al rey de los astures? 

¿Y por qué al cabo de más de mil años circula todavía esa otra opinión de que en el relato hubo trampa? 

¿Habrá que volver a sospechar que estamos ante un rey matando a otro rey? 

¿El oso, quizás símbolo del rey de La Montaña, matando al rey de la llanura? 

Quedó claro que la actual Cantabria forma parte de lo que hasta el siglo XIX se denominaba La Montaña. ¿Y por qué esas prisas en Ermesinda, hermana de Favila, para que su marido, rey ahora de astures y cántabros, edificara una iglesia en memoria de su finado hermano? ¿Cargos de conciencia? ¿Remordimientos quizás? Lo cierto es que tenemos a una erinia trabajando.

 

Pues ahí está el otro capitel, compañero del de la anfisbena de la portada, colocado en un lugar de honor, ante el espacio destinado a Dios, en el arco triunfal: un hombre luchando contra una erinia, en el interior del templo, y para mí, o para mi imaginación, es un recordatorio de lo que se nos cuenta en la entrada: un rey mató a otro rey y para lavar la conciencia y acallar sus remordimientos, quiso ponerse a bien con Dios a la manera de entonces y mandó edificar una iglesia, a instancias de su esposa, hermana de la víctima, que puede que también los tuviera, y para recordarlo eternamente ahí está la erinia, la gran justiciera o la gran vengadora de la sangre vertida en la familia. El caballero se cubre con su escudo, la erinia, nacida de la sangre de Urano, vengando la sangre derramada de no se sabe quién, aunque lo sospechamos, lo muerde furiosamente. Por su parte, la anfisbena, nacida de la sangre de la gorgona Medusa, que en la portada devora a un hombre mientras que los ángeles salvan a otro, cuya sangre posiblemente haya sido derramada por el devorado, también realiza su función informativa. Sangre inocente y sangre culpable y unos símbolos de castigo en ambos casos. 

Siempre sigo tres reglas: que hay tantas interpretaciones como intérpretes, que la solución más sencilla es la más probable y que nadie da puntada sin hilo.

 Esta es mi interpretación del porqué de que haya una erinia dentro de un templo, lo facilón sería decir que es una psicomaquia, que lo es, o sea, una lucha idealizada entre la Virtud (el guerrero) y el Vicio o el Pecado (el dragón), pero con el antecedente de la anfisbena que nos han contado los monjes en el libro que hay escrito en la portada, y teniendo en cuenta que hace novecientos años los hombres conocían hechos relativamente recientes, cuatrocientos años de posible tradición oral hoy perdida, apenas diez generaciones, la cosa cambia, me inclino a lo que mi imaginación y la solución más sencilla me dictan. La Erinia nacida de la sangre de Plutón, vengadora de los delitos de asesinato cometidos dentro de la familia; la lucha del hombre contra sus remordimientos, y después la portada con la Anfisbena, la hija de la sangre de la gorgona Medusa, la gran devoradora de cadáveres de hombres, muertos física o espiritualmente, y el posible factor común de una muerte sin justicia ni venganza, me llevan a conclusiones claras. Dos claves en el mismo sentido y en piedra para ser recordadas durante siglos.

Naturalmente, también puede ser una casualidad, aunque se dice que las casualidades no existen, lo que existen son las coincidencias. Y las reincidencias, diría yo.

Como decían los cómicos hace unos siglos al acabar la función, mi intención es entretener y si lo he logrado, con vuestro aplauso me sentiré cumplidamente pagado. Sean indulgentes vuesas mercedes y consideren que “Se non è vero, è ben trovato.”

Antonio García Francisco. 

Madrid, Diciembre 2020