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domingo, 28 de junio de 2026

Laudas sepulcrales medievales: las piedras que guardan historias

Querido lector, es posible que no nos conozcamos personalmente, pero llevamos ya cinco años compartiendo historias y conocimientos sobre el estilo románico en particular y la Edad Media en general, lo cual nos facilita cierto tipo de acercamiento, el del gusto por temas comunes. Hoy traemos al blog de Radio Cangas un tema que viene de mucho más atrás en el tiempo, el de las laudas funerarias, una manera antiquísima que la Humanidad ha utilizado y sigue utilizando para recordar a sus muertos. Desde el albor de los tiempos, los humanos han honrado de alguna manera el sitio donde enterraban a sus seres queridos; infinidad de dólmenes y otros monumentos funerarios, recordemos, por ejemplo, los dólmenes prehistóricos y las pirámides del antiguo Egipto, nos lo recuerdan al cabo de miles de años.

Dolmen de Dombate en 1993
Vimianzo, A Coruña
Año 4000 a.C.

Dolmen de Dombate hoy en
Vimianzo, A Coruña


Ajustándonos a  nuestro tema, la Edad Media, estoy completamente seguro de que alguna vez has entrado en una iglesia antigua, quizás la de tu pueblo, o en una catedral, y has visto grandes losas de piedra en el suelo, algunas con dibujos, escudos o letras tan desgastadas que apenas se distinguen. Es fácil pasar por encima de ellas sin prestarles demasiada atención, tal vez porque somos incapaces de leer sus enrevesadas grafías, o puede que sea porque no entendemos de heráldica lo suficiente, o nada, para interpretar los escudos genealógicos grabados en ellas,  pero lo cierto es que esas piedras encierran siglos de historia. Son las laudas sepulcrales, auténticos testigos del pasado que nos hablan de quienes vivieron y murieron hace cientos de años y cuyos restos mortales descansan bajo ellas.

Graves elogios.
Izquierda, siglo XII. Derecha,
Monasterio de San Pedro de Villanueva, del siglo XV. Ónix Cangas. Asturias


Pero una lauda es algo más que una lápida

Cuando pensamos en una tumba, solemos imaginar una lápida como las actuales, pero en la Edad Media la función de una lauda iba mucho más allá de señalar dónde descansaba una persona. Vaya por delante que somos conscientes de que no todo el mundo podía costearse una lauda y que no a todo el mundo le importaba tenerla o no.

Estas grandes losas de piedra cubrían la sepultura y más que para recordar dónde estaba enterrado, servían para mantener viva la memoria del difunto. Lo importante era la memoria, no los restos mortales. En ellas se grababan cruces, escudos de armas, figuras humanas e inscripciones con el nombre o los títulos de quien estaba enterrado. Cada detalle tenía un significado y contaba algo sobre su vida, su familia o su posición social; además, mediante símbolos podía darnos detalles sobre cuál fue su profesión o si murió en el campo de batalla o de muerte natural, por ejemplo.

En cierto modo, eran una especie de "tarjeta de presentación" que permanecería allí durante generaciones y los orgullosos descendientes del finado las conservarían... siempre y cuando les fuera posible, pues sabida es esa verdad moral universal que nos recuerda ars longa, vita brevis,y el tiempo acaba llevándose los recuerdos. 

Lauda en bronce de los marqueses de Navas. Siglo XVI
En ella se informa de que Dª María Enríquez de Córdoba falleció de un cáncer de mama
("cancro sub leva mamilla") en 15660. Las Navas del Marqués, Ávila.

¿Por qué eran tan importantes?

Para entender la importancia de estas laudas que estamos tratando, hay que ponerse en la mentalidad de la Edad Media. En esta época, la muerte no se veía como el final, sino como el comienzo de una nueva etapa. Se creía que las oraciones de los vivos podían ayudar al alma del difunto a alcanzar la vida eterna. Por eso era tan importante que las personas recordaran quién estaba enterrado allí. Cada vez que alguien leía una inscripción o reconocía un escudo familiar, podía dedicar una oración por esa persona, y es seguro que la dedicaba.

Además, las laudas reflejaban el prestigio social. No cualquiera podía permitirse una pieza elaborada por un buen cantero. Cuanto más importante era el personaje, más cuidada y espectacular solía ser la decoración de su enterramiento.

 Lauda de un abad del siglo XII, reaprovechada como sillar en las reformas del siglo XVI.
Monasterio de Santa 
Cristina de Ribas de Sil. Parada de Sil (Orense).


Un lugar privilegiado

Hoy, cuando visitamos en grupos las iglesias románicas, siempre hay alguien que se sorprende de que se hicieran enterramientos dentro de un templo; no es de extrañar porque  durante siglos fue un auténtico privilegio. Otra cosa eran los mecenas que sufragaban el coste de la construcción de un monasterio, o los monjes que lo habitaron.

Los nobles, los caballeros, los miembros del clero y los grandes benefactores aspiraban a descansar en el interior del templo, del monasterio o de la catedral y, cuanto más cerca del altar estuviera la sepultura, mayor era el prestigio que representaba. Además, como el altar siempre estaba orientado hacia el este, hacia Jerusalén, de donde se pensaba que  vendría Jesucristo el día de la resurrección, ellos serían los primeros en resucitar. Lógica aplastante, fruto de una fe inquebrantable.

Pero una cosa son los resultados pretendidos y otra muy diferente los que termina imponiendo el paso de los siglos. Durante generaciones, miles de personas transitaron sobre las laudas, borrando con el roce de sus pasos los escudos, los símbolos y las leyendas de sus titulares y sucesores, hasta hacerlos no ya ilegibles, sino prácticamente inidentificables. Puede que por eso a veces nos resulten indiferentes, aparte de que, por supuesto, no conocemos la historia local de la población en la que están.

Lauda. Igrexa de Santa María. Noia, A Coruña.
Todas las laudas de esta iglesia tienen algo en común:
 No pone nombres en ninguna, solo signos y símbolos

Igrexa de Santa María a Nova, Noia, A Coruña
Museo de laudas gremiales de peregrinos. Ninguna tiene nombres.


Piedras que cuentan historias

Aunque muchas resultan irreconocibles por haber perdido casi todos sus detalles, otras conservan inscripciones perfectamente legibles. No obstante, incluso una lauda muy erosionada puede aportar información valiosa. De ellas, los historiadores pueden averiguar cómo vestían o cómo se peinaban las personas de una determinada época, qué armas utilizaban los caballeros, cómo evolucionaron los escudos heráldicos o incluso qué tipos de escritura eran habituales en cada siglo. Una simple inscripción ha revelado en más de una ocasión la existencia de alguien del que no se conserva ningún otro documento y que constituye el eslabón perdido de una genealogía familiar.

Lauda del colmenareño Benito Pérez, que fue cura de Collado Mediano, Madrid.
Esta lápida del año 1500 y su testamento son los únicos testimonios documentales conocidos sobre su existencia.
Basílica de la Asunción de Nuestra Señora, Colmenar Viejo (Madrid)

El trabajo de los canteros

Detrás de cada lauda había horas de trabajo artesanal. Los canteros tallaban la piedra utilizando cinceles, punteros, macetas, uñetas y otras herramientas con las que conseguían resultados sorprendentes.

Muchas de estas piezas estaban decoradas con un nivel de detalle extraordinario y, aunque hoy las vemos del color natural de la piedra, algunas estuvieron pintadas con vivos colores, lo mismo que los capiteles de las columnas. Con el paso del tiempo esa policromía desapareció casi por completo.

Lauda de Martín Vázquez de Arce, el Doncel de Sigüenza.
Catedral de Sigüenza, siglo XV

Un patrimonio que debemos conservar

Las laudas sepulcrales han sobrevivido a guerras, reformas de edificios, incendios, expolio y siglos de desgaste; no es de extrañar que haya muchas más deterioradas que en perfecto estado.

Por suerte, en la actualidad existen proyectos que las documentan mediante fotografía de alta resolución, escáneres en tres dimensiones o fotogrametría. Gracias a estas técnicas es posible conservar digitalmente sus relieves y estudiar detalles que el ojo apenas percibe. No sería una locura insinuar que se podría hacer una reproducción exacta de cualquier pieza, ya sea lauda, capitel o pila bautismal, que hiciera pasar un mal rato a más de un experto que tuviera que peritar. Y no solo de las bien conservadas, sino también de muchas de "las otras", ya nos entendemos.

Pila bautismal susceptible de ser "clonada" por medios modernos, de manera que
el original quedase en el MAN y la copia en su lugar originario, el antiguo monasterio
de San Pedro de Villanueva, hoy Parador Nacional de Cangas de Onís, Asturias

Mirar al suelo… y viajar al pasado

En conclusión, la próxima vez que visites una iglesia medieval, merece la pena que bajes la vista de vez en cuando. Puede que bajo tus pies haya una lauda sepulcral con cerca de mil  años de historia que no fue puesta ahí solamente para marcar el lugar donde descansa alguien; es una página de un libro o, mejor dicho, es un pequeño libro escrito en piedra que con sus inscripciones y símbolos nos dirá algo de la sociedad medieval, de sus creencias, de sus miedos y de la importancia que concedían a la memoria y a la esperanza de la vida eterna.   

Después de todo, mientras alguien recuerde un nombre grabado en una piedra, una parte de esa persona sigue viva.



Antonio García Francisco.

Madrid, 30 de junio de 2026, festividad de San Ireneo, Doctor Unitatis.





 





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