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jueves, 17 de febrero de 2022

MARCAS Y SÍMBOLOS, LA VOZ DE LOS CONSTRUCTORES MEDIEVALES. (PARTE I, LAS MARCAS)


 

Cada vez que escribo una entrada sobre arte románico en el blog de Radio Cangas Reconquista, me siento agradecido a este medio por permitirme comunicar, tanto verbalmente como por escrito, lo que experimento cuando me enfrento a los templos románicos rurales, generalmente humildes iglesias en pequeños pueblos, mis favoritas pero sin desdeñar monasterios o catedrales, que durante siglos están transmitiendo los mensajes que en ellas nos dejaron escritos sus constructores.

Y también va mi gratitud hacia los organizadores de las charlas culturales del Parador de Cangas de Onís que me dan la oportunidad de explicar directamente a tan amable público, con preguntas espontaneas y respuesta obligatoria, este sentimiento que, muy afortunadamente, me parece que empieza a ser pasión.

De esos mensajes quisiera hablar hoy. De las palabras que quedaron atrapadas en las piedras, unas palabras que surgieron de las voces de aquellos hombres a los que, inevitablemente, siempre imagino afanados en su tarea alrededor de la obra. 

Porque sí, porque  inevitablemente los supongo en su tarea: el maestro, lo que hoy sería el arquitecto, dirigiendo y controlando, ayudado por sus oficiales, que serían antiguo precedente de los modernos aparejadores; unos labrando piedras para los muros o esculpiéndolas para ser usadas en capiteles, canecillos, metopas, dinteles…, otros obreros haciendo la “caldiarena”, la omnipresente argamasa de cal muerta (o apagada), agua y arena con la que las unirán unas a otras en los muros o sobre las cimbras y molduras que preparan los carpinteros para sujetar las dovelas del arco triunfal y del cañón de la bóveda, del medio punto de la portada y ventanas; un poco más allá también veo la fragua donde los herreros avían las herramientas, cada una con un temple distinto según el uso y la dureza de la piedra al que están destinadas: punteros, uñetas, cuñas, gradinas, pistolos y barrenas, trinchantes, escafiladores, hachas, macetas, mazos… También andan por allí los acemileros que acarrean piedra desde la cantera o madera desde el monte cercano, los fámulos que traen el agua, preparan el rancho… un enjambre humano, en suma.

Tranquilos, no haremos una sicofonía para escuchar, la cosa es mucho más sencilla y natural porque las voces que buscamos no son fantasmales, son los mensajes que encierran las propias piedras de las que hablamos.

Pensemos a manera de introducción que, posiblemente, antes de que se inventaran las palabras, se usaron las imágenes para comunicar ideas, y que, a falta de otros soportes como papel o tela, se utilizaron las piedras para representarlas gráficamente.

Bisonte paleolítico en Altamira, Cantabria, 38.000 años
Recolección de miel, Neolítico, Cueva de La Araña, Valencia, 6.000 años.


La cosa no cambió con el paso de los siglos, que inexorablemente continuaron transcurriendo sin lugar a dudas, de manera que al llegar nuestra época románica se seguía hablando a través de las piedras por medio de dos “gargantas”: los signos o marcas y los símbolos

Izquierda: Representación medieval de las tentaciones
Derecha: una marca de café.

¿Cómo contar esto? Pues vamos a seguir el consejo de Lewis Carroll:

“empieza por el principio y sigue hasta llegar al final; allí te paras.”

Empezaremos por el principio: distinguir entre signos o marcas y símbolos y ya veremos cuándo llegamos al final para parar, si es que llegamos a alguna parte.

Un signo es algo que está en lugar del objeto al que representa, y que, por un acuerdo convencional, le hemos dado un valor y manda un mensaje a un tercero que lo recibe. El signo no tiene nada que ver con el mensaje que nos envía, pero, aunque a veces nos provoque risa o nos desconciete, siempre lo entendemos si estamos al corriente del convencionalismo que lo establece.

A pesar del desconcierto, comprendemos lo que hay que hacer


A la velocidad que vamos nos resultaría imposible leer mnsajes escritos,
hay que recurrir al signo o marca. Cualquier conductor lo entiende con una simple mirada.

        

El símbolo, en cambio, es la representación gráfica de una idea que lanza un emisor y debe recoger un receptor porque contiene un algo que relaciona ambos elementos, idea y soporte. Lo cual tiene un inconveniente, pues el símbolo siempre responde al mismo nivel de conocimientos de quien trata de descifrarlo, los cuales pueden ser muy diferentes de los del emisor, de manera que cabe la posibilidad de que sea interpretado en un sentido distinto al pretendido. De ahí mi tercera norma a la hora de interpretar: hay tantas interpretaciones como intérpretes, aunque la respuesta más sencilla suele ser la verdadera.




Aunque sean tres rayas, todos los españoles conocemos
el significado y el mensaje que encierra este símbolo.


Y a veces, una misma expresión plástica puede ser una marca o puede ser un símbolo según el contexto en el que se halle.

Las cruces de este muro solo son marcas que indican la autoría del sillar que ocupan

El símbolo responde al mismo nivel de conocimientos de quien se enfreta a él, pero practicamente todos los españoles en general, los asturianos  y cangueses en particular saben interpretar lo que encierra esta cruz, nada que ver con las anteriores.


En este momento podríamos hacer un pequeño resumen:


Llegados a este punto, hemos dejado claro que los canteros medievales nos dejaron sus mensajes, como dijimos, por dos vías: la de la marca (signo), que susurra, y la del símbolo, que da voces.

Pero nos hacemos una pregunta: ¿quiénes eran esos canteros?

La respuesta nos la da el rey Alfonso X el Sabio en el Libro I, título X, Ley VI de Las Partidas



Bienaventurado por hacer iglesias, y también privilegiado por el estatus social que disfrutaba: no estaba adscrito ni a la tierra ni a señor alguno, viajaba libremente por toda Europa, estaba exento de prestaciones personales y tenía beneficios fiscales. Algo nada desdeñable en una época de leyes más bien confusas y generalmente abusivas.

El cantero también se siente orgulloso de su oficio y se representa a sí mismo labrando un sillar

Decimos que canteros eran todos, incluso los albañiles que colocaban los sillares. Pero, ¿qué era un sillar? Pues no eran otra cosa que las piedras paralelepipédicas idénticas, bien escuadradas y casi pulidas en cinco de sus seis caras (la oculta no era necesario trabajarla) que conforman los muros. Y que estaban marcadas por el artífice para poder cobrar su importe a finales de semana por el sencillo método de contar las marcas y multiplicar por el precio convenido por cada una.

Aquí ya tenemos un susurro encerrado en la piedra hace siglos. También existe un instrumento que corrobora que esta era su finalidad: se trata de un documento guardado en el archivo de la catedral de Santiago de Compostela, el cual demuestra que marcaban su piedra acabada para cobrar el importe convenido. Se trata de la reclamación del cantero Alonso de Contín al aparejador Alonso da Costa “porque no escribía las piedras de cada uno como era, é que esto es verdad e lo marco con mi marca”. 

Se nos dirá que muchos sillares no tienen marca de firma a lo cual responderemos que eso es debido a las condiciones de la contratación: canteros a sueldo no firmaban; canteros destajistas sí lo hacían. Obvio. Además, cabe pensar que los canteros a sueldo labraban a destajo cuando, una vez acabada su jornada laboral, la luz del día y sus fuerzas lo permitían.

Aunque hay muchos estudios sobre las marcas escritas en los sillares, aquí hemos confeccionado un cuadro con las más representativas:

 


Ya hemos dicho lo que son las marcas de canteros, pero hay varios tipos, no solo la del que labra el sillar, sino también una que llegaba desde la cantera para obligar a los albañiles a colocarlos en el mismo sentido en que estaba en la naturaleza el bloque del que procedían. No tiene más (ni menos) sentido que colocarla conforme a “la ley buena” (el sentido de la cristalización) para que soporte los pesos que llevará encima, porque si se coloca según “la ley mala” a la larga puede haber funestas consecuencias. Y multas económicas importantes para el que se equivoca. 

Marca de la cantera. Generalmente permanece en una cara oculta,
 pero en este muro están todas abajo a la derecha como aviso al albañil.

Sillar colocado en el sentido de “la ley mala”.
 Las consecuencias de este error son visibles.

Las marcas, a veces, no siempre, solían tener relación con alguna faceta de la vida del cantero. Una ballesta, unas tenazas, un compás, unas tijeras… quizás nos den idea de otra profesión aparte de la de labrar piedras.

Una ballesta. Quizás este cantero era también soldado

Un compás como marca de cantero

Los maestros de obras, en cambio, no tenían necesidad de marcar todas las piedras, bastaba con colocar en sitio visible la “marca de honor”, que sería una especie de “marca de la casa” para que se supiera quién había llevado a cabo esa obra.

Marca de honor en la portada del monasterio de San Pedro de Villanueva

Marca de honor en San Bartolomé de Ucero, Soria
El báculo denota la autoridad del maestro.

Con el paso del tiempo, los maestros ya graban su nombre para que quede constancia de su buen hacer:

Sancius, (Sancho), castillo de Loarre, Huesca

Sancius (Sancho), monasterio de Leyre, Yesa, Navarra. La virgulilla equivale a la terminación"us", 

O incluso se atreve a representarse a sí mismo, como este maestro Micaelis (Miguel), joven, bien afeitado o quizá barbilampiño, pero de mirada orgullosa que acaba de esculpir su efigie y su nombre a modo de firma en la portada de la iglesia de San Cornelio y San Cipriano en Revilla de Santullán, Palencia.

Micaelis me feci (t). Miguel me hizo.

O este otro en la portada Oeste de la abadía de San Quirce, en Los Ausines, Burgos, que no duda en decir que es él con una explanatio en la que nos lo advierte con un lacónico “IO”, o sea, “YO”:

Abadía de San Quirce de los Ausines, Burgos: "YO"


Seguimos adelante y también podemos encontrar en este grupo las “marcas de vanidad”, con las que algún cantero de dotes excepcionales marcaba piedras difíciles, de manera que nos llevaría a pensar que tardaban más en marcar la piedra que en labrarla. El ejemplo más celebrado (y misterioso) es la llave con que marcó su obra el hoy denominado maestro de Agüero, que colocó esta extraña marca difícil de hacer y costosa en tiempo, en nada menos que noventa sillares. ¿Prestigio o vanidad? Más bien lo segundo, pues salvo una piedra que contiene el arco de medio punto de una ventana, todos son sillares vulgares y corrientes.

Nota: autores hay que consideran también marcas de vanidad a los grafitis de modernos turistas y viajeros que, en pleno siglo XX y XXI, despreciando el valor del patrimonio, inscriben un grabado con su nombre y una fecha, destrozando para siempre un sillar, solo por la estúpida vanidad de dejar constancia de que estuvieron allí, como si al resto del mundo le importara un bledo su triste vida. 




Dentro de este grupo de marcas, nos faltaría la "marca del taller", o la de "marca de la cuadrilla" que levantó ese muro o ese hastial. De repente encontramos en un muro con varias marcas repetidas una que es diferente. Pudiera ser una marca de maestro, pero es poco elaborada, no tiene ninguna “elegancia” ni trabajada elaboración y generalmente hace alusión de una manera u otra al número 8, a veces al 5, probablemente el número de trabajadores de esa logia. Por convencionalismo, se la atribuye el valor de ser una especie de marchamo del equipo que lo levantó, es como la señal distintiva para permitir o facilitar el reconocimiento de la cuadrilla de hombres que lo hizo posible con su trabajo y saber hacer las cosas.

Monasterio de Rueda, Escatrón, Zaragoza. Marca de cuadrilla.

Monasterio de Carracedo, León. Marca de cuadrilla

Monasterio de Santa María la Real de Nieva, Segovia. Marca de cuadrilla

Iglesia de Santa María en Sariegumuertu, Villaviciosa, Asturias. Posibles marcas de cuadrilla

Iglesia de San Miguel Arcángel, Caltojar, Soria. Marca de cuadrilla

Posible marca de cuadrilla o posible marca de honor. Caltojar, Soria.

Marca de comitente, familia Cabrera.
Monasterio de Santa María de Moreruela, Zamora

Algo interesante a tener en cuenta es que las marcas de cantero se heredaban de padres a hijos o de maestros a oficiales, de manera que la matriz del maestro permanecía y se iban variando algunos detalles:

Marcas similares entre sí de un taller o una familia de canteros. Iglesia
de San Miguel Arcángel en Caltojar, Soria

Marcas similares entre sí de una famiia o taller de canteros.
Monasterio de Santa María de Moreruela, Zamora

Variaciones en las marcas de cantero del taller o familia del monasterio de 
San Pedro de Villanueva, Asturias.


Monasterio de San Pedro de Villanueva, Asturias. Las variaciones en las
marcas podemos encontrarlas en iglesias cercanas, como San Xuan de Amandi.

En el segundo grupo que establecimos más arriba nos encontramos con los denominados signos apotropaicos. Mucho es lo que se ha escrito sobre ellos pero, para entre nosotros, podemos dejarlo en que son amuletos colocados en determinados lugares del templo. Su finalidad: impedir que entre el mal y salga el bien en unos casos, principalmente junto a puertas y ventanas, o para proporcionar protección a muertos enterrados en el exterior, generalmente cerca de los ábsides, al Este, por donde viene la luz del día y por donde vendrá la Luz de Jesucristo Resucitado y Triunfante el día del Juicio Final para juzgar a vivos y muertos.

Son de muchos tipos, generalmente cruces:


Iglesia de San Juan Bautista en Tozalmoro, Soria.
Cruces y patas de oca protegen la portada.

Iglesia de Santa María en La Piedra, Burgos
Cruz apotropaica protege la entrada

Iglesia de San Pedro Advíncula en Perorrubio, Segovia
Sendas cruces apotropaicos junto a la portada la protegen

Nuestra Señora de la Oliva, Villaviciosa, Asturias.
Posibles signos apotropaicos junto a la puerta


 A caballo entre la marca y el símbolo tenemos la de la ermita de San Bartolomé de Ucero, en el cañón del río Lobos, Soria. Aparece en la portada tanto por dentro como por fuera, su finalidad, la antes dicha: evitar que entre el mal y que salga el bien. Lo que a primera vista parece un grafiti de un gamberro se convierte en un poderoso talismán religioso-cristiano:


Pues encierra en sí mismo tres signos apotropaicos diferentes:

El primero, un acróstico de Ave María



        El segundo, un Alfa y Omega, Principio y Fin (Apocalipsis 22, 13: “Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último, el principio y el fin.”)




        Y en tercer lugar, un Pantocrátor esquematizado




¿Quién da más? En San Bartolomé de Ucero tenemos un tres en uno que protege la entrada (y la salida) del templo.

Y para proteger los enterramientos exteriores, mezclados con grafitis que dejaron peregrinos y romeros para dar constancia de su presencia en el lugar, tenemos cruces de diversos tipos, siendo las más abundantes las denominadas monxoi, una cruz sobre un triángulo, cuyo nombre parece ser que es un acrónimo gallego que deriva del francés “mont joie”, monte de la alegría, en alusión al Monte do Gozo de la última etapa del Camino de Santiago:




Y no solo en forma de grabados, también en esculturas, pues existía la creencia de que el demonio huía de lo chocante y lo grotesco, de ahí colocar determinados mascarones jocosos o terroríficos en los esquinazos de las iglesias:


Izda. y centro: iglesia de San Pedro, Caracena, Soria
Dereccha: Iglesia de San Miguel, Tenzuela, Segovia


Para finalizar la primera parte de esta entrada dedicada a las voces que todavía se escuchan, si ponemos atención, en los edificios medievales, nos quedarían las marcas sociales.

Este tipo de marca constituye un capítulo muy amplio, dedicado a los mensajes que quedaron escritos como consecuencia de las relaciones que con el edificio tuvieron sus moradores y sus usuarios, pero no necesariamente los canteros constructores, aunque muchas son suyas.

Por su importancia, saltarían las primeras los mensajes de la consagración de los mismos:


 

San Pedro de Cevatos, Cantabria.
(En la era MCCXXXVII (año 1199) dedicada la iglesia por el obispo Marino siendo abad Martín)


O el nombre de los constructores, como hicieron en el año 1176 Pedro de Ega y Juan Miguélez, en la iglesia de San Andrés, en Soto de Bureba, Burgos:

Igesia de San Andrés. Soto de Bureba, Burgos

        Seguirían otros grafitis, como los que simplemente nos dan noticia de hasta dónde llegó la subida de las aguas del río cercano en determinado año:

Ntra. Sra. de la Asunción. Duratón, Segovia

Ntra. Sra. de la Asunción, Duratón, Segovia

O los tableros de juego con los que se entretenían los lugareños protegidos del sol y del calor o del frío en la galería porticada castellana:

Iglesia de San Pedro ad Víncula. Perorrubio, Segovia


Y tantos y tantos que se sirvieron de la piedra para comunicar algo a sus vecinos:

El zapatero que cortaba suelas con las plantillas dibujadas en la piedra

Iglesia de San Miguel, Beleña de Sorbe, Guadalajara

O el diseño con el que explicó el constructor del templo el alzado de una fachada o la forma que tendría una bóveda

Izda: Monasterio de Moreruela, Zamora
Dcha.: Iglesia de Nuestra Señora de la Antigua, Butrera, Burgos

O, simplemente, las marcas que dejaron los campesinos y vecinos cuando afilaban sus hachas, podones, cuchillos, espadas, en las blandas piedras calizas o areniscas de muros y columnas:

Iglesia de Ntra. Sra. de la Concepción. Tortonda, Guadalajara

        En fin, mucho es lo que se ha escrito sobre la forma y estructura de las marcas de cantero medievales, se las ha atribuido diferentes significados, no solo el de contraseña para recibir el pago del trabajo bien hecho, sino también un valor esotérico o un contenido, o un valor de alegoría y de mensajes secretos (recordemos la tercera norma: hay tantas 
interpretaciones como intérpretes, pero la respuesta más sencilla suele ser la verdadera); también ha corrido la tinta para explicar la morfología, la evolución, la orientación, el tamaño, la ubicación… artículos en revistas especializadas, libros, incluso capítulos en tesis doctorales y una moderna disciplina, la gliptografía, que nos llevan obligatoriamente a no dejar pasar por alto en ningún momento los susurros que quedaron encerrados hace casi un milenio en el interior de las piedras de nuestras iglesias y monasterios medievales.



Antonio García Francisco.
Madrid, Febrero de 2022

 

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