martes, 10 de marzo de 2026

Aquellos dictados de antes. Memorias de un cuaderno de dictados

 

La Grammatica de Antonio de Nebrija, 
primera de España. Año de 1550

Cuando quien esto escribe era niño, allá por los tiempos de Maricastaña, cuando la gente llevaba el ombligo en la frente, en escuelas y colegios se practicaba una actividad pedagógica que mucho me temo haya desaparecido: el, al menos para mí, querido “dictado”. 

El maestro (sí, yo tuve un MAESTRO, el único que había en la escuela desbravando a diario a cuarenta potros, como él decía. Con el tiempo llegaría al pueblo el instituto, luego los colegios y, con ellos, los profesores, pero yo tuve maestro) cogía todas las tardes un libro cualquiera de las dos estanterías que había en el aula, podía ser el Quijote, podía ser la Guerra de las Galias, pero casi siempre eran la Breve Ortografía Escolar, de Manuel Bustos Sousa, que todavía conservo en edición de 1960, o la terrible Ortografía Práctica de Luis Miranda Podadera, se aclaraba la voz con solemnidad, como si fuera un tribuno romano de las películas que veíamos, y empezaba a dictar frases a un ritmo que a nosotros nos parecía endiablado.


Los lapiceros y algunos bolígrafos, pero pocos, solamente tres o cuatro Bic o Bolín que te enguarraban de tinta las manos, volaban por el papel con entusiasmo desigual: algunos compañeros corrían como galgos detrás de cada palabra, mientras otros —entre los que a veces me incluía— levantábamos la cabeza repitiendo la última palabra que habíamos escrito porque ya no recordaban -es decir, no recordábamos- lo que venía después. Entre tildes fugitivas y haches caprichosas que se colaban donde no las llamaban, el dictado era una gran aventura ortográfica. Nos gustaba hacer dictados.

Cuando terminaba la lectura venía el momento de la verdad. El maestro repetía el texto más despacio al tiempo que corregía desguazando las palabras más difíciles

-     “Haber, h y b; coraje, con j; vacilaba, v y b”

 y cada cual iba descubriendo sus propios desaguisados: una “b” traicionera aquí, una “v” despistada allá; las "h", a su aire, como siempre… y, de vez en cuando, el glorioso instante de comprobar que aquella palabra difícil había salido perfecta, como si uno hubiera acertado la quiniela. De lo de las tildes, “ya si eso lo hablamos otro día”, como dicen hoy. Porque las tildes eran harina de otro costal.


Esta gran aventura ortográfica fue la responsable de que, no diré mi generación, pero sí al menos mis compañeros y yo, llegáramos a la edad que hoy tenemos sabiendo escribir correctamente… o casi, que la modestia es una virtud. 

Sabemos diferenciar entre “haber” y “a ver”, entre “ola” y “hola” o entre “cabo” y “cavo”, y somos verdaderos expertos en los controvertidos “vaya” y “valla” y el eterno  "haya" y "halla", que eso ya es de liga Champions. Cosa que, lamentablemente, comprobamos a diario en redes sociales que no todo el mundo, incluidas personas cincuenta años más jóvenes que nosotros, tienen muy clara y, cuando se les señala, se escudan en que da igual, que se les entiende lo mismo y que la ortografía no sirve para nada.

A veces me lo dicen a la cara y siempre digo dos cosas. La primera, que la ortografía sirve, entre otras cosas, para no hacernos perder diez minutos tratando de entender si alguien pregunta o afirma por escrito. La segunda, es que nadie se va a morir de ortografía, lo mismo que nadie se va a morir de educación, pero escribir bien es una muestra de respeto hacia quien te lee.

Tonterías!- me responden indefectiblemente.

Todo esto viene a que hace unos días me animé a abrir una caja cerrada que había en el garaje de mis padres y en ella, entre otros tesoros de infancia, había un cuaderno mío de dictados. Una delicia repasarlos. Algunos empezaban un día y continuaban otro día más, o dos días, según la longitud del texto. Releerlos era como seguir una novela por entregas, solo que con haches y uves en vez de policías y ladrones.

Y ¡tachán!, como conejo que sale de la chistera aparece uno que trata sobre las antiguas reglas de ortografía. 

Y en ese momento, me vienen a la cabeza unos comentarios que hicieron en Radio Cangas Fran Rozada y Manuel Martínez, sobre que en documentos del monasterio de San Pedro de Villanueva, aparece el mes de enero escrito con H inicial. 

Y resulta que en este dictado aparece que antiguamente era posible escribir HENERO por enero. Lo vuelvo a descubrir por primera vez, que ya ni me acordaba.

Y después de toda una infancia peleándome con la odiosa hache, la repelente uve y las detestables ge y jota,  que aparecían en sitios inesperados, ahora descubro que, en otro tiempo, había quien las colocaba donde hoy nos parecería una locura ortográfica. 

Y lo hacían, además, con toda la seriedad del mundo. ¡Quién lo diría! Al final va a resultar que algunas de aquellas haches rebeldes de nuestros dictados quizá no estaban tan equivocadas y el maestro lo sabía.

Sí. Don Ángel lo sabía.

Y no se van a librar ustedes de que en una próxima entrada les transcriba este dictado del año 1962 que ya ni recordaba. Porque, ya que el cuaderno ha decidido salir de su cómodo retiro, lo mínimo que puedo hacer es trabajar un poco y darlo a conocer.

Así que queden ustedes avisados: en una próxima entrega habrá dictado. 

Y no se preocupen, que prometo leerlo despacio… por si alguien quiere ir escribiendo.


Antonio García Francisco

Madrid, festividad de San Simplicio, 2026

No hay comentarios:

Publicar un comentario