Mucho se habla de ellas, y más aún se ha escrito: en los últimos tiempos han pasado de ser discretas desconocidas a auténticas celebridades del mundo curioso-erudito. Tienen club de fans, grupos y blogs de todo tipo dedicados a ellas, debates encendidos y hasta estudios sesudos que las analizan con lupa, siguiendo su evolución desde diseños casi tímidos hasta otros que parecen querer sacarse un máster en complejidad. Se las ha clasificado de mil maneras porque, al parecer, si algo nos gusta más que descubrir cosas, es ordenarlas en categorías.
Nosotros, sin embargo, venimos sin bata blanca ni intención de complicarnos la vida. Tras darle unas vueltas (las justas), hemos decidido quedarnos con cuatro grupos: marcas de cantero, marcas familiares o de taller, marcas de cuadrilla y marcas de maestro. ¿El criterio? Muy científico: cuántas hay y en qué rincón del edificio las encontramos. A veces, simplificar también tiene su encanto.
| Marca o firma del magister que esculpió la portada del monasterio de San Pedro de Villanueva, Cangas de Onís, Asturias, S. XII |
También sabemos que, en algunos edificios aparece la posible firma del cerebro y pulso que los trazó y levantó con su dirección, el magister operis. Este maestro dejaba también constancia de su trabajo con su marca; el báculo, signo de autoridad, es una de las más fácilmente reconocibles. Después, con el paso del tiempo, empezaron a dejar su nombre.
| El báculo, marca del arquitecto, magister operis, suele aparecer solamente una vez en el edificio. En este caso, San Bartolomé de Ucero, Soria. |
| Catedral de Coimbra, silgo XII |
| Leodegarius me fecit. Portada de Santa María la Real de Sangüesa Navarra. Siglo XII |
| Posible marca de cuadrilla. Los ocho canteros en torno al maestro. Santa María la Real de Nieva, Segovia. Siglo XIV |
| Posible marca de cuadrilla. Santa María la Real de Nieva Segovia. Siglo XIV |
| Posible marca de cuadrilla. Monasterio de Santa María de Carracedo Carrracedo del Monasterio, León. Siglo XII |
| Posible marca de cuadrilla. Monasterio de Rueda Escatrón, Zaragoza. Siglo XII |
Está aceptado que los canteros trabajaban a destajo y se les pagaba según la cantidad de piezas que producían. Cada piedra se marcaba dos veces: primero con la señal del trabajador que la había tallado y después con un signo que indicaba el lugar exacto donde debía colocarse en el edificio o la posición que tenía en la cantera para respetar su orientación y garantizar su dureza y resistencia.
| Marca de colocación del sillar que envía el cantero al albañil |
| Marcas de colocación |
| Efectos de no haber colocado correctamente el sillar. Los canteros conocían perfectamente la ley de cristalización de la piedra. Lo siguen denominando hoy en día "la ley buena" y "la ley mala" |
Si durante la revisión se encontraba algún defecto, se imponía una multa. No cabían ni excusas ni apelación. Tanto el cantero que había labrado la piedra como el encargado de supervisar el trabajo podían perder el equivalente a dos jornales, quedando claro el mensaje: los errores se pagan. Y hasta cierto punto es lógico, pues si una dovela, por ejemplo, está mal tallada, la finalización del arco al que pertenece queda paralizada hasta que se haga la correcta. Para que esto no ocurriera, el cantero labraba una nueva pieza durante la noche para seguir el ritmo al día siguiente.
El control del trabajo era semanal. El día de pago se revisaba todo lo realizado durante la semana anterior y se anotaba en la cuenta de cada operario. Según la calidad del trabajo, el trabajador podía recibir una pequeña bonificación o, por el contrario, una multa si no era capaz de seguir el ritmo de los compañeros. De esta manera tan sencilla se buscaba mantener un buen nivel de calidad en la construcción. En el mundo laboral de hoy en día también existen los pluses de productividad y objetivos asignados con premios y sanciones por cumplimiento o incumplimiento.
Y, como en cualquier entorno laboral, tampoco faltaban los roces. Han llegado a nuestros días los términos de un pleito en la construcción de la catedral de Santiago de Compostela, en el que un cantero acusaba a su capataz de no saber contar por haberle pagado menos piedras de las que realmente había trabajado. Los problemas con las nóminas no son precisamente una cosa moderna.
Es obvio decir que, fijándonos en las distintas marcas que aparecen en un edificio, podemos hacernos una idea bastante aproximada de cuántos operarios participaron en su construcción. Aproximada, porque a veces, según las necesidades o los plazos, podían ser contratados trabajadores ajenos a la cuadrilla por un salario fijo, de modo que no marcaban como los destajistas.
| N o Z. Tres trazos rápidos |
Y no suelen faltar las marcas en forma de ángulo agudo o
una simple cruz. Total, nadie va a copiar la marca de otro para que se la paguen
al plagiado en vez de a él.
| Ideograma en el arcosolio de la familia Cabrera, Monasterio de Santa María de Moreruela, Zamora, siglo XII |
| La llave de Agüero, posible ideograma de D. Bancio, donante del monasterio. Fuente: Salud y Románico |
Por esta razón, es frecuente encontrar las mismas marcas de cantero en edificios situados en distintas poblaciones. A veces aparecen en localidades cercanas, pero en otras ocasiones también se han identificado en lugares bastante alejados. Estas marcas permiten seguir, en cierto modo, el rastro de los trabajadores y talleres que participaron en diferentes construcciones.
Para no alargarnos demasiado en este recorrido por las marcas de cantería, podemos fijarnos en unos ejemplos de Asturias que parecen apuntar a la presencia de una cuadrilla de constructores que se desplazaba de una obra a otra.
En la iglesia del exmonasterio benedictino de San Pedro de Villanueva, en el concejo de Cangas de Onís, aparecen varias marcas, siete hemos contabi8lizado por ahora, formadas por las letras P y R. Estas señales se repiten con pequeñas variaciones que parecen evolucionar desde la P, pasan por la R y acaban convirtiéndose en una B. Además, están grabadas en distintas posiciones: del derecho, inclinadas o incluso invertidas. Esto no suponía ningún problema, porque su función era, como ya hemos dicho, simplemente ser identificada su autoría, contar las de cada autor y pagarlas. Una vez terminado ese proceso, las marcas dejaban de tener utilidad.
| Evolución de la marca en forma de P en San Pedro de Villanueva Villnueva de Cangas, Cangas de Onís, Asturias. Ejemplo de marcas de los miembros de una misma familia |
Conviene recordar algo que hoy puede sorprendernos: es hora de decir y siento tener que ser yo quien lo diga, que en la mentalidad de la Edad Media no cabía la posibilidad de dejar un templo desnudo y en piedra vista. Contadas las piedras y pagados sus importes, las marcas ya no servían para nada. en la mentalidad medieval no se concebía un templo desnudo, con la piedra vista, tal como estamos acostumbrados a verlos ahora. Por lo general, tras levantar el edificio, los muros interiores se cubrían con una capa fina de enfoscado y pinturas y los exteriores eran revocados. Por eso, una vez revisadas las piezas y pagado el trabajo, aquellas marcas quedaban ocultas bajo los revestimientos y nadie las echaba de menos porque habían cumplido con su función y ya eran innecesarias.
| De la P a la R solo hay que añadir una vírgula y de la R a la B solo hay que cerrar esa vírgula añadida |
Si nos trasladamos ahora a la iglesia de San Pedro de Quirós, en el concejo del mismo nombre, encontramos de nuevo numerosas B talladas en la piedra. Lo mismo ocurre en la iglesia de San Juan de Amandi, en el concejo de Villaviciosa. Allí vuelven a aparecer estas mismas marcas, aunque acompañadas de otras más elaboradas. Entre ellas se distinguen una M mayúscula de
ntro de una cruz, una X que recuerda al crismón situada entre dos líneas paralelas y varias N. A pesar de esta variedad, las marcas más repetidas siguen siendo las B. Esto nos daría pie para pensar que nuestro taller trabajó en las tres iglesias, y que incluso pudo hacerlo simultáneamente en dos de ellas cuando se estaban acabando los trabajos en una.
Si colocamos estas iglesias sobre un mapa y trazamos una línea entre ellas, aparece un recorrido que parte del área oriental cercana a la costa y se dirige hacia la zona central del Principado. Quien esto escribe lamenta no conocer lo suficientemente el románico asturiano, ni tener medios para hacerlo, como para poder indagar si hay más vestigios de la presencia de este taller de canteros en la zona. Sería interesante porque, al leer lo hasta aquí escrito a un amigo, me comenta, y lo pongo en cursiva porque no es un dato propio y quien me lo facilita prefiere mantenerse en la sombra, que,
curiosamente, ese mismo trazado discurre muy cerca de uno de los antiguos caminos que llevaban a Santiago de Compostela, utilizado antes de que se consolidara el conocido Camino Francés, más cómodo y transitado.
No sería de extrañar que la familia de canteros siguiera el Camino ofreciendo sus servicios allí donde quisieran erigir un templo y se pusieran de acuerdo en las condiciones económicas, pues el Camino de Santiago fue el principal vector de difusión del estilo románico.
Aun así, no todo el mundo coincide en que estas marcas respondan únicamente a un sistema de contabilidad básica del trabajo. Hoy vivimos rodeados, saturados y casi borrachos de información, pero muy alejados de los conocimientos simbólicos de la Edad Media, lo que favorece teorías más imaginativas que sólidas: todo vale, y cuanto más absurdo mejor se acepta y más se vende.
Esta distancia cultural nos invita a dudar y a mantenernos prudentes a quienes preferimos mantener que no es fácil interpretar con seguridad todo lo que se presenta ante los ojos y que no estamos en posesión de la verdad absoluta. Puede que tengan razón otras teorías, no olvidemos que hay tantas interpretaciones como intérpretes, y no se puede descartar que algunos de estos signos —pero solo algunos, no todos— tuvieran un significado que hoy se nos escapa. No obstante, estamos de suerte; como estas pequeñas señales siguen despertando el interés de cada vez más personas, quizá en el futuro alguien descubra un motivo distinto para su exitencia y podamos comprender que su propósito era muy diferente de lo que hoy afirmamos con tanta seguridad.
Porque casi siempre, nosotros lo sabemos, la piedra guarda más de una historia… y no todas están a simple vista.
Antonio García Francisco.
Madrid, en la festividad de San Dimas, patrón de prisioneros, moribundos y arrepentidos, y protector de relojeros y sepultureros.
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