Desde que el hombre desarrolló la capacidad de
escribir, allá por el 3000 antes de cristo, cuando los sumerios empezaron a
plasmar en tablillas de arcillas sus peripecias, la evolución ha sido
exponencial y debido a ello se necesitó guardar los testimonios creados en
recintos especializados a tal efecto. La historia de la escritura es la
historia de la humanidad. La senda del legado de nuestros ancestros, el lugar
donde asomarse en momentos de duda para constatar que, como decía Karl Marx
"La historia se repite, primero como tragedia, después como farsa" o.
Mark Twain: Se le atribuye otra gran frase muy popular: "La historia no se
repite, pero a menudo rima"
Pues toda esa historia ha sido recopilada en lugares
que están en constante ampliación desde que en el siglo VII a C el siglo el rey
asirio Assurbanipal fundó en Nínive una monumental biblioteca con miles de
tablillas de arcilla.
Para una parte
de nosotros es un lugar de culto donde lo viejo se mezcla con lo nuevo, donde
se puede encontrar olores avainillados ante la descomposición de la lignina que
al oxidarse con la edad libera sustancias que desprenden ese olor: Maderas,
cueros, texturas, nos trasladan a épocas lejanas y evoca historias en nuestro
subconsciente, haciendo de este refugio del conocimiento un lugar especial, creando su propio patrimonio,
Sabíais que esta sensación tienen un
nombre, el efecto Proust, El nombre
proviene de un famoso pasaje de la novela En busca del tiempo perdido del
escritor francés Marcel Proust, donde el protagonista revive su infancia al
mojar una magdalena en una taza de té.
Pues bien, hoy tenemos con nosotros a una persona que
seguro ha dejado irse su imaginación alguna vez que otra, dentro de un recinto
donde la investigación sustenta la conservación del patrimonio de nuestra
región, convirtiendo su trabajo en un baluarte de primera importancia. Hoy
charlamos con Sofía Díaz Rodríguez

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