El simbolismo de los animales en el arte y en la mentalidad medieval. Ejemplos.
Desde tiempos remotos, las distintas culturas han atribuido a los animales significados simbólicos relacionados con cualidades humanas. Muchas de estas asociaciones se originaron a partir de la observación de sus características físicas o de los comportamientos que se les atribuían. Aún hoy seguimos utilizando algunas de ellas: el perro representa la lealtad; el león, la fuerza; o el mono, los instintos más descontrolados.
La Edad Media heredó gran parte de estas tradiciones simbólicas, originarias de civilizaciones anteriores, y las incorporó a su propia visión del mundo. Los animales se convirtieron así en un recurso
habitual para representar virtudes, defectos, valores morales e incluso
aspectos de la divinidad.
Cuando se trataba de simbolizar a Dios o a las figuras
más elevadas del cristianismo, se recurría a animales considerados
especialmente nobles o poderosos. El león evocaba autoridad y majestuosidad; el
águila se asociaba con la elevación espiritual; y el toro representaba fuerza y
vigor. No es casualidad que estos tres animales formen parte del llamado tetramorfos, el conjunto de símbolos que identifica a los evangelistas.
Otros animales adquirieron significados igualmente
relevantes. La paloma, asociada a la pureza y al mundo espiritual, terminó convirtiéndose en la representación más reconocible del Espíritu Santo. El cordero,
por su parte, recordaba los sacrificios rituales y acabó representando a Cristo
como redentor de la humanidad.
Sin embargo, la función de esta iconografía no era
únicamente decorativa o teológica, sino que también cumplía una importante labor
educativa. En una sociedad en la que gran parte de la población era analfabeta, las
imágenes ayudaban a transmitir enseñanzas morales. Por ello fueron tan
populares las fábulas protagonizadas por animales, cuyos comportamientos
servían para ilustrar virtudes y defectos humanos.
Estas narraciones tenían raíces muy antiguas y procedían, en gran medida, de las tradiciones griegas y romanas. Con el tiempo, muchas de ellas fueron transmitidas y adaptadas tanto en el mundo islámico como en el cristianismo medieval. Además, algunos autores las recopilaron y las adaptaron en diversas obras con el objetivo de transmitir enseñanzas morales a sus lectores.
La influencia de las fábulas puede apreciarse en numerosos templos románicos. Un ejemplo destacado se encuentra en la iglesia de San Martín de Tours, Frómista, Palencia, donde aparecen escenas inspiradas en relatos tradicionales como la de la zorra y el cuervo (Esopo, Grecia, siglo VI a.C.) en el interior, o la del asno y la lira (Fedro, Roma, siglo I d.C.) en el exterior. Estas representaciones funcionaban como auténticas lecciones visuales para los fieles.
| La zorra y el cuervo. Frómista, Palencia |
| Asno arpista. Frómista, Palencia |
A medida que se ampliaba el conocimiento sobre el mundo animal gracias a los bestiarios, los relatos de viajeros y las tradiciones religiosas, en especial la Biblia, cada especie iba adquiriendo un valor simbólico concreto. En la
mentalidad medieval, casi todos los animales podían vincularse con alguno de
los dos grandes principios que estructuraban la visión cristiana del universo:
el Bien y el Mal.
No obstante, estos significados no eran fijos. Un
mismo animal podía representar ideas opuestas según el contexto en el que
apareciera. El león, por ejemplo, suele simbolizar a Cristo, pero en
determinadas escenas también encarna las fuerzas malignas que amenazan al
creyente. Del mismo modo, el perro, asociado habitualmente a la fidelidad,
puede aparecer representado como una criatura monstruosa vinculada al infierno
y al castigo de los condenados.
Entre los animales tradicionalmente vinculados a valores positivos destacan la abeja, símbolo de castidad, laboriosidad y diligencia; el camello, ejemplo de humildad; la cigüeña, vinculada a la fidelidad conyugal; la golondrina, relacionada con la esperanza; o el antes citado perro, imagen de la lealtad. Incluso el castor (1), un caso especialmente curioso, se vinculaba a la castidad debido a la creencia popular de que se automutilaba para escapar de sus cazadores. Esta riqueza de significados convirtió al mundo animal en uno de los lenguajes simbólicos más importantes del arte medieval. Otros, como el águila, el ciervo, el delfín, el gallo, el león, el pelícano o el pez, fueron interpretados como símbolos de Cristo.
(1) Durante la Edad Media, el castor europeo (Castor fiber) habitaba en prácticamente todos los ríos y humedales del continente europeo, desde las islas británicas hasta Rusia, y desde Escandinavia hasta los límites de las penínsulas del sur.Sin embargo, a lo largo del medievo (siglos V al XV), su población sufrió un declive drástico y desigual debido a la caza intensiva por su piel, su carne y el cotizado castóreo, una secreción muy codiciada en perfumería y en medicina medieval.
La simbología medieval también atribuyó significados negativos a numerosas especies, que pasaron a representar los pecados, las tentaciones y las fuerzas del mal. Estas asociaciones formaban parte del mismo lenguaje visual, de manera que también servían como recurso fácilmente reconocible para instruir a los fieles y reforzar los valores cristianos.
El panorama, pues, era el siguiente:
- Algunos se vinculaban directamente con los pecados capitales. La ardilla era imagen de la avaricia por su actividad recolectora; el asno y la tortuga simbolizaban la pereza por su lentitud, y el cerdo, la gula. La lujuria podía encarnarse en animales tan diversos como la liebre, el mono, el sapo o la rana.
- Otros, por el contrario, expresaban actitudes consideradas moralmente reprobables. El zorro era emblema de la astucia engañosa y la hipocresía; el jabalí y el oso representaban la ira y la violencia descontrolada; y la lechuza, asociada a la oscuridad, podía simbolizar el vicio o el alejamiento de la luz espiritual. Sin embargo, en algunos contextos, también podía representar al monje que, desde la soledad de su celda, se entrega a la oración y a la contemplación de lo divino.
- Especial relevancia tuvieron los identificados directamente con el demonio. El lobo fue una de las imágenes más habituales del mal, por su condición de depredador y enemigo de los rebaños, símbolo del rebaño de los fieles. El macho cabrío llegó a convertirse en una de las representaciones demoníacas por excelencia, mientras que la ballena, el gato o incluso el camaleón podían ser interpretados en determinados bestiarios como encarnaciones de fuerzas malignas.
Mención aparte merece la serpiente, uno de los símbolos más complejos y versátiles de la iconografía medieval. Su asociación con el relato bíblico del Paraíso la convirtió en imagen de la tentación. Sin embargo, dependiendo del contexto, también podía representar la sabiduría, la renovación espiritual e incluso la vida eterna debido a su capacidad de mudar la piel, lo cual demuestra que el significado de los animales no era siempre único ni inmutable.
Esta riqueza simbólica explica por qué el arte medieval
está poblado de criaturas reales e imaginarias cuyo significado iba mucho más
allá de su apariencia. Para los hombres y mujeres de la época, cada animal
podía transmitir una enseñanza moral, una advertencia o una reflexión sobre la
lucha entre el bien y el mal.
…Y
de repente, ¡las criaturas fantásticas!
Junto a los animales reales, el arte románico incorporó
un amplio repertorio de seres fantásticos que aún hoy siguen despertando la
curiosidad de quienes visitan iglesias y monasterios de la época. Dragones, grifos,
sirenas, basiliscos y otras criaturas imposibles aparecen ante nuestros ojos en
capiteles, canecillos, metopas y portadas, formando parte de un universo simbólico
heredado de tradiciones mucho más antiguas, como ha sido ampliamente señalado.
Se ha señalado, aunque pueda resultar reiterativo, que el origen de estos seres se encuentra en las leyendas y mitologías de Oriente y del mundo clásico, donde la imaginación desempeñó un papel fundamental a la hora de explicar aquello que escapaba a la comprensión humana. Durante siglos, las noticias procedentes de tierras lejanas, los relatos de viajeros y el desconocimiento de numerosos fenómenos naturales alimentaron la creencia en la existencia de criaturas extraordinarias situadas mucho más allá de las fronteras conocidas, siempre en lugares remotos, lo que impedía su verificación.
Asimismo, algunos historiadores han sugerido incluso que ciertos
hallazgos de grandes restos fósiles pudieron contribuir al nacimiento de
algunas de estas leyendas. La aparición de restos de huesos y fósiles de animales desconocidos,
interpretados desde una mentalidad carente de explicaciones científicas, pudo
favorecer la creación de seres gigantescos y monstruosos. A ello se sumaban el
temor a lo desconocido y la necesidad de dar forma visible a conceptos
abstractos como el mal, el peligro o las fuerzas caóticas que amenazaban el orden
del mundo.
Sea cual sea su origen, estas criaturas fueron adquiriendo rasgos cada vez más definidos hasta integrarse plenamente en el imaginario medieval. Los escultores románicos las representaron con gran detalle, combinando elementos humanos, animales y fantásticos para crear figuras tan fascinantes como inquietantes.
Cada una de ellas desempeñaba, además, una función concreta
dentro de las narraciones tradicionales. Los grifos, mitad águila y mitad león,
aparecían como guardianes de tesoros y riquezas fabulosas. Los dragones
simbolizaban el caos, el peligro o las fuerzas malignas, y con frecuencia
custodiaban lugares inaccesibles. Por su parte, las ninfas acuáticas y las
nereidas, frecuentemente confundidas con las sirenas, eran consideradas
espíritus vinculados a fuentes, ríos y manantiales, capaces de atraer y
volver locos a quienes caían bajo su influencia.
Con la expansión del cristianismo, muchas de estas
figuras no desaparecieron, sino que fueron reinterpretadas. Sus antiguos
significados paganos, como tantas cosas, se adaptaron a las necesidades del pensamiento medieval y
pasaron a formar parte del lenguaje simbólico de la Iglesia. De este modo, las criaturas fantásticas dejaron de ser simples personajes legendarios
para convertirse en herramientas visuales destinadas a transmitir enseñanzas
morales, advertencias espirituales y reflexiones sobre la eterna lucha entre el
bien y el mal, tras cobrar piel, carne y huesos, adquiriendo así una dimensión absoluta y plenamente simbólica.
Gracias a esta transformación, el arte románico heredó un
extraordinario bestiario en el que convivían animales reales y seres
imaginarios, todos ellos dotados de un significado que iba mucho más allá de su
apariencia. Sus figuras siguen observándonos desde las piedras de iglesias y monasterios, recordándonos cómo la imaginación fue capaz de dar forma a los miedos,
creencias y esperanzas de toda una época.
La variedad de criaturas fantásticas presentes en el arte medieval es tan amplia que resultaría imposible elaborar una lista cerrada y definitiva. A lo largo de los siglos se fueron incorporando seres procedentes de tradiciones muy diversas, algunos de los cuales ya han aparecido en distintas entradas de este blog. El repertorio es muy amplio y refleja la extraordinaria riqueza del imaginario medieval. Por esa razón, en lugar de intentar abarcar un catálogo completo, resulta más útil detenerse en algunos de los ejemplos más representativos. Nos centraremos en una selección reducida a apenas media docena de criaturas especialmente significativas.
Tal vez más adelante nos sintamos con ánimo suficiente y busquemos el momento y la ocasión de adentrarnos en una visión más amplia del bestiario medieval. La imaginación no deja de trabajar y ya va dando forma a un pequeño proyecto casi de bolsillo, del mismo modo que ocurre con el glosario de términos arquitectónicos actualmente en curso, aunque ahora no siempre hay fuerzas para seguirle el ritmo. Pero todo llegará, si la vara de la constancia no se rompe; la idea queda archivada en la carpeta de proyectos futuros.
Los grandes protagonistas del bestiario fantástico
Entre las innumerables criaturas que poblaron la imaginación medieval, algunas alcanzaron una extraordinaria difusión y se convirtieron en elementos habituales de la decoración románica. Sus figuras aparecen esculpidas en capiteles, canecillos y portadas, así como en manuscritos iluminados, donde desempeñan funciones simbólicas concretas. Aunque el catálogo es inmenso, merece la pena detenerse en algunas de las más representativas para comprender cómo la fantasía, la religión y la tradición clásica se combinaron en la creación de uno de los conjuntos iconográficos más fascinantes de la Edad Media.
La arpía
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Criatura fantástica (por favor, no digan "animal fantástico", no es un animal) con cabeza humana, generalmente femenina aunque en ocasiones masculina, a veces con gorro frigio, cuerpo de ave, patas rematadas en pezuñas y cola de escorpión o de serpiente. En la iconografía medieval se trata de un ser despiadado que llegó a simbolizar el conjunto de los vicios y las pasiones más bajas del ser humano.
En la tradición griega, romana y medieval se creía que estas criaturas desencadenaban las tormentas. Cuando hoy se llama arpía a una persona, se alude a alguien despiadado, cruel o carente de compasión.
| Arpías. Duratón, Segovia |
| Arpía varón. Barrio de Santa María, Palencia |
El basilisco
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Criatura de
cabeza monstruosa, cresta de gallo, cuerpo de reptil, patas de ave y cola rematada en una
punta de lanza, el basilisco era considerado un emisario de los demonios
y el guardián de grandes tesoros.
En el arte románico, además, desempeña la función de conducir las almas de los condenados al infierno. Por ello suele aparecer en las escenas de pesaje de las almas
(psicostasis), a menudo junto a San Miguel Arcángel.
| Basilisco. Sangüesa, Navarra |
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| Basiliscos. Aguilar de Bureba, Burgos |
| Basilisco. Oquillas, Burgos |
| Basilisco recogiendo el alma de un avaro. Rebolledo de la Torre, Burgos. |
El centauro
Pocas
criaturas de la mitología clásica han arraigado tan profundamente en el imaginario occidental
como el centauro. Esa combinación de cabeza y torso humanos sobre el
cuerpo de un caballo no solo nos resulta familiar por su estrecho vínculo con
Sagitario y el zodíaco, sino por la poderosa carga psicológica que arrastra
desde la Antigüedad.
Cuando los
artistas de la Edad Media adoptaron esta figura, no respondía a razones puramente estéticas. Para la mentalidad medieval, el centauro se convirtió en una representación privilegiada de la dualidad humana: la mitad superior representa la razón, mientras
que la mitad equina encarna los impulsos más salvajes e irracionales. Por eso,
en los relieves de los templos románicos es habitual verlo en actitud
violenta, cazando o arremetiendo contra todo lo que se cruza en su camino, ya
sean animales, almas indefensas (a menudo representadas con forma de ave o de ciervo) o
incluso luchando contra sus propios semejantes.
Esta
agresividad no se limitaba a la caza y a la lucha. En muchas escenas, los centauros
aparecen acosando a mujeres, una iconografía que la Iglesia utilizó para
alertar a los fieles sobre los peligros de la lujuria, la pérdida de
autocontrol y cómo los deseos más primarios pueden terminar devorando la
dimensión espiritual si no se controlan.
| Centauro sagitario. Requijada, Segovia |
| Centáuride (mujer centauro) amamantando a un niño humano. Capitel en el castillo de Frías, Burgos |
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| Centáuride amamantando a un niño humano. Canecillo en la iglesia de San Miguel en la Villa de Fuentidueña, Segovia |
| Centauros. Posible centáuride con lanza y sagitario. Capitel de la iglesia de San Claudio de Olivares, Zamora |
La anfisbena
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La anfisbena es una criatura mítica que ha ido
cambiando mucho a lo largo de los siglos. Se dice que nació de las gotas de
sangre que cayeron sobre la arena del desierto desde la cabeza decapitada de
la gorgona Medusa. Al principio era una serpiente con dos cabezas,
una en cada extremo del cuerpo, lo que le permitía moverse en ambos sentidos, y
se alimentaba de hormigas.
Con el tiempo, pasó a seguir a los ejércitos para
alimentarse de los cadáveres tras las batallas. Más adelante, en la Edad Media,
aparece representada con patas de ave y, en ocasiones, con alas. En esa época
se le atribuye una lectura simbólica que une el bien y el mal en una sola
criatura, representados en sus dos cabezas, una blanca y una negra.
| Erinia. Iglesia de Santa María. Santoña, Cantabria |
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| Anfisbenas devoran a dos obis herejes. Castillo de Loarre, Huesca |
| Anfisbena. Iglesia de San Andrés. Soto de Bureba, Burgos. |
| Anfisbena. Antiguo monasterio de San Pedro de Villanueva. Parador Nacional de Cangas de Onís. Asturias. |
La erinia
(Ampliar información pulsando aquí)
La erinia es otra
criatura nacida de la sangre, como la anfisbena. Si esta última nació de las
gotas de sangre que cayeron sobre la arena del desierto sirio desde la cabeza
decapitada de la gorgona Medusa, cuando Perseo la transportaba sobrevolando
aquellas tierras, la erinia tiene otro origen igualmente violento. Es también,
en sentido estricto, hija de la sangre. Nace de las gotas que cayeron sobre la
arena de la playa cuando Cronos castró a su padre, el
dios Urano, con una hoz de sílex que le había entregado su madre, la diosa Gea. Los testículos fueron arrojados al mar y de la espuma que se formó al entrar en contacto
con el agua nació Afrodita, en uno de esos relatos de la Antigüedad en los
que la violencia da origen a lo divino.
Cronos siguió los
pasos de su padre y fue a su vez vencido por su hijo menor, Zeus. Pero nosotros
ya estamos en el punto al que queríamos llegar: estas criaturas son anteriores al
tiempo de los dioses del Olimpo. Por eso, las erinias son fuerzas primitivas que se sitúan en un plano mítico anterior al orden de Zeus, por lo que no están sometidas a su autoridad y actúan con
independencia de ella.
En principio eran tres bellísimas mujeres, según muestran algunas cerámicas griegas. Su misión era perseguir implacablemente los delitos de sangre cometidos en el seno de la familia y vengar a las víctimas.
Con los romanos conservaron sus
funciones, pero fueron representadas como tres horrorosas ancianas. Más tarde se les
añadieron serpientes por cabellos. En la Edad
Media acabaron siendo transformadas en unas criaturas aladas, híbridas de serpientes con cabeza y patas de
perro. No es difícil entender esta evolución: si su función era vengar los
crímenes de sangre cometidos en el seno de la familia y perseguir sin descanso
durante toda la vida a quienes los habían cometido, pronto fueron identificadas
con los remordimientos. Y es que los remordimientos persiguen y atormentan
hasta la muerte, igual que las erinias.
| Erinia. Duratón, Segovia |
| Erinias. Bareyo, Cantabria |
| Erinia. Hinojosa-Tartanedo, Guadalajara. En esta ermita hay cuatro representaciones de erinias |
| Erinia. Antiguo monasterio de San Pedro de Villanueva Parador Nacional de Cangas de Onís, Asturias |
El grifo
El grifo es una de las criaturas más
fascinantes y longevas del imaginario mítico. Representado con cabeza y alas de
águila y cuerpo de león, su origen se remonta a las antiguas civilizaciones de
Mesopotamia, Persia y Egipto, desde donde pasó al mundo griego y romano hasta
convertirse en una figura ampliamente conocida en toda la Antigüedad.
Su aspecto no es fruto del azar. El
grifo combina dos animales que, en numerosas culturas, simbolizan el poder
supremo: el león, rey de las bestias terrestres, y el águila, soberana de las
aves. Esta unión de fuerzas convierte al grifo en una criatura excepcional,
asociada desde muy temprano a lo sagrado, la realeza y la protección divina.
Sin embargo, su significado cambió con
el paso de los siglos. Durante la Edad Media, los bestiarios cristianos
ofrecieron interpretaciones muy diversas, e incluso contradictorias. Por un
lado, su formidable aspecto —armado con un pico de rapaz y poderosas garras de
felino— lo convirtió en un ser temible, a menudo relacionado con las fuerzas
del mal e incluso presentado como una imagen de Satán. Pero, al mismo tiempo,
otros autores vieron en su naturaleza híbrida un profundo simbolismo religioso.
Para estos intérpretes, el grifo era
una representación de la doble naturaleza de Cristo. La parte superior,
correspondiente al águila que domina los cielos, simbolizaba su condición
divina; el cuerpo de león, vinculado a la tierra, evocaba su naturaleza humana.
De este modo, la criatura reunía en una sola figura el cielo y la tierra, lo
espiritual y lo material. También se la relacionó con dos de los cuatro
elementos clásicos, el aire y la tierra, reforzando así la idea de Cristo como
soberano de ambos ámbitos.
A estas interpretaciones se sumó otra
herencia procedente del mundo antiguo. Como el grifo había estado
tradicionalmente asociado a la luz y a la vigilancia, el cristianismo medieval
lo convirtió también en símbolo de la sabiduría divina. Su extraordinaria
fuerza, por otra parte, hizo que se le considerara una imagen del poder
invencible de Cristo y un emblema de protección frente a las fuerzas del mal.
Así, una criatura nacida en los mitos de Oriente Próximo terminó ocupando un
lugar destacado en la simbología cristiana, donde pudo representar, según el
contexto, tanto el peligro y la amenaza como la salvación y la protección
divina.
"El grifo es el ave más grande de todas las del cielo. Vive en el lejano Oriente, en un golfo de la corriente oceánica. Y, cuando se yergue el sol sobre las profundidades marinas y alumbra el mundo con sus rayos, el grifo extiende sus alas y recibe los rayos del sol. Y otro grifo se alza con él, y ambos vuelan juntos hacia el sol poniente, tal y como está escrito: «Extiende tus alas, dispensador de la luz; entrega al mundo la claridad».
De semejante manera representan ambos grifos la Cabeza de Dios, es decir, al arcángel san Miguel y a la Santa Madre de Dios, y reciben tu espíritu, de forma que no pueda decirse: «No te conozco».
Bien ha hablado el Physiologus en lo referente al grifo."
Phys. griego: Carlill, 231; Peters, 76"
Este texto del Fisiólogo griego identifica plenamente al grifo con la divinidad
“Existe un ave llamada grifo. (...) Estos pájaros son por naturaleza tan fuertes que agarran un buey vivo, se echan a volar con el y se lo llevan a sus polluelos.
Este pájaro representa el diablo. El buey significa el hombre que vive en pecado mortal y no quiere apartarse ni retirarse de él. (...) El desierto representa el infierno, del que vino volando el grifo. Los polluelos significan los diablos que viven en los desiertos; es en las tinieblas del infierno donde la pobre alma mora en manos de sus enemigos”
Este texto de Pierre de Beauvais, redactado entre 1180 y 1206, que recoge una entonces ya larga tradición de bestiarios, identifica claramente al grifo con el Diablo.
| Un grifo llevando un buey entre las garras. Iglesia abacial de Sainte-Richarde de Andlau, Alsacia. Francia |
| Grifo. Butrera, Burgos |
| Grifo. Revilla de Santullán, Palencia |
Las nereidas y las sirenas
(Ampliar información pulsando aquí)
Las primeras
referencias escritas a las sirenas aparecen en la Antigüedad, especialmente en
la Odisea de Homero, aunque también se mencionan en el libro de Isaías.
En la mitología griega, las sirenas no eran mujeres con cola de pez, sino
criaturas monstruosas con cuerpo de ave y rostro de mujer que atraían a los
marineros con su canto para llevarlos a la muerte.
“… primero llegarás a las Sirenas, las que hechizan a todos los hombres que se acercan a ellas. Quien acerca su nave sin saberlo y escucha la voz de las Sirenas ya nunca se verá rodeado de su esposa y tiernos hijos, llenos de alegría porque ha vuelto a casa”.
Odisea, canto XII
«21 Sed requiescent ibi bestiæ, et replebuntur domus eorum draconibus, et habitabunt ibi struthiones, et pilosi saltabunt ibi;
22 et respondebunt ibi ululæ in ædibus ejus, et sirenes in delubris voluptatis.»
(Biblia Vulgata Clementina, edición de 1592). (1)
(1) Lo cual, más o menos, y traducido con los recuerdos de mis conocimientos de latín de bachillerato, plan de 1957, nada menos, viene a decir:
«21 Pero allí descansarán las fieras, y sus casas se llenarán de dragones; allí habitarán los avestruces, y los peludos saltarán allí;
22 allí responderán las lechuzas en sus edificios, y las sirenas en los santuarios del placer.»
| Sirenas-ave. Monasterio de Silos (Burgos) |
Las nereidas,
en cambio, eran ninfas marinas benignas, hijas del dios marino Nereo. Protegían
a navegantes y pescadores, y estaban asociadas a la belleza, la calma del mar y
la fertilidad de las aguas.
| Nereidas. Ventana Absidial Igl. San Miguel Cerezo de Arriba, Segovia, siglo XII |
| Sirenas-ave. Ventana absidial igl. San Miguel Cerezo de Arria, Segovia. Siglo XII |
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| Nereidas a la izquierda y sirenas-ave a la derecha flanquean la ventana absidial septentrional de la igl. de San Miguel Cerezo de Arriba, Segovia. Siglo XII |
Con el paso de los siglos, las tradiciones sobre ambos seres se mezclaron. Las nereidas aportaron la imagen de la hermosa mujer vinculada al mar, mientras que las sirenas conservaron su poder de seducción y de peligro. De esta fusión surgió la figura que hoy conocemos: una mujer de larga cabellera con cola de pez.
La Edad Media
consolidó esta representación en los bestiarios, donde las sirenas simbolizaban
la tentación y la lujuria, y trasladó a las nereidas también a ríos, fuentes y
manantiales. Desde entonces, la imagen de la mujer-pez sustituyó casi por
completo a la antigua sirena con cuerpo de ave. Por eso, las sirenas modernas se parecen mucho más a las nereidas que a las de la mitología griega original, en la que las nereidas son ninfas marinas inmortales y las sirenas perecieron al ser vencidas por Odiseo.
Para finalizar el resumen de esta criatura y como colofón a toda la entrada, quisiera plasmar dos reflexiones de la época. La primera es del siglo VII y no necesita presentación: son Las Etimologías, escritas por San Isidoro de Sevilla, datadas en el año 634:
“En realidad eran unas meretrices, las cuales arruinaban a quienes se acercaban, y estos, se veían luego en la necesidad de simular el naufragio. Tenían alas y uñas porque el amor vuela y hiere. Se dice que vivían en las olas porque las olas crearon a Venus”.
San Isidoro, etimologías.
La segunda cita pertenece a Brunetto Latini, intelectual florentino y figura clave del pensamiento político y humanista del siglo XIII. Esta aparece en su obra Livre du Trésor, que compila conocimientos medievales sobre historia, teología, ciencias naturales, ética y retórica.
"… lo cierto es que las sirenas fueron tres meretrices que engañaban a todos los transeuntes que se cruzaban en su camino y los arruinaban. Y dice la historia que tenían alas y garras en representación de Amor, que vuela y hiere; y que vivían en el agua, porque la lujuria está hecha de humedad."
Livre du Trèsor, Libro I capítulo 136, siglo XIII.
En fin, que siempre hay gente dispuesta a arruinar la poesía y la imaginación con su malaje y su mal vino, y quizá esa sea la verdadera enseñanza de los bestiarios. No importa tanto si estas criaturas existieron alguna vez, sino que durante siglos los hombres creyeron en ellas, las temieron, las admiraron y las utilizaron para explicar el mundo. En las portadas, capiteles y aleros de iglesias y catedrales, anfisbenas y erinias, arpías y centauros, sirenas, nereidas y basiliscos convivían con animales reales sin que nadie sintiera la necesidad de separarlos. ¿Por qué habría de hacerlo si nadie dudaba de la realidad de unos o de otros? Seguramente nunca faltaba algún peregrino que asegurara haber visto una nereida peinándose en una fuente oculta en algún paraje remoto del bosque, a cambio quizá de un rato de conversación y un vaso de vino.
Hoy sabemos más sobre la naturaleza, pero hemos perdido parte de aquella mirada capaz de descubrir maravillas en cada rincón de la creación. Los monstruos han desaparecido de los campos, de los bosques, de los mares, de los cielos y de los mapas; por fortuna, todavía sobreviven en los libros.
Y mientras alguien los lea, seguirán vivos.
Antonio García Francisco.
Madrid, 30 de junio de 2026, festividad de San Marcial.




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