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lunes, 6 de mayo de 2024

Mensajes en el alero de la iglesia del monasterio de San Pedro de Villanueva (I)

 

Al analizar un poco más profundamente que la simple contemplación el alero del monasterio de San Pedro de Villanueva, descubrimos que encierra al menos tres líneas muy diferentes en lo que a mensajes y personajes esculpidos se refiere.

Tres líneas, tres guiones o grupos de personajes, y una información inesperada. Una línea la podríamos denominar como mitológica; otra, popular y una tercera la encasillaríamos como moralista. Y de regalo, una curiosa información sobre algunos personajes relacionados con el monasterio, la cual pasa desapercibida hoy en día y quizás lo haya pasado durante siglos.


Dibujo recreando el ábside del monasterio de San Pedro de Villanueva


A esta conclusión se llegó tras el estudio que se decidió realizar en abril de 2022, cuando D. Ignacio Bosch, director del Parador Nacional de Cangas de Onís, propuso al final de una charla sobre simbología románica en la que un servidor tuvo el honor de ser el ponente, la posibilidad de dar una interpretación lógica a todas las figuras esculpidas en el monasterio. Dicho y hecho. En 2023 ya pudimos hablar convincentemente, en otra conferencia llevada a cabo en el mismo lugar, acerca de las esculturas del exterior del ábside de la iglesia monacal y la ventana del mismo.

La intención de esta entrada es dar a conocer el resultado de los trabajos interminables para llegar a buen puerto con esta empresa: fotografiar desde todos los ángulos posibles, analizar una y mil veces las fotografías obtenidas, nuevos viajes para volver a comprobar in situ, consultas en la Biblioteca Nacional, en la Hemeroteca, en el Archivo Histórico Nacional y, sobre todo y más fructíferas, a asturianos conocedores de su Historia y Mitología que fueron quienes de alguna manera más ayudaron en los casos más difíciles.

Antes de empezar con las tres líneas simbólicas, es imprescindible hablar de tres personajes importantísimos en la construcción del monasterio.

No, no teman, no les voy a inundar con nombres y fechas. No es mi estilo, entre otras cosas, porque tengo memoria de pez para ambas cosas, soy incapaz de acumular ese tipo de datos.

A poco que nos fijemos, podremos observar la existencia de dos rasgos comunes en las figuras esculpidas: todos los personajes nos brindan unos ojos saltones, casi redondos, como si fueran huevos, y algunos de ellos, además, unos labios gruesos, como los belfos de un caballo. ¿Por qué? Los de los hocicos prominentes son hombres ocupados en actividades de trabajo manual relacionadas con el monasterio, mientras que en los otros claramente se nota que son monjes en actitudes piadosas o personas sin relación. El magíster está estableciendo distinciones entre legos y monjes, caras vulgares y caras de rasgos más nobles. Es su estilo propio.


Un pescador y un labrador. Ver los grandes labios y el arco bajo
 el que se encuentran que indica que son criados o legos al servicio del monasterio.


Un tullido apoyado en la muleta. 
La palmeta del fondo nos indica que está en el mundo exterior al monasterio


     ¿Y quién sería ese magíster? ¡Vaya usted a saber!, Es lo primero que nos diría cualquiera que nos estuviera hablando del monasterio…

     Pues eso es lo que acabamos de descubrir: quién fue ese magíster.

Retrato de Sancius, nombre imaginario, posiblemente el maestro de San Pedro de Villanueva



    Resulta que hay un canecillo en el absidiolo del lado de la epístola en el que podemos contemplar a un hombrecito con algo extraño en las manos. Tiene crespina en la cabeza, detalle que, unido al hábito talar (que llega hasta los talones), nos revela que probablemente es un monje. Este hombre tiene abundante barba, símbolo de que es hombre experto y probablemente sabio o, como mínimo, de gran carácter. Su posición es la de sentado, señal de que ha acabado un trabajo y está descansando. Y tiene en las manos algo que, bien pensado, no es tan extraño como parecía en la primera impresión: es una filacteria. 

    Pero, ¿qué es eso? ¿Inventando palabras? No, por supuesto que no. Una filacteria es una banda de piedra, de obra o de madera, generalmente imitando un pergamino, con algo escrito, que suele ser leyendas o rótulos identificativos de quien lo porta, entendiendo por leyenda “un grabado que acompaña a algo, generalmente a una imagen para complementarla o explicarla”, según la RAE.

Catedral de Santiago de Compostela.
La filacteria nos informa de que el personaje retratado es el Apóstol Santiago.


Lonja de Palma de Mallorca, S. XV
La filacteria nos informa de que el personaje retratado es el "Defensor de la Mercadería"



Nuestro modesto y cansado personaje con crespina, ojos saltones y hábito talar, nos muestra su filacteria con un humilde mensaje que le va a identificar: su marca de cantero.

 No necesita más, con eso será reconocido en su tiempo y se sabrá en tiempos venideros que Sancius, o Sanxo, o Suavi, o tal vez Saurino, quizás Sança o simplemente Sanç, fue el escultor del alero de San Pedro de Villanueva. ¡Bravo por ti, pasaste a la posteridad con tu modesto me fecit!

Monasterio de San Pedro de Villanueva.
La filacteria nos informa de que estamos ante Sancius (nombre ficticio), posiblemente el 
maestro de Villanueva, autor de las esculturas del alero de la iglesia

Castillo de Loarre.
Sancius, nombre de un cantero que salió del anonimato dejándonos su firma


Pero no es el único personaje retratado en San Pedro de Villanueva. A la vuelta de la esquina, como quien dice, en sendos canecillos, uno en el ábside central y otro un poco más escondido, en el absidiolo del lado del evangelio, tenemos dos caras muy significativas. 

¿Por qué sabemos que son retratos? Porque solo existen estas dos caras y sus rasgos son muy aclaratorios.

El primero nos presenta a un hombre barbado, señal como dijimos de sabiduría, experiencia y edad, pero acompañado de otros atributos muy identificativos: al fondo, el respaldo de un estalo (un estalo es el asiento de los monjes en el coro); en la cabeza, una crespina, el tocado de lana que usaban los monjes en el monasterio para preservar la cabeza del frío; los ojos ahuevados, característica de nuestro pequeño magíster de San Pedro de Villanueva, cerrados, indicio inequívoco de que está en oración o que es hombre de oración. 

Al fondo el estalo, símbolo del coro del monasterio.
Crespina en la cabeza, símbolo de ser monje; ojos cerrados, 
símbolo de ser hombre de oración, y barba de hombre sabio.

¿Quién es? Todavía no lo sabemos, pero vamos a ponerlo en contraposición con el otro retrato. Este segundo canecillo, más escondido, como dejando el espacio principal al anterior personaje, nos presenta también a un hombre, pero éste tiene, por el contrario, los ahuevados ojos muy bien abiertos, señal de que está en el mundo, lo cual nos confirma la palmeta que tiene detrás, o sea, está o vive en el exterior del monasterio, ya no lleva crespina, sino que muestra un peinado cabello y la consabida barba de hombre de ciertos conocimientos. Está situado en el absidiolo del lado del evangelio, tímidamente semiescondido.

Palmeta al fondo que indica que está en el mundo.
Ojos saltones muy abiertos. Cabello sin crespina
y barba de hombre experto.



Sumemos: dos y dos son cuatro, tanto si sumamos de arriba hacia abajo o como si lo hacemos de abajo hacia arriba: estamos contemplando la cara de los dos hombres que dieron trabajo a nuestro magíster de la letra S; nuestro buen Sancius (este nombre me gusta porque era muy común en aquella época y bien pudiera haber sido el suyo), el cual, en agradecimiento, les retrató para los siglos venideros: el abad que encargó las obras y el maestro constructor que las ejecutó. De ambos dependía el sustento de Sancius y de su familia; Sancius era un hombre agradecido porque de bien nacidos es ser agradecidos y el agradecimiento se expresa con obras y no con palabras, porque obras son amores y no buenas razones.

Maestro constructor contratando una obra con un abad.
El maestro, acompañado de sus oficiales, lleva la vírgula en la mano.
El abad, con las llaves al cinto, se acompaña del padre ecónomo
 que porta la bolsa del dinero. 


Hemos descifrado quiénes son los tres protagonistas responsables de las figuras que hoy contemplamos en San Pedro de Villanueva: el buen abad (don Rodrigo le nombran en el Manuscrito de Villanueva de Fray Juan del Saz) que encargó y pagó las obras; el experto maestro constructor de nombre desconocido, que las proyectó, dirigió y en definitiva llevó a cabo, y el hábil tallista Sancius que ejerció a la vez de notario y de fotógrafo para conocimiento de las generaciones venideras. Ha llegado el momento de empezar a describir la línea mitológica de las esculturas del alero.

Pero este cuento ya está resultando muy largo. Mejor será dejarlo para la próxima entrada, que dicen que lo bueno gusta, pero lo mucho cansa.

Nos citamos en este mismo sitio en una nueva entrada, con permiso de la autoridad competente y si el tiempo no lo impide.


Antonio García Francisco

Madrid, mayo de 2024



martes, 20 de junio de 2023

Románico firmado en el monasterio de San Pedro de Villanueva


Hoy en día, al contemplar una obra de arte, la que sea, llega un momento en el que queremos conocer quién es su autor y buscamos la firma. Somos conscientes de que esa firma es una garantía aportadora de valor a la obra, al tiempo que para el artista es un sello que, además de darle prestigio en su mundillo, también le dará autoridad en la rama del arte y el estilo que cultiva, tanto que, a veces, incluso se pagará solo por la firma más que por la propia obra.

Y seguramente, alguno de nosotros la buscaremos y nos deleitaremos contemplando los rasgos caligráficos, mientras pretendemos averiguar en ellos algún detalle sobre la personalidad del artista, o fantasearemos tratando de imaginar su cara en el momento de estamparla mientras contemplaba el trabajo terminado.

Pero si nos centramos en la pintura y en la escultura románicas, veremos desolados que apenas hay obras firmadas. Haberlas haylas, dicen de las meigas, y en lo que se refiere a estas firmas no nos quepa duda que también las podemos encontrar, pero pocas, y no suelen ser una rúbrica al uso de los siglos posteriores, donde ya era impensable no firmar una obra, sino en el mejor de los casos, hallaremos un “me fecit”, me hizo, acompañando al nombre del autor. Y esto es por motivos que más bien imaginamos que conocemos.

Firma de honor en la portada del monasterio de San Pedro de Villanueva

 El primer porqué probablemente se deba a que, en estos siglos pretéritos, al artista no se le consideraba como tal, sino como un artesano, eso sí, artesano cualificado, cuyo trabajo sólo era valorado con respecto al de otros artesanos en la misma habilidad cuya obra ya era conocida. Contemplamos la maravilla de un capitel acabado, pero pensemos: en su elaboración trabajaron el operario que lo extrajo de la cantera; después, vino el cantero que desbastó el bloque para dejarlo en las medidas necesarias para empezar a esculpir; vino otro que dio las formas requeridas, bien que las ideara él o que las hubiera visto en otro sitio; luego los albañiles lo colocaron en el sitio previamente designado por el maestro, y un pintor le añadió los colores convenientes. Todos trabajaron en el capitel, unos cobraron unos jornales y otros cobraron otros diferentes, pero, ¿de quién era la obra?

Muchos fueron los responsables de que el capitel esté ahí, todos eran artifex, todos eran maestros en su arte; el arquitecto (más bien el magister, artifex theoricum, antecedente del arquitecto actual), el maestro de obra, el escultor, picapedreros, ayudantes, albañiles, cortadores… Fabricae muri, operis, artifex practicus, scultor, lapicida, scarpelator, cementarius, tailliator petrae, caesor lapidum… muchos nombres y categorías laborales.

 Pero el caso es que todos, todos, construyeron el templo, todos cobraron el estipendio convenido conforme a su volumen y calidad de trabajo aportado y ahí quedó “eso”, una piedra más, al fin y al cabo. Con suerte, quedó algún documento en el que se reflejaran los nombres, pero generalmente nada más que el nombre, su lugar de origen y quizá el precio del trabajo.

El segundo motivo tal vez fuera que, al fin y al cabo, de lo que se trataba era precisamente de eso, de trabajar y cobrar. ¿Qué importaba el nombre del autor, si éste formaba parte de un taller que era contratado por su reconocido buen hacer? Trabajo no les habría de faltar, lo importante era el prestigio del maestro, el cual se transmitía a su equipo y su fama trascendía de pueblo en pueblo.

La tercera causa, probablemente fuera esa modestia impuesta por la orden naciente de San Bernardo, que no quería personalismos ni excesos de imaginación en sus monasterios, dejando solamente a las manos de los escultores la talla de capiteles vegetales, algunos de ellos verdaderas maravillas en piedra, gráfica expresión de la diferencia entre artista y artesano.

Me imagino que dirían algo así como: “total, ¿para qué vamos a firmar, si no sabemos escribir y aquí casi nadie sabe leer? Hemos trabajado, hemos cobrado, ¿qué más queremos?”

Sin embargo, el hombre en general, y el artista en particular, es un ser vanidoso al que gusta jactarse cuando hace con facilidad una cosa que a la mayoría de los mortales les resulta difícil de realizar, por no decir imposible, que es lo más común. Y aunque lo sepan hacer, yo, scultor, ¿no voy a dejar de proclamar que esta maravilla que contemplan vuestros ojos ha salido de mis manos?  ¿No lo vemos acaso en nuestros días del siglo XXI?

Así, llega el momento en que nuestros anónimos escultores se rebelan contra el anonimato y comienzan a dejarnos sus firmas. O sus marcas. O sus retratos, que también los hay. ¿No es acaso lo que hacen los canteros que labran sillares? Ellos graban su marca en cada uno para luego cobrar y ahí queda su memoria de alguna manera. Nosotros no labramos sillares, sino que vamos más allá y esculpimos figuras surgidas de nuestra imaginación o de nuestra observación y conocimientos, lo hacemos gracias a nuestra habilidad poco común y por eso, porque somos diferentes, pondremos nuestro "signum magíster", la “marca de honor”. Bastará con ponerla una sola vez, nosotros no cobramos por pieza, sino por conjunto, y así se conocerá nuestra obra, porque de eso se trata, de que futuros comitentes estén al corriente de nuestro saber hacer. Y de paso, que los que vengan detrás vayan aprendiendo.

Y aquí empiezan unos a poner su marca y otros a escribir su nombre. El ejemplo paradigmático lo tenemos en Revilla de Santullán, Palencia, donde el maestro no sólo puso su nombre, sino que se retrató en piedra en el mismo momento de acabar la portada del templo en el que trabajó. Micaelis me feci, reza la explanatio, y de esta manera el buen Miguel pasó a la Historia y su nombre y fisonomía se recuerdan al cabo de los siglos.

El maestro Miguel se retrata a sí mismo
y nos informa de que él fue quien esculpió la portada.


Son muchos los me fecit que podemos encontrar (Rebolledo de la Torre, Burgos: “Fecit istvm portalem ioanes magister piasca”; Yermo, Cantabria, donde además se incluye fecha y se ruega una oración por el alma del maestro: “Era MCCXLI Petro Quintana me fecit Pater noster por su alma” …)


Rebolledo de la Torre, Burgos. Ventana del me fecit
de Juan, maestro de Piasca

Lugar donde aparecen los grabados del me fecit







Yermo, Cantabria. Me fecit y petición de oración
de Pedro Quintana

Yermo, Cantabria. Me fecit y petición de oración
de Pedro Quintana


Pero otros son más sencillos, sin retrato y sin dar datos, solo escriben en un sillar el nombre del maestro junto al me fecit, como el Nicolao me fecit de Santa Eufemia de Cozollos, en Palencia. Bajando un escalón más, llegamos a los que solo pusieron su nombre, como Sancius en Loarre y en Leyre.

Sancius hizo este muro en el castillo de Loarre



Sancius dejó su firma en Leyre


Nicolao trabajó en Santa Eufemia de Cozollos (o Cozuelos)








Y este es el punto al que quería llegar.

En San Pedro de Villanueva tenemos también firmas aparte de las que los canteros nos dejaron en los sillares: dos modestos y casi desapercibidos signum magister, un me fecit y dos retratos en piedra, probablemente de los dos personajes que hicieron posible la obra que contemplamos: el maestro que construyó y el abad que encargó y pagó.

El primero, por orden de aparición, está en la portada. Allí, entre la tercera y la cuarta arquivolta, aparece una pequeña letra “A” en grafía medieval. El maestro que la hizo nos dejó esa marca; tal vez era tan modesto, o tal vez confiaba tanto en sí mismo, que sabía que con ella, y a pesar de la sencillez, sería reconocida su obra. O quizás con eso le bastaba para su satisfacción personal de cara a los demás trabajadores del taller, pues poseer su propio signum magíster quiere decir que esta persona es de rango más elevado, puede incluso ser el maestro del taller.

Marca de honor del magíster que esculpió la portada de San Pedro de Villanueva.

El segundo signum magister es más fácil de ver y más difícil de interpretar como tal, pero nada es imposible de describir. Manos a la obra. 

Contemplando el alero del monasterio de San Pedro de Villanueva, podemos crear un patrón que nos pone en la pista: los canecillos y metopas salieron de las mismas manos, pues los personajes en ellos esculpidos presentan dos características que lo delatan. Una, la más importante, es que todos los personajes, ya sean figuras humanas o animalescas, presentan ojos redondeados y saltones, como huevos. Otra, que los personajes que se nos quieren mostrar como de más baja extracción social, además de los ojos ahuevados, tienen también unos labios prominentes, es decir, son hocicones. Sí, siguen un patrón que sirve de modelo y se muestra en todo el alero. Con estas dos premisas creo que ya podríamos hablar del maestro de Villanueva, es decir, de un hombre con estilo propio que transmite una personalidad diferente a sus obras con esa sencilla peculiaridad.

Pues bien, en un canecillo del absidiolo sur, casi en el rincón que forma con el ábside central, tenemos a un personaje cómodamente sentado, con barba y crespina, símbolos todos de autoridad, experiencia y sabiduría, con sus ojos ahuevados, como no podía ser de otra manera, vestido con túnica talar característica de la época, que nos muestra una filacteria con una marca en forma de letra ese, con la cual nos quiere dar a entender que él es (presuntamente) el autor de toda la serie de canecillos y metopas que llevan, además, su impronta personal de ojos abultados y, en su caso, labios exagerados. Se ha retratado y nos está informando de quién es desde su silla de maestro, tal y como aparecía nuestro amigo Miguel en Revilla de Santullán.

El maestro de Villanueva, sentado en una silla, muestra su signum magister 


El maestro de Villanueva muestra su marca de honor


Ya hemos descubierto y admirado las dos marcas de honor; veamos ahora los retratos.

Lo cierto es que solamente hay dos cabezas y que se salen del canon de los rostros de las demás figuras, aunque siguen el patrón de los ojos característicos del artista al que hemos dado en llamar el maestro de Villanueva. Su presencia no es algo extraño en el románico. A menudo encontraremos representaciones de rostros humanos solitarios o emparejados en los canecillos y capiteles. Cuando no quieren representar alguna virtud o pecado suelen aparecer con expresión ausente o con una leve sonrisa, con las miradas generalmente dirigidas al frente, por encima de nuestras cabezas, mirando “más allá”. Suelen ser interpretados como retratos de personajes de la época.

Volviendo al tema, decíamos que en el alero del monasterio de San Pedro de Villanueva aparecen dos figuras muy llamativas que se encuentran en el lado norte, el más discreto. Presentan la impronta de nuestro recién descubierto maestro de Villanueva, es decir los ojos redondeados como huevos, pero con rasgos notoriamente diferentes a las demás figuras de esta cornisa.

En el ábside principal, en la calle que ocuparía el lado del Evangelio, tenemos a un personaje de mirada ausente, casi perdida, sobre un fondo que parece el estalo del coro o el sitial honorífico de un prelado, tocado con crespina que nos recordaría a un monje barbudo -la barba es símbolo de experiencia y sabiduría-, que parece tener los ojos cerrados, como si fuera una muestra de recogimiento y oración que mana de su boca entreabierta, lo cual nos podría llevar a identificar al abad que encargó la reforma del monasterio. No parece descabellado pensar así, pues considerando la ausencia de retratos que hay en la cornisa, podría ser el de un personaje destacado en la construcción del edificio.

Crespina, barba, ojos ahuevados y cerrados,
con un estalo esquemático tras él

Lo mismo ocurriría con la segunda de las dos únicas cabezas esculpidas en el alero, en esta ocasión el del absidiolo norte, también correspondiente con el lado del Evangelio. Una cabeza igualmente barbada, símbolo de experiencia y sabiduría, que ya no lleva la crespina, sino un curioso peinado, que parece tener sus ahuevados ojos abiertos, al contrario de la sensación que nos da la anterior y que ya no está sobre un estalo, sino sobre la luz del mundo exterior al monasterio. Uno mira hacia su mundo interior; el otro, hacia el mundo exterior. Ojos cerrados para orar y ojos abiertos para trabajar: por la misma razón que tenemos para identificar al primero con el abad, podríamos reconocer al segundo como el maestro constructor. A fin de cuentas, y no nos engañemos, dos eran los principales personajes que intervenían en la construcción de un monasterio: el que pagaba y el que ideaba y ejecutaba la obra. 



Cabello al aire, barba y ojos ahuevados abiertos




El maestro, con la vírgula y sus oficiales,
negocia una obra con el abad, con las llaves y su ecónomo
con la bolsa.


          Finalmente, nos encontramos a la última firma del monasterio: el me fecit de la pila bautismal, hoy en la sala 27 del Museo Arqueológico Nacional de Madrid.

La fórmula me fecit es demasiado ambigua como para discernir con claridad sobre la identidad y función del nombre propio que le precede. Unas veces será referencia al que la hizo y otras al que la mandó hacer. 

           Acerca de ella ya se dieron en este blog más datos en la entrada del día 28 de enero de 2021 titulada “Pieza 50.181 del Museo Arqueológico Nacional: Pila bautismal de San Pedro de Villanueva”,  donde se explica que: 
"... ella misma nos revela, así como los nombres de las personas, marido y mujer probablemente, que la hicieron, no con sus manos, sino costeándola, con arreglo al propio y recto sentido aquí de la palabra fecerunt: circunstancias ambas que constan en la inscripción que corre al rededor (sic.) de toda ella...”

Dada la timidez a firmar obras en la época, es más que probable que sean los nombres de los comitentes que la costearon, quienes de esta manera se aseguraban su pasaporte hacia el cielo, una de las grandes aspiraciones de aquellos días.

Pieza 50.181 del MAN. Pila bautismal de San Pedro de Villanueva
JOANNES ET MARIA FECERUNT HOC OPUS IN ERA MaCLII” (Año 1114 de nuestra era)




JOANNES ET MARIA FECERUNT HOC OPUS IN ERA MaCLII” (Año 1114 de nuestra era)


Timidez patente, sí, pero que de una manera semioculta a veces y abiertamente otras, supieron superar nuestros personajes, nuestros constructores, escultores y comitentes. Unos que, por motivos económicos, firmaron los sillares que salían de sus manos para luego cobrarlos; otros que, por publicitar su buen saber hacer y adquirir prestigio, colocaron la marca de honor o su nombre para que se supiera quién lo hizo, me fecit; otros que, menos vergonzosos, dejaron su efigie en piedra en unos canecillos o capiteles que los llevarían a ser reconocidos al cabo de los siglos. Por último, los que no sabían trabajar la piedra, pero que se reconocieron capaces de sufragar los gastos a quienes sí dominaban el arte, y por eso pagaron, para hacer posible el sueño de la construcción de algo y el suyo propio de ganar un puesto en el reino de los cielos, eso sí, con la pequeña ventaja de llevar una carta de recomendación en forma de me fecit.

Y ahí están, dando testimonio de todo lo dicho, en esas piedras que susurran a voces su secreto en nuestro monasterio de San Pedro. Un consejo os doy para cuando estéis contemplándolo y comprobando estas palabras: practicad el quietismo, pasead con sosiego buscando los pequeños detalles, abandonaos a la paz del ambiente y no os fieis de los escritos, ni de estos ni de los de nadie, simplemente escuchad lo que dicen sus piedras, y si así llegáis a sentirlo no os sentiréis decepcionados. De hecho, San Pedro de Villanueva nunca decepciona. Al contrario, puede llegar el momento en que te atrape y ya nunca te suelte.


Antonio García Francisco.

Colmenar Viejo, junio de 2023





jueves, 28 de enero de 2021

Pieza 50.181 del Museo Arqueológico Nacional: Pila bautismal de San Pedro de Villanueva

 

Cuando uno se embarca en la tarea de trastear por los archivos sin ser un profesional de la investigación ni conocer el funcionamiento, puede enfrentarse a tres situaciones. Una, que no encuentre nada; otra, que lo encontrado sea menos de lo esperado. Y la tercera posibilidad, que encuentre más de lo que buscaba y la información le sobrepase.

Pues algo parecido a la tercera situación me ha ocurrido en esta ocasión. Cuando buscaba información sobre la pila bautismal del monasterio de San Pedro de Villanueva, en Asturias, lo primero con lo que topé fue con unas fichas de la misma en el Museo Arqueológico Nacional, lugar donde he pasado tantas y tantas mañanas de domingo contemplando lo que nos dejaron nuestros antepasados como testigo y legado de su presencia en la vida y su paso por el mundo.


A través de ellas tomamos noticia de que se trata de la pieza reseñada con el número 50.181 del inventario del Museo. Tan impersonal como el número de un preso en una institución penitenciaria, pero necesario para su identificación y localización.

En la primera ficha se hace una buena descripción de la pila. La segunda es la correspondiente a un fondo bibliográfico, el de la lámina publicada en el tomo IV del Museo Español de Antigüedades (págs. 435-441), año 1875

Datación 1101=1200 (S.XII 1114) 
Lugar de Procedencia San Pedro de Villanueva, Cangas de Onís (Cangas de Onís (comarca), Asturias provincia)
Lugar Específico/Yacimiento: San Pedro de Villanueva 
Forma de Ingreso: Donación
Fecha de Ingreso 09/10/1868”

Muy aséptico, pero al menos ya sabemos que es una pila románica, conocemos sus medidas y su ornamento, y que la mandaron hacer Juan y María en la era 1152 (era hispánica), lo que se corresponde con el 1114 del año de Dios.

¿Hay algo más que debiéramos saber?

Pues sí. Aunque lo trataremos en profundidad en una entrada aparte, antes de ver la ficha de la lámina, vamos a explicar que en la Edad Media el calendario era diferente al actual, pues se manejaba el calendario juliano, establecido por Julio César en el año 46 antes de Cristo, el cual comenzaba a contar desde el año 708 a.U.C., o sea, desde la fundación de Roma. En Hispania, no se sabe bien el porqué, se empezó a contar a partir del año 746 a. C. de Urbe Condita, o sea, el 38 a. C.

Estamos, pues, hablando de la que se denomina “era Hispánica”.

Explicado grosso modo y en líneas muy generales, en el siglo VI se calculó el nacimiento de Cristo. Se siguió utilizando la era hispánica como método de cómputo del tiempo. Fue abolida definitivamente en el siglo XV, lo cual obligó a ajustar fechas, y la única manera de hacerlo fue atrasar el calendario los 38 años de desfase entre la era hispánica y el Año de Dios, Era Domini o Anno Domini. Así, a la era 1152 la restamos 38 años de desajuste y nos hemos trasladado al 1114 annus Domini. Como dije, otro día hablaremos de ello en profundidad.

Volviendo a nuestra pila bautismal, reproducimos la segunda ficha del Museo Arqueológico, aunque aporta poco. Nos da otro hilo del que tirar, pues nos habla de una publicación titulada “Museo Español de Antigüedades” y a ella recurriremos.


Seguimos buscando. Los fondos del Ministerio de Cultura son para los aficionados como el Arca de la Abundancia navegando perdida por un abismo. Inagotables pero difíciles de encontrar, al menos para quien esto escribe.

Ha habido suerte, ya está localizado sin mucho esfuerzo lo que buscábamos:

Portada de la revista. Tomo IV año 1875

Ahora vámonos a las páginas 435 a 441:

Empieza D. José Villa-Amil y Castro, “Individuo del Cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Anticuarios, y Académico Correspondiente de la Historia”, además de doctor en Derecho y jefe de dicho Cuerpo administrativo, por darnos una PARTE I de tres páginas, introductoria acerca de las pilas bautismales y las bondades del Bautismo, pero que no nos interesa. Es tan rica en detalles y en datos que los corroboran, que más bien parece un tratado de Derecho Canónico que una exposición de Historia del Arte.


En la parte II es donde ya entra en el detalle de la pila. Comienza con una rica descripción del monasterio:

“De historia incierta el monasterio de San Pedro de Villanueva, le han conquistado lugar de importancia entre los monumentos históricos más apreciables, ciertas esculturas que adornan la portada de su iglesia…”

               Nos remite a la historia que ya conocemos acerca de la desventurada muerte del rey don Favila y se basa, ¡cómo no!, en la obra de nuestro buen obispo de Tuy y Pamplona, fray Prudencio de Sandoval. No nos vamos a volver a entrar en ella otra vez.

Hace después alusión a otros autores que discuten a Sandoval, a quien disculpa por sus errores en cuanto a la antigüedad del edificio, se desentiende de la portada y se centra en lo que le interesa, la pila bautismal.

Copio al pie de la letra con la ortografía de la época:


“Además de la iglesia propiamente monástica, tenía este monasterio otra destinada a parroquia -lo mismo que otros monasterios que estaban encargados de la cura de almas- de la cual ninguna noticia dan los escritores modernos ni mayor podemos darla que la consignada por Sandoval, … con estas palabras: “Tiene este monasterio dentro de su cerca la Iglesia parrochial distinta de la del monasterio, como se halla en todos los monasterios antiguos; sírvela un clérigo…” Fáltanos ahora saber cual de esas dos iglesias, la parroquial o la monástica, es la que hoy se conserva, pero parece probable que sea la segunda. En la otra es donde debió estar colocada la pila bautismal que nos ocupa.”

 “Es la pila contemporánea de la iglesia […] cuyo año de fabricación ella misma nos revela, así como los nombres de las personas, marido y mujer probablemente, que la hicieron, no con sus manos, sino costeándola, con arreglo al propio y recto sentido aquí de la palabra fecerunt: circunstancias ambas que constan en la inscripción que corre al rededor (sic.) de toda ella

JOANNES ET MARIA FECERUNT HOC OPUS IN ERA MaCLII” (Año 1114 de nuestra era)


A continuación, nos da las medidas y nos informa de que “pudiera servir bien para la inmersión de un niño, pero de un niño de muy poco tiempo solamente” y que corresponde a las pilas de transición, a mitad de camino entre las grandes pilas de inmersión y las actuales que sirven para contener y recoger el agua derramada sobre el bautizado. 

Volveremos sobre este tema.

 

“Elegantes y bellísimas orlas de gusto bizantino han sido llamados los follajes serpenteantes que la adornan en su parte superior y en la inferior, con las cuales y la inscripción viene a quedar dividida en cinco fajas (…) 

“En el borde se notan profundos rebajos, que se causaron con haber servido largo tiempo para que afilasen en él las hoces los labradores cercanos a la casa del señor Cortes y Llanos donde se ha conservado en Cangas de Onís, hasta que, por liberal donación de ese señor, fue trasladada al Museo Arqueológico nacional (sic.)”.


          “Si esta pila continuó, como cabe suponer, sirviendo para la administración del bautismo hasta tiempos muy modernos (estamos en 1875), debió estar provista con su correspondiente tapa y cerrada con llave (1), y metida en una capilla particular, si la iglesia la tenía, con todo el decoro exigido por las disposiciones sinodales de los tiempos de que data la reforma disciplinaria de la Iglesia para la guarda de las pilas bautismales"

“La sencillez de la nuestra no nos autoriza para extendernos a analizar el esplendor que el arte cristiano ha desplegado en algunas ocasiones para la decoración de estos importantes accesorios del templo, y de lo que es notable ejemplo la tan famosa pila de Hildesheim.”

“Por otra parte, su falta absoluta de ornamentación iconográfica nos evita el descender a las prolijas descripciones y entrar en las investigaciones extensas a que suelen arrastrar los asuntos esculpidos en los objetos historiados; así como, su destino, perfectamente conocido, nos exime de cansarnos en investigar los usos que pudo y debió tener; y su fecha, consignada en ella misma con toda claridad, nos liberta a amontonar datos y de tratar de detenernos en deducir de sus caracteres intrínsecos y extrínsecos la época probable en que fue labrada.”


Firma de D. José Villa-Amil y Castro


        (1)  El precepto de tener cubiertas las pilas se remonta al siglo XI, y sobre este punto dio posteriormente una constitución San Edmundo en 1236. Obligó a cubrirlas con una tapa de madera, cerrada con llave o con sello de cera, mientras no fueran utilizadas. Todas ellas debían tener un orificio de salida de agua, pero como esta estaba consagrada, permanecía mucho tiempo en la taza, a veces meses enteros, lo que ocasionó que muchas se deterioraran por la humedad.


      

 “Estén las pilas en vna capilla o en vna red al rededor cerrada con su llaue: e las tengan cubiertas: y en las yglesias que esto no se pudiere hazer, por no tener capillas o lugares desocupados, donde las tales redes se puedan hazer, (…) Que tengan sus cobertores de madera puestos de manera que se puedan cerrar con llaue: y que aquesta llaue tenga el rector o su lugar teniente” (sic.) (Constituciones Sinodales del Obispado de Córdoba, año 1520.

En las Constituciones Sinodales de Oviedo se dice que:

 

“En cada Iglesia parroquial ha de auer pila de Baptismo, y en la Iglesia anexa, como tenga quinze vezinos, y estará en vna capilla particular (donde pudiere auerla) muy limpia y cubierta con su tapa, y cerrada con llaue: y donde no vuiere capilla por lo menos estará cerrada con llaue, porque tal guarda requiere el lugar donde se administra tan grande Sacramento, y esta llave tendra el Cura, como ministro ordinario, que es, de este Sacramento” (sic.)

Hasta aquí la descripción literal que se hizo hace ciento cuarenta y seis años. Es la descripción física adornada con apreciaciones personales.

Vayamos ahora con las apreciaciones propias, con detalles que parece que se pasaron por alto al señor Villa-Amil.

        Ciertamente, la pila es más pequeña que las del mismo siglo que estamos acostumbrados a ver en Castilla y León. Sus medidas son de 63 centímetros de altura y 75 de diámetro, frente a los, por ejemplo, 144 cm de diámetro y 98 cm de altura desde el suelo al borde, de la pila de la iglesia de Ntra. Sra. de la Asunción, Caballar, Segovia, también del siglo XII, 

Pila bautismal de Caballar, Segovia



            Pero no se tuvo en cuenta que en la Asturias del siglo XII ya no era necesario realizar tantos bautismos a adultos y con el paso del tiempo desde el siglo X se había dado un aumento de bautismos de niños ya instruidos en la fe cristiana. 

Iglesia de San Miguel Arcángel, castillo de Turégano, Segovia



Además, siguiendo muy atentamente a la gran especialista en pilas bautismales, doctora doña Garbiñe Bilbao López,

<<Es necesario incidir en el hecho de que el Occidente medieval sólo conoció un tipo de bautismo que, además, fue el mismo que ya aparece en los frescos de las catacumbas y las   escenas de los sarcófagos del primer arte cristiano: inmersión parcial -mayor o menor según las dimensiones del recipiente bautismal y del propio neófito- complementada con la pila de Villanueva refiriéndome a un aspecto triple infusión del agua sobre su cabeza. Aunque es cierto que las pilas carentes de pie, como ésta de Villanueva, muestran un aspecto más arcaizante, no es correcto denominarlas "pilas de inmersión", ya que los textos sinodales y los cánones de los concilios de aquellos siglos prueban que la inmersión fue el único rito bautismal dispensado en cualquier tipo de pila. Así pues, es evidente que el calificativo "de inmersión", so pena de no clarificar nada, induce a error, siendo más conveniente evitar su uso.>>

Pieza 50181 MAN

Para acabar, sin que se me olvide agradecer la ayuda recibida de Pedro Lozano Huerta, gran conocedor del románico y quizás la persona que más pilas bautismales haya visto en toda España después de Dª María Esther Garbiñe Bilbao López, hay que añadir que la decoración vegetal quiere decir que estamos ante la mítica Fuente de Vida Eterna que hay en el centro del Paraíso de Dios, cuyas aguas confieren la inmortalidad al alma del bautizado, sin perder de vista que cada representación vegetal tiene un significado diferente.

Pieza 50181 MAN

  Por ejemplo, los árboles expresan la idea de vida fértil y abundante; las hojas y frutos de la vid representan la presencia de Cristo Eucarístico, lo mismo que las espigas de trigo; las flores son una representación del Jardín del Edén; la flor de lis es la flor del Rey del Mundo y de la santidad; el lis simboliza el Acto Redentor llevado a cabo por Cristo, mediante el cual purificó a la Humanidad del pecado original; la palma es el símbolo del martirio… Y en el mismo sentido se expresa la doctora en Historia del Arte Dª Ana María Quiñones Costa, para quien

“Nada mejor que las pinturas de las catacumbas, los primitivos sarcófagos y los mosaicos de iglesias y mausoleos para observar la asimilación de signos y símbolos de otras religiones; así, símbolos como la vid y las escenas de vendimia, propias del culto dionisíaco serán entendidas como símbolos de la Eucaristía; las guirnaldas de flores identificadas con la inmortalidad; la corona que encierra el crismón y lo eterniza constituye una supervivencia clásica de los clípeos o escudos con el que los romanos circunscribían las imágenes de los mayores para darles valor de eternidad; etc…”
Pieza50181MAN
 

A través de estos signos y símbolos, que a veces eran figuras, animales o vegetales, los cristianos exponían sus conceptos religiosos, expresaban su fe; no les movía un mero y simple interés decorativo y estético, pues de una manera u otra querían decir que el hombre pagano a través del Bautismo era redimido de sus pecados, renaciendo a una nueva vida espiritual y obteniendo la purificación de su alma. 

 En la pila bautismal de San Pedro de Villanueva tenemos las guirnaldas que recorren toda la circunferencia de la pila, las cuales son una metáfora de la Naturaleza en perpetuo renacimiento, o sea, la inmortalidad.

Esto es lo que le espera al bautizado cuando se abre al mundo de Dios, su alma inmortal está limpia de pecado, así lo significan flores y tallos que son regados por las sagradas aguas bautismales que harán que nunca perezcan.

Nadie daba puntada sin hilo; lo que vemos como adorno pocas veces carece de explicación. El que se bautizaba en nuestra pila entraba en el Paraíso. Los comitentes de la misma, IOANNES ET MARIA, rodean su nombre con sendas guirnaldas, símbolo de eternidad, porque también buscan entrar en el Paraíso lavando los pecados que pudieran haber cometido después del Bautismo, lo cual hacen con las lágrimas de la Penitencia y el testimonio de sus buenas obras, el testimonio de las mismas hecho piedra que hoy contemplamos ochocientos años después.

Porque las palabras se las lleva el viento y lo escrito perdura, y más si quedó escrito en un libro de piedra.

Pieza 50181 MAN


Hoy en día continúa la pila de San Pedro de Villanueva en el Museo Arqueológico Nacional, en la Sala 27, la cual permanece cerrada al público obedeciendo a las medidas tomadas por la  la dirección del mismo de cara a la pandemia, pero puede ser admirada desde el pasillo, acompañada de capiteles, columnas, monumentos funerarios y la que probablemente sea su amiga con la que charle por las noches, cuando las luces del museo se apagan y los guardas hacen las rondas, de las nobles cabezas bautizadas en su vaso,  la pila bautismal de Mazariegos, Burgos, de muy distinta factura y más antigua según su ficha del MAN, objeto 1932/8/1, pues afirma que en ella pone Era MC, lo que la sitúa en el año 1062 de nuestra era, aunque la doctora Garbiñe Bilbao afirma que pone ERA MCXC* (falta un signo) o sea, unos 40 años más joven. Y no solo está fechada la burgalesa, sino que también sabemos que la hizo o mandó hacer, pues junto a la fecha dice “/ PET(R)UZ ME FECIT”.  Aquí cabe más duda: ¿Petrus fue el tallista o el comitente?


MAN. En primer término, pieza 1932/8/1, pila bautismal de Mazariegos, Burgos. Al fondo, pieza 50181, pila bautismal de San Pedro de Villanueva, Asturias. Todas las fotos propias han sido tomadas desde el pasillo.


La sala 27 está dedicada a los Reinos Cristianos y en ella se muestra el papel de los monasterios en la preservación y difusión del pensamiento religioso y el de las ciudades en la producción artesanal y en la organización social. Una lástima no poder pasear por ella para vivir un conjunto de sensaciones que nos ayudarían a viajar en el tiempo hasta la Edad Media peninsular. Seamos positivos y contemplemos sosegadamente las salas abiertas, no sea que por la pena de no ver alguna sala dejemos de disfrutar de las que tenemos a nuestro alcance.


Antonio García Francisco

Madrid, enero 2021